Lo que planeo hacerle cuando vuelva a verla
Sus mensajes llegaban siempre a la misma hora, cuando sabía que estaba solo. Cada palabra encendía una imagen que no podía quitarme de la cabeza.
Sus mensajes llegaban siempre a la misma hora, cuando sabía que estaba solo. Cada palabra encendía una imagen que no podía quitarme de la cabeza.
Una puerta entreabierta fue el comienzo. Después vino el espejo que instalé en su cuarto para verla mejor, noche tras noche.
Tenía su ropa íntima en una mano y el teléfono en la otra cuando oí la puerta principal abrirse. Camila estaba ahí, mirándome desde el pasillo.
Llevábamos años saliendo juntos sin que pasara nada. Esa noche en el club algo cambió: su cuerpo pegado al mío en la pista, y ninguno de los dos hizo nada por parar.
Fingí dormir mientras sus dedos me recorrían la piel. No sé en qué momento decidí que no quería que se detuviera, pero esa noche todo cambió entre nosotras.
El chico del barrio me miraba sin vergüenza, de arriba abajo, mientras yo intentaba que mi voz no temblara. Tenía cuarenta y seis años y un hijo al que salvar.
A los sesenta y tres años llevaba una década masturbándome sola. No esperaba que la chica del cuarto libre fuera a cambiar eso para siempre.
Ella estaba de treinta y seis semanas y yo sola con ella toda la semana. Nadie sabía lo que cruzaba por mi cabeza cada vez que la ayudaba.
La puerta entreabierta dejaba escapar un gemido sofocado y yo, paralizado entre las sombras del pasillo, no podía moverme ni dejar de mirar lo que estaba viendo.
Cuando él lo dijo en voz alta, el silencio duró exactamente tres segundos. Sentí miedo y deseo al mismo tiempo, y no supe cuál de los dos era más fuerte.
Llevaba meses mirando el rincón oscuro de su dormitorio. La muñeca equivocada que le mandaron era lo más parecido a una compañía que había tenido en años.
Cada mañana la miraba tender la ropa desde mi balcón, con sus curvas y su calma de mujer que no necesita disculparse por nada. Esa mañana fue diferente.
Detrás de aquellas cajas pensé que nadie podría verme. La cámara roja del techo y los pasos en la puerta me decían otra cosa.
Cuatro colegas, una piscina, una noche entera. El mejor inicio de vacaciones que pude imaginar.
Cuando abrió la caja equivocada, supo que era un error. Pero cuando ella entró al consultorio, pequeña y asustada, la muñeca y la mujer se volvieron lo mismo.
Bajé a la cocina a medianoche sin imaginar que él seguía despierto. Estaba en el jardín fumando, con ese aire que no se aprende. Me miró y no hice nada por marcharme.
Empezó como un capricho mientras él jugaba con sus amigos. Terminó conmigo arrodillada bajo el escritorio y él silenciando el micrófono justo a tiempo.
Me miré al espejo y la cara que vi no era la mía. Era la suya. Y dentro de ese cuerpo ajeno, algo empezó a despertar que no debería haber despertado.
Encendí la vela, susurré sus palabras y al despertar no estaba en mi habitación. Estaba de pie, con tacones, y un peso suave y cálido subiendo y bajando en mi pecho.
Tenía su miembro palpitando frente a mí mientras le relataba todo. Y cuanto más detallada era, más se acercaba a un límite que ninguno de los dos quería cruzar.