Lo que pasó en el taller del abuelo de mi amiga
El sonido de sus herramientas me llamaba desde el fondo del jardín. No debí cruzar esa puerta entreabierta, pero lo hice, y ya nada volvió a ser igual.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
El sonido de sus herramientas me llamaba desde el fondo del jardín. No debí cruzar esa puerta entreabierta, pero lo hice, y ya nada volvió a ser igual.
Me había puesto el camisón más fino que tenía y elegido la música. Entonces llamaron a la puerta, y el viejo amigo de mi amante lo cambió todo.
Él revolvía las gambas con el trasero al aire mientras unas manos que no eran las suyas me apretaban contra la encimera. Y ninguno de los dos pensaba parar.
Cuando Don Rómulo tuvo que irse del bar, me dejó al cuidado de su amigo: un jubilado enorme que bebía whisky en silencio y al que ya le había tocado el bulto sin querer.
Eran las cuatro de la madrugada, la carretera cortada por la nieve y yo llorando en una gasolinera. Entonces una voz grave me preguntó qué me pasaba.
Le abrí la puerta para que se refugiara del diluvio. No imaginé que terminaría de rodillas frente a él, ni que sus cuatro amigos también llamarían.
Solo le ofrecí un vaso de agua. Lo que pasó después no lo había sentido en veinte años de vida sexual, y todavía no sé cómo lo dejé entrar.
Salí del restaurante con él rumbo al motel. Mi marido me esperaba en casa, pero esa noche le debía a mi jefe una despedida muy distinta.
Llevaba meses con la llave de mi jaula colgada de su cuello, recordándome quién mandaba. Esa tarde, en el almacén, aprendió que el poder cambia de manos más rápido de lo que nadie imagina.
Me desperté con una sola idea fija entre las piernas y un nombre en la boca. Esa mañana Pamplona entera me olía a sexo, y yo solo quería encontrarla a ella.
A las siete en punto, la consulta estaba vacía y el doctor cerró la puerta con llave. Mercedes no sabía que su quemadura sería lo menos que ardería esa mañana.
Detrás de mis gafas oscuras me sentía invisible. No imaginé que la mujer de la toalla de al lado supiera exactamente dónde tenía clavada la mirada.
Cuando entré a la sala para echarlo, lo encontré sentado, desesperado por terminar. Lo que hice después no se lo conté a nadie.
Me escondí tras la cortina convencido de que ella no podía verme. No imaginé que el ruido me delataría justo en el peor momento.
Apagué la luz para que la oscuridad me protegiera. Ella miró hacia mi ventana, se quedó muy quieta y, sin que yo lo supiera todavía, sonrió.
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
Sus dedos moldeaban el barro despacio y yo, a unos metros, imaginaba que esas manos me moldeaban a mí. Nunca cruzamos una sola palabra.
Bajé a un pueblo perdido de los Andes a cerrar un negocio. Esa noche descubrí por qué allí nadie preguntaba por los parentescos.
El cuarto día en la playa una desconocida me pidió que vigilara sus cosas. Horas después descubrí de quién era esposa, y ella ya había decidido qué pasaría conmigo.
Me dijo que si quería su culo me lo tendría que ganar. Lo que no esperaba era que apareciera en mi portal la noche de fin de año, con una maleta y una orden.