Me plantaron en una cita y la conocí en el tranvía
Coincidimos tres veces el mismo sábado: en el tranvía, en un bar del centro y otra vez en el andén. A la tercera entendí que no podía dejarla ir sin saber su nombre.
Coincidimos tres veces el mismo sábado: en el tranvía, en un bar del centro y otra vez en el andén. A la tercera entendí que no podía dejarla ir sin saber su nombre.
Cuando entré al baño después que mi primo y me puse la ropa interior limpia, sentí algo húmedo y pegajoso entre las piernas. Tardé un segundo en entender qué era.
Tengo la mejilla pegada al azulejo frío y no recuerdo su cara, solo el ritmo con que entra y sale de mí mientras sus manos me sujetan la cintura.
Las persianas estaban medio bajadas, la ropa de un desconocido por el pasillo y la risa de mi mujer al fondo. No podía moverme. Tampoco podía dejar de mirar.
Llevaba semanas observándola entrenar. Esa tarde la seguí hasta el vestuario sin saber qué iba a pasar, pero sabía que ella también me había estado esperando.
La primera vez que me corrí mirándome al espejo, supe que ya no había vuelta atrás. Pero todavía no sabía hasta dónde podía llegar cuando alguien me miraba.
Eran las seis de la mañana y el bar estaba vacío. Él me sirvió un tequila, me miró como llevaba mirándome toda la noche y me dijo que no me dejaría irme tan rápido.
Aquella mañana, cuando entreabrí los ojos en el colchón pegado al balcón, ella ya estaba allí, en el suyo, fumando, esperando a que me girara.
Tenía veintiún años y nunca había mirado a otro hombre así. Aquella tarde, en el chalet de Joaquín, descubrí que el deseo no avisa antes de aparecer.
Lo vi reflejado en la ventana de enfrente, con los binoculares en una mano y el pantalón abierto en la otra. Entonces supe cómo iba a empezar mi mañana.
Cuando mi padre se fue a los proveedores, bajé al obrador con la excusa de echar una mano. No imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Aproveché la rendija de la cortina para espiarla, pero ella me descubrió en el espejo y, en lugar de cubrirse, empezó a desvestirse otra vez para mí.
Subimos las escaleras herrumbradas y oímos los gemidos detrás de la cortina. No podía dejar de mirar, ni de sentir a mi mejor amigo pegado al hombro.
Cuando la vi entrar al consultorio supe que esa sesión no iba a ser como las demás. Y cuando le ofrecí cambiarse al baño, ya sabía qué traje le iba a dar.
Eran las dos de la mañana, estaba aburrida y caliente, y bajé al lobby del juego sin esperar nada. Entonces vi su avatar inclinarse hacia el mío.
Empezamos con stickers tontos al final del turno. Después vino el apodo. Después la fantasía. Esa noche me escribió que mi casa le quedaba más cerca y no supe decir que no.
La puerta estaba entornada y por la rendija vi lo que él le hacía a ella sobre el petate. Yo era la maestra del pueblo. Yo no debía mirar. Tampoco debía tocarme.
Llevaba meses deseando a mi compañera de piso, hasta que un día encontré una actriz con su misma voz. Esa tarde, creí que tendría toda la casa para mí.
Bajé la cremallera de la falda sin saber que él me observaba desde la ventana de enfrente. Lo que empezó como vergüenza se transformó en juego.
Me desperté con las ganas pegadas al cuerpo y el teléfono mudo. Si él no llamaba, al menos tenía el clóset de mi hermana y toda la tarde para mí.