Tenía diecinueve años y la patrona me eligió
Cuando ella apagó la luz y me dijo que hiciera lo que quisiera, entendí que esa noche iba a aprender todo lo que ningún compañero de curso me había podido enseñar.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cuando ella apagó la luz y me dijo que hiciera lo que quisiera, entendí que esa noche iba a aprender todo lo que ningún compañero de curso me había podido enseñar.
Fui a Madrid para hacer camas y fregar suelos. Nadie me advirtió que también aprendería a arrodillarme ante dos mujeres que lo decidirían todo sobre mí.
Andrés se fue al trabajo y yo bajé a la cocina sin ropa. Marcela estaba en la ventana con una taza de café y me miró de una forma que no era exactamente materna.
Desde mi azotea tenía vista directa al patio de mi vecina. Llevaba semanas mirándola cuando noté algo raro en sus movimientos. Nunca imaginé lo que descubriría.
Tenía cinco universitarios que pagaban bien y comenzaban a faltar. La solución llegó cuando mi esposa entró al cuarto de estudio y todos olvidaron las derivadas.
Fui a visitar a mi sumisa, pero fue su criada quien abrió la puerta. Algo en su mirada me hizo olvidar para qué había venido exactamente.
Aurora abrió el camino a los dieciocho años. Elvira tardó dos décadas en rendirse. Magdalena juraba que jamás. Aquella noche de 1975 las cuatro acabamos en el mismo cuarto.
Lucía cerró la puerta del baño, me miró sin pestañear y dijo: «Vamos a la ducha». En diez minutos llegaba mi jefa y yo seguía con la verga durísima.
La primera vez que encontré la envoltura en el cesto pensé que me había equivocado. La cuarta vez ya sabía exactamente qué estaba pasando en ese cuarto.
Bajó por agua a las dos de la mañana y la encontró dormida en el sillón, tiritando. Esa imagen no se le borró nunca, y cambió todo lo que sentía por ella.
Esa noche, mientras dejaba las bolsas en la entrada, escuché cinco voces hablando del pacto que habían armado conmigo de protagonista, y algo se prendió fuego dentro de mí.
Bajé descalzo a tomar agua y la encontré tirada en el sofá, con las piernas apoyadas en el respaldo. Nunca giró la cabeza. Yo no me moví.
Me había desvelado con café estudiando, hasta que un rechinido en la pared de al lado me hizo bajar la almohada y darme cuenta de quién hacía ese ruido.
Subí al baño con la ropa interior de Camila aún tibia entre las manos. No imaginaba que minutos después su madre estaría arrodillada frente a mí.
Pensé que la siesta dejaría la playa vacía. Cuando volví del mar, ella tenía una mano dentro del bikini y los ojos cerrados, ajena a que la estaba mirando.
Crucé el camino, escondí la camioneta detrás de un árbol y volví caminando. Cuando llegué a los arbustos, ella ya había entendido lo que yo no me animé a pedirle nunca.
Nadie esperaba que yo volviera tan pronto. Lo que vi en ese garaje —mi madre, sin camiseta, con los puños vendados— no podía desaprenderse.
Cuando bajé descalza a la cocina a las tres de la mañana, mi hijo ya estaba allí sin camisa, mirándome como un hombre, no como un niño, y supe que esa noche cedería.
Bajé al salón pasada la medianoche y los vi a los dos, sin ropa, sobre el sofá. Mi madre giró la cabeza y no había vergüenza, solo molestia.
Me oculté tras la columna sin pensar. Lo que vi en esa ducha del gimnasio cambió mi forma de mirar a las otras mujeres del vestuario para siempre.