Los gemidos de mi mamá y el gringo del piso de al lado
La primera noche que él durmió en casa, los gemidos de mi mamá atravesaron la pared. Con diecinueve años entendí que nada volvería a ser igual.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
La primera noche que él durmió en casa, los gemidos de mi mamá atravesaron la pared. Con diecinueve años entendí que nada volvería a ser igual.
El taxi se alejó entre el polvo y, en el porche, los abuelos esperaban con los brazos abiertos. Nadie imaginó que aquel abrazo de bienvenida lo cambiaría todo.
El fuego ardía bajo en la cabaña cuando llegó la joven huérfana, sin nada más que el vestido raído. Marisol, viuda y sola con su hijo, no sabía cuánto le costaría mirarla.
Reservó un chalet con piscina y cincuenta rosas. Lo que no esperaba era lo que él había escrito en los cincuenta papeles que ella misma le entregó.
No había bragas, ni zapatos, ni película a medias. Solo el vestido que ella estuvo a punto de descartar y la mirada con la que él la esperaba en la penumbra.
En esa fiesta familiar yo era la más lanzada de mis primas, así que fui yo la que se atrevió a preguntarle a don Saúl por qué le decían «el potro».
Salí en camisón a ayudarlo sin pensar en cómo iba vestida. Cuando lo metimos en la ducha y nos quedamos solos en el salón, entendí que esa noche no íbamos a dormir.
Acepté el trabajo por el dinero. Lo que no esperaba era que el silencio de esa casa terminara empujándonos a los dos hacia algo que ninguno podía nombrar.
Lo único que tenía que hacer era mirar. Sin tocar, sin hablar. Pero cuando ella deslizó las bragas hasta el suelo del vagón, ya no sabía dónde poner los ojos.
«Yo te ayudo», dijo Lorena antes de subir a cambiarse. Cuando bajó con esa falda entallada, ninguno de los dos imaginaba hasta dónde llegarían esa mañana.
Han pasado diez años desde que empecé a contarlo todo. Sigo en la misma casa, en el mismo pueblo, y mis dos hijos siguen volviendo cada noche a mi cama.
Hacía semanas sin pisar su departamento, pero esa noche, con dos cervezas mediadas y su mano subiendo por mi muslo, supe que las vacaciones iban a empezar muy bien.
Cuando Sofía me invitó a pasar agosto en la casa frente al mar, no imaginé que el regalo de cumpleaños vendría envuelto en seda negra y oliendo al perfume de su madre.
Los jadeos venían del piso de abajo. Me asomé desde el segundo escalón, conteniendo la respiración, y entonces vi los tacones de mi madre colgando del borde de la mesa.
Lo que iba a ser una prueba de costura terminó con dos mujeres maduras enredadas en la cama, y yo en el pasillo sin poder apartar la mirada del espejo.
Salí de casa con la falda más ligera que tenía y una idea fija: encontrar un rincón apartado, abrirme de piernas y dejar que el aire —y quizás unos ojos— hicieran el resto.
Bajó descalza al pasillo sin pensarlo, con el vino todavía en la sangre y una certeza terrible: si nadie la tocaba esa noche, se rompería del todo.
Mis amigas hablaban de italianos guapos de nuestra edad. Yo asentía y mentía, porque lo que de verdad buscaba en ese viaje tenía sesenta y cuatro años.
Me escribió temblando la noche antes: «no sé si subir a ese avión». A la mañana siguiente apareció en la terminal, con la mochila al hombro y la mirada de quien había decidido obedecer.
Desperté con una erección que ya no recordaba, y el sueño seguía vivo: la chica menuda de la playa, su sonrisa, su piel mojada bajo el sol. Cerré los ojos y dejé que volviera a mí.