Damián volvió y no vino solo esa noche
Cuando el aguacero inundó la ciudad, todos terminaron en mi casa. No imaginé que esa noche volvería a sentir a Damián dentro de mí, ni que no estaríamos solos.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cuando el aguacero inundó la ciudad, todos terminaron en mi casa. No imaginé que esa noche volvería a sentir a Damián dentro de mí, ni que no estaríamos solos.
Me puse el delantal blanco y la cofia, me maquillé como una golfa y lo llamé para avisarle que la habitación ya estaba lista. El resto lo teníamos ensayado de memoria.
Llevaba semanas imaginándolo. Aquella madrugada abrí el portón, di un paso al asfalto y supe que ya no iba a parar hasta que alguien me viera.
Mi tutora se acababa de quedar dormida cuando descubrí el cajón entreabierto de su mesa de luz. Adentro brillaba algo que iba a cambiarlo todo entre las dos.
Cuando puso mi mano sobre su entrepierna mientras conducía, supe que ya no había vuelta atrás. Esa noche dejé de fingir y me entregué por completo.
Cuando salió del baño con la bata atada al descuido y los pezones marcando la tela, supe que ya no podría mirarla como a la prima de los veranos en la playa.
Llegué con vestido negro y horquillas. Ella me esperaba en seda roja, con un colgante de brillantes y una pregunta: ¿qué esperas que te ofrezca yo?
Tenía casi cuarenta años, vivía puerta con puerta y un día me invitó a una copa. Esa noche dejé de ser la chica del rellano para convertirme en su deseo.
Mandé a casa a mi secretaria, subí la calefacción y me dejé solo la americana sobre el sujetador transparente. Quería que Mariela viera todo lo que llevaba semanas buscando.
Nadie sabía mi verdad. Iba a los partidos solo por sus piernas, hasta que aquella tarde él levantó la vista y me sostuvo la mirada como si supiera todo.
Cuando me senté a su lado en aquel taller no imaginé que esa mujer triste y discreta acabaría susurrando, desnuda en su cama, que jamás había sentido nada parecido.
La primera vez que apunté el viejo telescopio de mis hijos hacia la ventana del frente, supe que me había convertido en algo que mi marido jamás imaginaría.
Crucé la calle convencido de que no me reconocería. Me sonrió, y supe que aquella tarde algo iba a cambiar para siempre entre nosotros dos.
Llevaba días sintiendo unos ojos clavados en la nuca mientras tocaba. Ese viernes cerré las puertas con llave y bajé del escenario decidida a descubrirla.
Llevaba meses redactando el anuncio mentalmente; tardé doce minutos en escribirlo, y a la media hora ya tenía siete respuestas. La de él fue la quinta.
Tres horas leyendo relatos en el móvil bastaron para que aceptara la propuesta de Iván. Al día siguiente, esa cámara escondida me cambió la vida entera.
Visto de hombre, pero debajo del pantalón llevo encaje. Esa mañana, en el último vagón, alguien se dio cuenta y no pudo apartar los ojos de mí.
Cuando subí al coche aquella mañana y vi que ella estaba sola al volante, supe que el fin de semana no iba a tener nada de inocente.
Cuando entró al consultorio con esas caderas, supe que la cita no iba a ser de rutina. Lo que no imaginaba era hasta dónde llegaría su revisión.
Marqué su número cuando calculé que ya la tendría debajo. Quería oírla gemir mientras otro hombre la cobraba sin saber que yo era cómplice del plan.