La laguna que me transformó en quien siempre fui
Conduje hacia el barranco decidido a terminar con todo. Lo que encontré en el agua helada de la laguna me devolvió las ganas de vivir, y algo que jamás imaginé.
Conduje hacia el barranco decidido a terminar con todo. Lo que encontré en el agua helada de la laguna me devolvió las ganas de vivir, y algo que jamás imaginé.
A las cuatro de la madrugada, mientras me hacía el amor, mi marido susurró el nombre de mi compañero de trabajo. Y yo, en la oscuridad, sonreí.
Llegamos temprano, el ascensor se vació y su mano encontró mi falda antes de que se abrieran las puertas del último piso. Sabía exactamente lo que venía después.
La noche que mi jefa leyó mi historial de navegación, supe que estaba perdido. Lo que no supe es cuánto iba a disfrutar cada paso de mi rendición.
Bastó una mirada de Renata para que entendiera: lo había visto todo la tarde anterior y ahora quería su parte, sin posibilidad de negarse.
Aquella lencería de novia no era para mí, pero cuando me la probé frente al espejo de mi oficina supe que esa noche iba a pasar algo que no podría contarle a nadie.
Estaba a punto de meterme bajo el agua cuando apareció en el umbral con el uniforme manchado y los ojos sin saber dónde mirar.
Me levanté del colchón con el culo dolorido mientras él seguía dormido. Llevaba un año esquivándolo, y esa madrugada terminé cediendo en su cama.
Me paseé por la planta vacía convencida de que nadie sabía lo que llevaba debajo. No conté con que el guardia tampoco dejaría de mirarme el trasero.
Le entregué una blusa de una talla menos sin decirle por qué. Cuando escuché su grito ahogado desde el probador, supe que iba a entrar y que no iba a salir igual.
Entro al chat para distraerme, nada más. Pero ese señor de voz pausada y casi treinta años más que yo despertó una curiosidad que terminó conmigo desnuda sobre él.
Desde la sala de monitores vi cómo se abría el saco cuando creía que nadie la miraba. No sabía que su nuevo vigilante llevaba toda la mañana observándola.
Creí que me chantajearía con lo que vio en mi monitor. Lo que no esperaba era terminar de rodillas frente a él en la oficina vacía, después de que todos se fueran.
Mi amiga me empujó suavemente con una sonrisa cómplice. «Anda», me dijo, «no te va a quitar los ojos de encima en toda la noche». Y tenía razón.
Cada mañana se lanzaban insultos como dardos. Lo que ninguno admitía era cuánto deseaban que el otro cruzara, por fin, la línea que los separaba.
Cada paso hacía tintinear los engranajes del corsé y dejaba ver el liguero. Esa noche ninguno de los dos pensaba salir de la fiesta como había entrado.
Cerré con llave el cambiador, abrí la maleta y dejé de ser Tomás. Esa noche, en el club, no imaginaba que mi propio jefe iba a empujar la puerta.
Cuando volvió corriendo al coche, todavía pensaba dejarlo en la estación. A las tres de la mañana lo tenía pegado a mi espalda, buscándome bajo la sábana.
Bajó la copa, lo miró a los ojos y supo que esa noche no habría vuelta atrás: dos años de aguantarse cabían en el silencio de su apartamento.
Cuando el último compañero cerró la puerta, supe que esa noche no volvería a casa siendo la misma mujer. Él me miró y yo ya estaba temblando.