Te confieso lo que hice con mi alumno aventajado
Empezó como un interés académico por el alumno más brillante del grupo. Lo que terminó pasando en mi despacho todavía me cuesta ponerlo en palabras.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Empezó como un interés académico por el alumno más brillante del grupo. Lo que terminó pasando en mi despacho todavía me cuesta ponerlo en palabras.
Lo escuché por teléfono decir «esta vieja ya está lista». Tendría que haberme ofendido. En lugar de eso, sentí que me mojaba entera contra la barra.
Tenía sesenta años y un matrimonio dormido cuando noté que el chico de la casa de al lado me espiaba entre los setos. No me tapé. Le seguí el juego.
Me escondí en el alero del vestuario con Bruno pegado a mi espalda. Abajo, mi madre y su amiga se desvestían entre los obreros, y yo no pude apartar la vista.
Pensé que el merendero estaría vacío con esa lluvia. Entonces apareció ella, me pidió fuego y, dos horas después, dejó que su vestido resbalara hasta el suelo.
Creí que estaba solo entre la ropa tendida. Hasta que una voz a mi espalda me preguntó si me gustaban sus pantaletas, y supe que ya no había vuelta atrás.
Solo quería ser amable y subir sus bolsas hasta el departamento. Ella me ofreció un refresco, se cambió de ropa y dejó la puerta de su cuarto entreabierta.
Quería sorprenderlo en la ducha, como cada tarde. Me deslicé desnuda detrás de esa espalda ancha y, cuando empezó a girarse, entendí que no era mi novio.
Tenía quince años más que yo, un descapotable rojo y una idea muy clara de lo que quería esa noche. Yo solo tenía que obedecer y disfrutarlo.
A las cuatro de la mañana, encerrado bajo las sábanas con el teléfono de mi madre, empecé a abrir carpeta por carpeta sin sospechar que nada volvería a ser igual.
A los dieciocho entré a Medicina con el mejor puntaje del país. A los veinticuatro todavía no sabía lo que era correrme. Esta es mi historia.
Ella tenía edad para ser mi madre y era la esposa de un hombre que ni la miraba. Yo solo quería volver a esa cocina cada tarde.
Llevábamos tres años respetando una sola regla entre socios. Esa noche fría, con su vestido verde y el despacho a oscuras, supimos que íbamos a romperla.
«Quiero que le des lo que mi madre nunca tuvo», me dijo con una sonrisa. Y yo, que ya había visto a esa mujer madura, supe que no iba a decir que no.
Pasé el medio siglo, llevo treinta años casada y nunca he sido fiel. Estas son las escapadas secretas que mantuvieron vivo mi matrimonio.
Frené la bicicleta frente a la casa de Andrés sin saber que su madre me esperaba en el umbral, y que aquella tarde sin nadie cambiaría todo entre nosotros.
Llevaba quince años viuda y dormida para el sexo. Entonces aquel hombre, casi veinte años menor, me miró los labios y supe que la mañana no terminaría en los apuntes.
Desde abajo, mientras ella empujaba la guía en lo alto de la escalera, la camiseta se le separaba del cuerpo y Adrián descubrió que aquel verano no iba a ser como los demás.
Yo tardaba a propósito en darle el abrigo, disfrutando de cómo los hombres la miraban. No imaginé que uno se atrevería a tanto delante de mí.
Lloraba borracha sobre mi hombro diciendo que ya nadie la deseaba. No imaginaba que esa misma noche, en la arena, yo iba a demostrarle exactamente lo contrario.