Lo que pasó en la cabina del fondo aquel viernes
Llevábamos meses esquivándonos las miradas en los pasillos. Aquel viernes, con la planta vacía, cerró la puerta de la cabina y me dijo que ya no aguantaba más.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Llevábamos meses esquivándonos las miradas en los pasillos. Aquel viernes, con la planta vacía, cerró la puerta de la cabina y me dijo que ya no aguantaba más.
Camila me esperaba sentada al borde de la cama, y yo no sabía dónde poner las manos. Solo sabía que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había enseñado.
Cuando me tomó la cara con ambas manos y me comió la boca sin pedir permiso, supe que aquella reunión de trabajo nunca había sido una reunión de trabajo.
Cuando se quitó el vestido en mitad del claro, con la barriga enorme bajo el sol y los tres amigos de su hijo mirándola, supe que esa tarde no iba a ser un paseo.
Su camiseta blanca empapada de sudor, los pezones marcándose en la tela, y la pregunta lanzada entre dos vasos de vino: ¿es verdad lo que dicen de ti y Lucía?
Cuando desperté no recordaba cómo había llegado a esa cama. Estaba atada de pies y manos, y ella, vestida de cuero negro, me observaba desde el umbral.
Tenía cincuenta y dos años, un matrimonio tibio y unas medias de encaje que esa mañana decidió usar. Lo que no esperaba era el hombre que subiría dos paradas después.
Mi madre tenía cuarenta años y un cuerpo que aún giraba cabezas. Una madrugada bajé por agua y entendí, asomado a la escalera, por qué Ricardo había vuelto.
Volví quemada del sol y mi tía me llamó a su cuarto para aliviarme con crema. Cuando sus manos llegaron a mis caderas, supe que algo había cambiado entre nosotras.
Cuando tocaron el timbre yo estaba en tanga frente al monitor, con dos dedos dentro, y la deuda del alquiler creciendo. Abrí sin pensar.
Salí a despejarme un sábado por la tarde. Cuando levanté la vista del café, ella ya estaba sentada frente a mí, sonriendo como si me conociera de toda la vida.
Bajé del barco museo con la cabeza dándome vueltas. Esa misma noche, frente al Pacífico, una mujer que apenas conocía me besó como ningún hombre me había besado nunca.
Llevaba cinco años poniendo un ingrediente íntimo en mis platos y yo lo había probado todos los días sin saberlo. Hasta que aquella tarde se atrevió a confesarlo.
Cuando los demás se fueron al bar y nos quedamos solos junto a la piscina, mi tía me preguntó algo que cambió la forma en que la miraría para siempre.
Bastó un comentario inocente sobre las miradas ajenas para que mi madre cambiara las reglas: lo que los desconocidos podían mirar, su propia sangre podía tocar.
Cuando Bruno levantó la vista del monitor y vio cómo el jefe miraba a su madre, supo que tenía dos opciones: armar un escándalo o quedarse callado.
Una bata azul, un libro y un descuido. Bastó un segundo de mirar por la ventana de enfrente para que mi mañana cambiara para siempre.
Llevaba meses regalándole chocolates y rosas sin saber qué esperar. Esa tarde, en el taxi de vuelta del trabajo, ella se acercó a mi oído y todo cambió.
Cuando los vi salir juntos del ascensor supe que aquella tarde iba a ser muy distinta a todas las que había tenido con él.
Subí a su departamento sin pensarlo. Tres horas después bajé con las rodillas temblando, las marcas de sus manos en mis pechos y el cuerpo cambiado para siempre.