Lo que descubrí en el vestuario del gimnasio
Entré al vestuario sin pensarlo y salí con las piernas temblando, mirando a esas mujeres desnudas como nunca había mirado a nadie en mi vida.
Entré al vestuario sin pensarlo y salí con las piernas temblando, mirando a esas mujeres desnudas como nunca había mirado a nadie en mi vida.
Don Genaro me lo planteó como un juego: un agujero en la pared, un chico que me gustaba y la oscuridad. Acepté sin saber quién estaba en realidad del otro lado.
Cuando él llegó esa noche, yo ya estaba al otro lado del cristal con la luz apagada, observando cómo ella lo recibía con una sonrisa que nunca me había mostrado a mí.
Cuando él se baja el bóxer frente a la computadora, yo dejo la esponja en el agua. Mi marido y mi hijo duermen. La ventana de enfrente queda abierta.
Llevaba dos semanas con el deseo prendido como una mecha. Cuando su marido cerró la puerta y se marchó al pozo, supo que esa noche no dormiría sola.
Aparqué frente a la casa con las manos sudando. Era mi primera sesión con cliente desnudo y aún no sabía que terminaría con dos hombres encima.
Llevaba años intentando que volviera a caer. Esa tarde, entre porros y caricias en el sofá, fue ella quien se incorporó y me besó como antes.
Su marido se fue al patrullaje sin mirarla. A las nueve, ella ya había elegido la ropa con la que iba a abrirle la puerta a otro hombre.
Aquella mañana decidí que mi plug favorito vendría conmigo al gimnasio. No imaginaba que tres miradas curiosas terminarían siguiéndome entre las máquinas.
Marlene venía los miércoles a hacerme la limpieza. Yo aprovechaba para pasearme con cada vez menos ropa. Esa mañana decidí dejarme un mono transparente.
Lo del descampado ya no me alcanzaba: necesitaba que alguien me viera. Y entonces, en la góndola de las mermeladas, una mano áspera se apoyó sobre mi falda sin pedirme permiso.
Nunca me habían atraído los hombres, pero esa figura en la pantalla despertó algo que no supe nombrar. Y entonces ella me ofreció pagarme.
Mi mujer aceptó pagar a una experta para que me masajeara delante suyo, pero no esperaba descubrir cuánto placer le daba mirar cómo otra me hacía gemir.
Aparqué la caravana junto a un chiringuito y, cuando me quité la camisa, supe que aquellos hombres no iban a dejar de mirarme hasta que les diera algo más que ver.
Entré buscando ropa interior para complacer a otro hombre y salí descubriendo que las manos de una mujer pueden hacer temblar lo que nunca había temblado conmigo misma.
A la mitad del viaje, mirando coches que pasaban a oscuras, se me ocurrió algo que no podía hacer en ningún otro lugar del mundo. Ni allí, en realidad.
Subí las fotos bajo otro nombre, segura de que nadie en esa residencia sabría que era yo. Media hora después, alguien golpeó mi puerta y dijo el nombre falso.
Subieron al cuarto del panadero a tomar cerveza, pero el olor a sudor seco les hizo bajarse los pantalones antes de saber muy bien por qué.
Bajamos las rocas hasta esa cala oculta con dos toallas, seis cervezas y la promesa silenciosa de que esta vez no íbamos a llevar el bañador puesto.
Lo vi en bóxer una sola vez y desde entonces no puedo dormir sin pensar en él. Que sea mi medio hermano debería bastar para detenerme, pero no basta.