Mi primera vez con la clienta del viernes en el spa
Llevaba meses viéndola pasar al fondo con otra masajista. Esa tarde, justo cuando el reloj marcó las seis y media, su nombre apareció en mi agenda por primera vez.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Llevaba meses viéndola pasar al fondo con otra masajista. Esa tarde, justo cuando el reloj marcó las seis y media, su nombre apareció en mi agenda por primera vez.
Llevaba toda la mañana en albornoz, frente al ordenador, hasta que algo se movió tras la ventana del bloque de enfrente y supe que ese día iba a ser distinto.
Llevaba semanas tendida en mi hamaca, untándome aceite y cerrando los ojos, hasta que una tarde sentí que alguien me miraba a través de las arizónicas.
Subí al tercer piso con mis medias de red y mis tacones blancos, entreabrí la puerta y esperé a que el sonido de mis pasos despertara el hambre de los hombres del pasillo.
Llevaba semanas usando lencería bajo la ropa, pero esa noche, sola en casa, decidí convertirme del todo en la mujer que él quería ver.
Ella nunca había estado con alguien con quince años más. Esa noche, en la habitación del hotel, descubrió que la inteligencia también seduce.
Cuando me agaché para acomodar la caja en la bodega, Adela giró despacio y me dejó ver el encaje blanco bajo la blusa. Esa noche supe que la ruta había cambiado para siempre.
Llegué a su casa una hora antes que mi novia. Mi suegra abrió la puerta con bata corta, un whisky servido y una sonrisa que no era inocente.
A los sesenta y cuatro creía que esa parte de mí estaba apagada para siempre. Bastó una conversación telefónica y una zanahoria para demostrarme lo equivocada que estaba.
Creí que estaba solo en casa. Dejé la puerta del baño abierta, cerré los ojos y dije su nombre en voz alta sin imaginar que ella ya había vuelto.
Marina apagó el televisor para dormir. Entonces empezaron los sonidos sobre su cabeza, y supo que esa noche no iba a pegar ojo por una razón muy distinta al cansancio.
Subió al asiento trasero con la mujer del patrón pensando que iba a buscarme. Bajó pensando en cuándo podría volver a verla.
Hacía diez años que nadie me tocaba con esas intenciones. Aquella tarde, boca abajo en la camilla, descubrí que mi cuerpo todavía sabía exactamente lo que quería.
Apagar la luz habría sido lo sensato. Pero esa noche, en el piso nueve de un hotel vacío, lo último que yo quería era pasar desapercibida.
Renata entró al despacho esperando una suspensión. La decana cerró la puerta con llave, le pidió que se levantara y le dijo que el castigo iba a ser muy distinto.
Cuando bajó descalza por el pasillo con esa bata transparente, supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que no había pasado nada.
«Si eres un niño bueno tendrás premio», me dijo antes de salir. No imaginé que el premio sería compartido, ni que mi madre disfrutaría tanto mirando.
Nadia llevaba años sola, entrenando para no pensar. Su sobrino era el único que la miraba como mujer, y aquella tarde de resaca los dos dejaron de fingir.
«Si abres esa caja, ya no seré el niño que cuidas», le advertí. Mi hermana mayor me sostuvo la mirada un instante y después rompió el papel rojo.
Cuando la puerta del estudio chirrió a mis espaldas supe que no estábamos solos, y que la mujer escondida en la sombra no pensaba marcharse.