La carta que le escribí a mi amante una madrugada
Nunca había escrito algo así. Pero esa madrugada, después de soñar con él, le confesé por mensaje cada cosa que su cuerpo le había hecho al mío.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Nunca había escrito algo así. Pero esa madrugada, después de soñar con él, le confesé por mensaje cada cosa que su cuerpo le había hecho al mío.
Entré a la cabina pensando que era una tarde más de rutina. Salí siendo otra mujer, con el sabor de un beso que no debía haber ocurrido.
Bajé por agua a las dos de la madrugada y la luz azul del televisor me detuvo en seco. Mi hijo estaba en el sofá, y yo no pude apartar la mirada.
Subí al vagón a las cuatro en punto sin conocer su rostro, solo con la promesa de que la señora del anuncio me mostraría todo lo que quisiera ver.
Sofía sacó del fondo del armario la ropa que su marido nunca le había visto. Su hija hizo lo mismo. Esa noche salieron juntas a buscar lo que faltaba en casa.
Después de que mi padre y mi hermano terminaron conmigo, mi madre se acercó a la cama con una sonrisa que yo no le conocía. Esa noche todo cambió.
Llevábamos meses conversando por mensajes, pero hasta esa noche en el cumpleaños de la abuela nunca había sentido sus curvas pegadas a las mías.
Hacía meses que no salía. Me puse el vestido negro, fui al evento sola y no imaginé que esa noche iba a terminar entre dos hombres.
Encontré un juguete escondido en su cajón y supe que no era solo tristeza lo que le faltaba. Era algo que solo su propia familia podía darle.
Bajó las escaleras con esos pantalones de cuero y supe que la noche sería complicada. Cuando la tuve pegada a mi espalda en la moto, olvidé que era la mujer de mi padre.
Rodrigo tenía dos dedos dentro de mí cuando mamá salió del baño. Lo que vino después no lo había planeado nadie.
Caminé doce kilómetros con los tacones rotos y las medias ensangrentadas, decidida a confesarle algo que jamás debí sentir.
Si nos hubieran dicho esa mañana que íbamos a terminar en una habitación con espejo en el techo, ninguno de los dos lo habría creído.
La mirada de Marcos me atravesó como no lo había hecho nadie en años. Esa tarde, sola en el baño del trabajo, supe que necesitaba más.
Yo tenía cuarenta y ella cincuenta y dos. Bastó verla acomodarse la ropa creyéndose sola para que el aire de aquella casa se volviera irrespirable.
Reservé el camarote para mí sola, pero el Danubio tiene una forma de disolver fronteras que ningún mapa puede predecir.
Cuatro hombres pagaron por usarme en un almacen. Mi hija controlaba la puerta. Esa noche deje de ser quien era.
Cuando escuché sus tacones en la escalera supe que mi secreto se acababa esa noche. Yo estaba atado, con ropa que no era mía y sin poder moverme.
Mi marido me dejo sola con la mudanza. El encargado tenia manos firmes, mirada directa y algo entre las piernas que no me dejo pensar con claridad.
Me levanté a buscar agua y el pasillo estaba en silencio. Luego vi la rendija de luz bajo su puerta y escuché sonidos que no debían estar ahí.