La abogada que me esperaba en la playa del litoral
Ella llevaba las riendas de su matrimonio, pero esa mañana en la arena descubrí cuánto le gustaba que un desconocido le marcara quién mandaba, con su marido mirando.
Ella llevaba las riendas de su matrimonio, pero esa mañana en la arena descubrí cuánto le gustaba que un desconocido le marcara quién mandaba, con su marido mirando.
Le escribí a media docena de chicas pidiendo lo mismo. Solo una respondió, y aquella tarde, en el baño de un centro comercial, descubrí algo que no esperaba.
Nunca pensé que el chaval esmirriado que recordaba se convertiría en el hombre que me hizo temblar frente al espejo. Y todo empezó por un nombre.
Nunca pensé que sería capaz de algo así, pero el ultimátum del banco estaba sobre la mesa y solo se me ocurrió una salida que ninguno de los dos olvidaría.
Cerró la puerta sin echar la llave y se quedó mirándolo, sin saber todavía que ese hombre estaba a punto de desmentir todo lo que ella creía sobre el sexo casual.
Cerró la puerta, colgó el cartel de «cerrado» y lo llevó al fondo de la tienda con una excusa tonta. Lo que vino después no lo había planeado del todo.
Salí de la ducha pensando que nadie nos había visto. Esa misma noche descubrí en su teléfono que alguien había grabado cada gemido desde la cabina de al lado.
Solo quería ver caer el sol y fotografiar el mar. Entonces escuché otra bicicleta acercarse por la arena, y supe que aquella tarde no terminaría como las demás.
La puerta apenas se ha cerrado y ya tengo su boca buscando la mía, todavía con el sabor de la noche entre los dientes. Ahora la cama es solo nuestra.
El cabecero de su cama golpeaba la pared a un ritmo constante, y yo, despierto en la oscuridad, ya no podía fingir que aquello no me importaba.
En cuanto oyó la llave girar en la cerradura, Nico supo que la llegada de su primo iba a cambiarlo todo, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.
Esperaba desnudo junto al olivo, con la mochila a los pies y el móvil en la mano, sin imaginar que aquella noche fría me dejaría dos sabores distintos en la boca.
Bajé la cremallera del mono en la penumbra, convencido de que estaba solo. Entonces sentí el peso de una mano huesuda posándose despacio sobre mi rodilla.
No podía dejar de mirar el cuerpo de Bruno bajo el agua, y cuando se dio vuelta con los ojos cerrados supe que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
Entró creyendo las duchas vacías, pero el vapor escondía a alguien más. Su compañero de equipo no lo había oído llegar, y él ya no podía apartar los ojos de lo que veía.
Llevaba meses fingiendo que no se me iban los ojos cuando salía del baño en calzoncillos. Esa Navidad, solo en el piso, abrí la bolsa de su ropa sucia.
Me había jurado que solo íbamos a mirar. Pero cuando aquel desconocido posó la mano en el hombro de Eduardo, supe que yo tampoco iba a poder quedarme quieto.
El vagón iba vacío a esa hora de la madrugada. Cuando aquel hombre se sentó casi frente a mí y empezó a mirarme sin disimulo, supe que el viaje no sería como los demás.
Conocía sus horarios, el ruido de sus botas, el momento exacto en que se quitaba la camisa por el calor. Lo que no sabía era hasta dónde iba a llevarme esa obsesión.
Las dejó junto al felpudo, todavía tibias por sus pies descalzos. Bastó con que mi hija se distrajera un instante para que yo cometiera la locura.