Lo que muestro detrás de la cortina del probador
Cada vez que entro a un probador, dejo la cortina apenas abierta. La que mira al otro lado nunca se entera de que la estoy buscando. Y casi siempre alguna acepta el juego.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cada vez que entro a un probador, dejo la cortina apenas abierta. La que mira al otro lado nunca se entera de que la estoy buscando. Y casi siempre alguna acepta el juego.
Tenía casi el doble de su edad y vino solo para una clase de Excel. Lo que pasó después en mi sillón fue mi culpa, sí, y volvería a hacerlo sin pensarlo.
El cólico me obligó a volver antes del parque. Me asomé a la ventana lateral pensando entrar por ahí sin hacer ruido. Lo que vi me dejó pegado al vidrio.
A las seis y media de la mañana salté la reja, entré por la cocina y me metí desnudo en su cama. Carmen ni se sobresaltó: me esperaba desde la madrugada.
Llevaba semanas observándome desde su mesa de la esquina, con esa calma que me desordenaba algo por dentro. Cuando se sentó frente a mí en mi descanso, no vino sola.
Pensé que la trampa estaba puesta para mi hijo. Tres horas después fui yo la que terminó en cuatro patas sobre su cama, con mi nuera abriéndome las nalgas.
Había cinco asientos vacíos en el bus y aun así eligió el mío. Sonrió, se acomodó el chal sobre el regazo, y supe que algo iba a empezar antes de salir.
Lucía nunca contaba esa parte. Aquel jueves se vistió como ella sola sabía y supo que ese sobrino virgen no saldría de casa sin dejarle algo dentro.
Subí al tercer piso para chismear y terminé encerrada en un armario, espiando una madrugada que no debía conocer y que cambiaría todo lo que pensaba del deseo.
Cuando entré, él estaba en el sillón despierto, con la cobija sobre las piernas y los ojos clavados en mí. Caminé al cuarto y dejé la puerta apenas recargada.
Le ofrecí un café sabiendo que no lo invitaba por el café. Él aceptó sabiendo que no entraba por el café. Lo demás pasó en la mesa antes de las nueve.
Abrí las cortinas, encendí la lámpara del rincón y supe que él estaría asomándose desde la terraza vecina. Esa noche íbamos a darle algo que no se atrevería a pedir.
Pasé veintiocho años casada con un hombre que me trataba como un mueble. A los cincuenta y dos un repartidor tocó el timbre y me devolvió cosas que ni sabía que estaban perdidas.
Mi madre me había mandado a pedirle un par de huevos. Doña Marisol abrió la puerta en bata, con el pelo todavía mojado, y se quedó mirándome de un modo que jamás olvidaría.
Yo tenía dieciocho años y no había estado con nadie. La tía de mi madre terminó dormida a mi lado esa noche, y todo lo que creía saber sobre el deseo se rompió en silencio.
Dejé la taza en la mesita, me arrodillé al lado de la cama y entendí que esa mañana nada volvería a ser como antes en esta casa.
Guardé sus números en el cajón y supe que no los llamaría. Pero también supe que mi marido nunca volvería a tocarme como antes de aquella noche en alta mar.
Camila se fue a probar un vestido a otra tienda y me dejó solo con su madre. Cuando entramos al baño del centro comercial, ya no había forma de fingir que no había mirado todo el día.
Tres desconocidos nos miraban con descaro desde la piscina, y yo todavía no sabía que mi novia y yo saldríamos de allí con un secreto cada uno.
Llevaba media vida con la misma mujer cuando aquella desconocida del estampado de leopardo se sentó a mi lado y me miró como hacía años nadie me miraba.