Mi mejor amiga me retó a un juego que no supe parar
Las dos sabíamos que la otra era bisexual, pero nunca habíamos hecho nada al respecto. Esa tarde, una cerveza y un juego viejo lo cambiaron todo.
Las dos sabíamos que la otra era bisexual, pero nunca habíamos hecho nada al respecto. Esa tarde, una cerveza y un juego viejo lo cambiaron todo.
Cuando entró desnuda en su habitación, con solo la blusa puesta y aquellas caderas blancas balanceándose, comprendí que ya no podría dormir en esa casa sin pensar en ella.
Llevaba un año mirando aquel juguete en el cajón sin atreverme. Esa noche, con el camisón de encaje y el candado cerrado, supe que por fin iba a dejar que me abriera entero.
El gemido que me despertó no era mío. Asomé el ojo por la rendija del cubículo y la vi frente al espejo, con la falda subida hasta la cintura.
Bajé al parking y mi coche no arrancó. Entonces apareció Mateo de mantenimiento con el mono abierto, y yo dejé de pensar en el fin de semana.
Saqué el fleshlight del cajón y se lo mostré como un trofeo. Damián se rio nervioso, pero ya tenía los pants a la altura de las rodillas.
Nos miramos en silencio bajo el agua caliente. Él sabía lo que yo quería y yo sabía que él también. Solo faltaba que uno de los dos dijera la primera palabra.
Bastaba que Diego girase la cabeza un instante para verlos. Aun así, Lucía bajó la cremallera del chico con esa sonrisa que siempre lo arrastraba al borde.
Sentí su mano al saludarme y fue como una descarga. Le ofrecí llevarla y, en ese camino de tierra, descubrí algo que llevaba años negándome a mí mismo.
Bajé al baño buscando a Mateo y Ricardo, y lo que encontré detrás de la puerta entreabierta me dejó clavado en el pasillo, sin aire y sin poder mirar hacia otro lado.
A las cuatro menos cinco yo estaba desnudo en el sillón, mirando la ventana de enfrente y esperando a que ella se asomara a cerrar la suya.
Mi hermana se reía mientras yo le contaba lo que había leído en el WhatsApp de mi hijo, y no imaginé que esa tarde terminaría yo arrodillada delante de él.
Llevaba años con esa parte de mí guardada en un cajón. Aquella tarde de calor, cuando Mariana sirvió la segunda copa y me sostuvo la mirada, supe que iba a sacarla.
Cerraba la regadera para cubrirme de espuma e imaginaba que alguien me miraba desnuda desde la ventana. Así descubrí lo que me encendía por dentro.
Bajé a la habitación a recoger sábanas y vi el cajón entreabierto. La foto que asomaba del sobre cambió por completo el sentido de mi verano.
Las duchas del gimnasio no tienen puertas. Esa mañana descubrí que el detalle no era un problema, sino justo lo que llevaba años buscando sin saberlo.
Cuando vi su silueta agazapada detrás del cristal, supe que llevaba un rato observándonos. Y en lugar de detenerme, le sostuve la mirada.
Vi el mensaje a las once de la noche y supe que esta vez no iba a inventar excusas. Quince minutos después estaba subiendo a su auto en un predio vacío.
Inventé que había olvidado un cuaderno para volver a su casa cuando sabía que Sofía no estaría. Lo que no esperaba era que su madre me abriera la puerta con esa sonrisa.
Llevaba horas a oscuras, con los brazos por encima de la cabeza atados al perchero, esperando que sus tacones se acercaran y abriera la puerta del armario.