Sola, enjaulada y con un solo juguete para el finde
Once de la noche, sola en casa, con la jaula puesta y la llave a cientos de kilómetros. Solo me dejó un juguete enorme, y supe enseguida que lo había comprado para esto.
Once de la noche, sola en casa, con la jaula puesta y la llave a cientos de kilómetros. Solo me dejó un juguete enorme, y supe enseguida que lo había comprado para esto.
Faltaban días para el parto y yo solo pensaba en una cosa. Cuando la contracción me dobló de dolor, le pedí a Rocío que metiera la mano bajo la sábana.
Nadie imaginaría que esos tenis gigantes y ridículos guardan mis secretos. Esa noche en la carretera, con todos dormidos, me atreví por fin a lo que tanto fantaseaba.
Cuando la luz del baño se encendió de golpe me quedé inmóvil, con su bañador en la mano y sus ojos clavados en los míos. Supe que ya no mandaba yo.
Bajé al jardín a oscuras sin saber que esta vez ella no me dejaría solo con su ropa interior: tenía algo de su madre guardado para mí.
Cada noche me pedía algo nuevo a través de las rejas de su ventana, y yo era incapaz de decirle que no, aunque eso significara hurgar en el cesto de la ropa sucia de mi propia madre.
Carla apareció descalza entre las sombras del jardín, con esa cara de niña buena que escondía a la chica más perversa que yo había conocido.
Siempre creí que no había nada más sucio que unos pies. Esa noche, descalza y nerviosa en la cama de mi amiga, descubrí lo equivocada que estaba.
Nadie en la oficina imaginaba lo que escondían mis botas aquella mañana de lluvia, ni por qué no quise quitármelas en todo el día.
Solo quería sentarme en la penumbra y tocarme un rato. No contaba con que un completo desconocido, a tres butacas de distancia, me hiciera perder la cabeza.
Llevaba años imaginándolo en silencio, sin contárselo a nadie. Esa noche, en la barra de un hotel ajeno, una desconocida decidió por mí.
Yo seguía desnuda sobre la cama cuando la puerta se abrió, y por un segundo ninguno de los dos supo qué hacer con lo que el otro acababa de ver.
Cuando bajé la mano para tocarme, lo que encontré entre mis piernas no era lo que me había acostado a dormir. Y lo peor fue que no quise apartarla.
Cerré la puerta con llave y fue como apretar un interruptor: por primera vez iba a desnudarme frente a la cámara para que alguien, del otro lado, me deseara.
Reservé dos entradas para una sala casi vacía y le regalé una a una desconocida que me leía. No sabía si vendría, hasta que la vi buscar su asiento en la penumbra.
Tomé la primera salida de la autopista sin pensarlo. Lo que ella acababa de contarme no me dejaba conducir, y todavía no le había confesado lo que de verdad quería.
Iba ligera de ropa, vestida apenas, cuando algo enorme y húmedo se desprendió de entre la maleza y me sujetó los brazos antes de que pudiera gritar.
«Solo hay una forma de averiguarlo», dijo mientras se acercaba al potro. Yo había ido a que me sacara la zanahoria, no a correrme delante de un desconocido con bata.
Cuando vi su foto, supe que esa noche no dormiría: la desnudé con la mente y dejé que mi imaginación cruzara los kilómetros que el cuerpo no podía.
Aferrada al pasamanos del vagón, lo único que podía hacer era mirarlo de reojo e imaginar todo lo que nunca pasaría entre nosotros.