La mejor amiga de mi madre me enseñó a sentir
Nunca le había contado a nadie que mi cuerpo no respondía. Se lo confesé a ella, la amiga de mi madre, sin imaginar que terminaría enseñándome todo lo que me faltaba.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Nunca le había contado a nadie que mi cuerpo no respondía. Se lo confesé a ella, la amiga de mi madre, sin imaginar que terminaría enseñándome todo lo que me faltaba.
—No tienes que creer que puedes —le dijo al oído—. Yo sí lo creo. Tu único trabajo de esta noche es rendirte y dejar que tu cuerpo obedezca.
Cuando entré al café y lo reconocí, supe que aquella sesión de fotos no iba a quedarse solo en fotos. Su mirada ya me había desnudado antes de que yo dijera una palabra.
Crucé el umbral sin ropa interior, tal como ella había ordenado. Lo que no sabía era que, al otro lado de la puerta, me esperaba un rostro que conocía demasiado bien.
Junto al cajón abierto, mientras todos fingían llorar, Mariana solo podía pensar en las manos de aquellos dos hombres y en lo que le harían esa misma noche.
Tenía veintitantos, una esposa flaca que nadaba abajo y unos ojos hambrientos que me suplicaban sin saberlo. Esa tarde le enseñé quién manda.
Nadie en el juzgado imaginaría que lo esperaba desnuda y de rodillas, conteniendo el aliento, a que él cruzara la puerta y le recordara a quién pertenecía.
Abrí la puerta equivocada y la encontré frente al espejo, con dos dedos donde no debían estar. No gritó. Sonrió como quien acaba de elegir su presa.
Esa noche la vi a través de la ventana, sola y desesperada con su juguete. Y supe exactamente qué hacer con ella... y con su hijo, que miraba a mi lado en la oscuridad.
Llegó trece minutos antes de la hora, sin sujetador y con esa sonrisa que no era inocente. Y yo había dejado una cuerda preparada en la entrada.
La cama de enfrente crujía cada madrugada al ritmo de un desconocido, y ella fingía dormir mientras calculaba cuánto estaba dispuesta a perder.
Nadie me toca desde hace años. Solo mis manos repiten lo que él me enseñó: el pellizco, el azote, la orden silenciosa de no correrme hasta suplicar.
Cada tarde le llevaba la cena al anexo y se sentaba con las piernas entreabiertas, susurrándole cómo su antiguo Amo la había entrenado. Lo moldeaba sin que él lo notara.
Le mandé dos fotos escondida en el baño para provocarlo. Su respuesta no fue un halago: fue una orden para que abriera el cajón que siempre mantenía bajo llave.
Subió a su ático dispuesta a echar al intruso a patadas. Bajó la cabeza cuando él le ordenó servir el vino de rodillas, y descubrió que obedecer también era un placer.
Mis pacientes me cuentan sus secretos y yo asiento como si los míos no fueran peores. Hoy, por primera vez, voy a contarte la verdad sobre mí.
Bajé del coche en una calle desierta, con el corazón a mil. No sabía qué cara tenía la mujer que llevaba meses escribiéndome, solo que esa noche, por fin, sería mía.
Llevaba semanas entrenando con los plugs, decidida a sentir las dos pollas a la vez. Esa tarde invitamos a la única persona en quien podíamos confiar para conseguirlo.
Jamás me involucro con clientes, le dije. Pero su cuerpo ya estaba pegado al mío y mi propia voz me sonó a mentira mientras cerraba el portón del garaje.
Cuando sentí su cuerpo contra mi espalda en la cocina, supe que no iba a poder resistirme. Lo que no sabía era que mi marido lo había planeado todo.