El trío que empezó con un vibrador en la pista
El juguete vibraba dentro de Clara mientras bailaba con desconocidos. Andrés la controlaba desde su mesa. Nadie en el bar sabía nada.
El juguete vibraba dentro de Clara mientras bailaba con desconocidos. Andrés la controlaba desde su mesa. Nadie en el bar sabía nada.
Sabía que esa noche iba a ir demasiado lejos. Lo sentí desde el principio, y aun así no pude parar hasta ver hasta dónde llegaba mi propio cuerpo.
Cuando escuché los gemidos mezclados con el sonido del agua, debí haberme dado la vuelta. En cambio, me agaché entre los arbustos y me acerqué.
Olía a tabaco y a campo. No era guapo, pero desde que lo vi por primera vez, algo en mí dejó de funcionar con normalidad.
Cuando bajé al arroyo a aliviarme, no pensé que la luna y las luciérnagas serían los únicos testigos. Hasta que al amanecer descubrí que no eran los únicos.
Cruzar las piernas en el momento justo fue todo lo que necesité para que dejara de fingir que no me miraba. Lo demás fue cuestión de tiempo.
Las siete de la mañana, el marido aún dormido, y ya siento ese calor que se instala entre las piernas sin pedir permiso. Otro día igual. O peor.
Pusimos música bajita, apagamos las luces y nos prometimos que lo que se dijera esa noche no saldría de ahí. La promesa más difícil de cumplir.
Llevaba semanas escribiendo fantasías para desconocidos. Esa noche quise ser yo la protagonista del relato que él no podía dejar de leer.
Él me lo pidió en voz baja antes de que me pusiera los zapatos. Junté las plantas de mis pies y lo miré. Lo que vino después duró todo el día.
Bajé al bar del hotel diciéndome que era solo para tomar algo. Sin bragas. Con la blusa desabrochada. Todavía sin entender si lo elegí yo o él lo decidió por mí.
Ella ya sabía cómo vestirse cuando me esperaba en la puerta. Sin ropa interior, el vestido corto, y esa sonrisa que prometía que la noche iba a ser larga.
Entró a la habitación de Diego con solo una tanguita negra bajo la bata. Él dormía. Ella se sentó en el borde de la cama y la mano se le fue sola.
Cuando entré por la puerta de su casa, mi mejor amiga me esperaba con el instructor sentado al lado y una sonrisa que no admitía marcha atrás.
Los jueves tenía la casa para mí solo y me permitía serlo. Hasta que una noche ella volvió antes de tiempo y todo cambió para siempre.
A las cinco de la mañana, el pasillo de mi casa debería estar vacío. Pero ahí estaba yo, con la espalda en la pared, sin poder moverme ni querer hacerlo.
Nada más salir del aparcamiento deslizó la mano dentro de sus pantalones. Yo conduje buscando el primer camino sin salida que encontrara.
Estaba escribiendo una escena erótica cuando sonó el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara las teclas y empezara a tocarme.
Vivir enjaulada, obedecer sin preguntar, pertenecer por completo a alguien. Eso era lo que quería, y cuando me lo dieron, la realidad superó cualquier fantasía.
El vestido rojo, la maleta en la puerta y la mirada de una mujer que ya había decidido. Natalia le dijo que volvería el domingo. Si él quería.