Lo que mis cuatro compañeros me hicieron esa noche
Iba a ser la primera vez que estuviera con los cuatro al mismo tiempo. Lo decidimos esa noche, mientras brindábamos por unas vacaciones que jamás imaginé que empezarían así.
Iba a ser la primera vez que estuviera con los cuatro al mismo tiempo. Lo decidimos esa noche, mientras brindábamos por unas vacaciones que jamás imaginé que empezarían así.
Cuando crucé el umbral del despacho, supe que la corona costaba más que sonrisas y respuestas correctas. El rector me esperaba con un formulario y un plan.
Tres compañeros la invitaron a quedarse cuando el edificio estaba vacío. Sofía dijo que sí, pero con condiciones.
Primero fue la pulsera. Luego la ropa ajustada, las medias, la depilación. No supe en qué momento dejé de ser Daniel para convertirme en lo que él quería.
Mi primera vez apenas duró un minuto y me dejó convencida de que el sexo no era para mí. Hasta esa madrugada a solas, vigilando cámaras con el hombre más simpático del trabajo.
Cada vez que pisaba su departamento, soltaba bromas sobre maricones. Una semana después lo reconocí en el video del club: máscara, jaula y veinte hombres esperando turno.
Sentí su pie descalzo deslizarse entre mis muslos mientras terminaba el postre. Lucía siempre jugaba así en sitios públicos, pero esa mañana no iba a parar.
Crucé la verja de su jardín a las nueve de la noche pensando solo en confesarle lo que sentía. Me fui de allí con un video que iba a cambiarnos a los dos.
Cuando me dijo que el Adrián de aquellos papeles era ella, sentí rechazo. Meses después no podía dejar de pensar en su boca, en su perfume, en lo que escondía bajo la falda.
Cuando salí del despacho con las piernas temblando, lo vi al final del pasillo. Mi hijo. Y por su mirada supe que había escuchado todo.
Llegó al instituto con la carta de expulsión de su hijo en el bolso. Salió con las rodillas temblando y un secreto que no iba a poder contarle a su marido.
Apareció en mi cuarto de descanso a las tres de la mañana, casada y peligrosa, y supe que esa noche iba a romperme la vida entera, una mirada después de otra.
Apoyada contra la columna, oí los tacones acercarse por el subsuelo vacío. Esa vez supe que no era yo quien iba a poner las reglas del encuentro.
Compré una peluca rosa y un vestido que se me pegaba al cuerpo solo para verle la cara cuando abriera la puerta del hotel. No me decepcionó.
Diego entró detrás de mí al baño del bar y echó el pestillo. Yo sabía perfectamente lo que iba a pasar y, a esas alturas, ya no me quedaban fuerzas para detenerlo.
Siempre fantaseé con estar con otra mujer, pero nunca lo había hecho. Esa noche, en su departamento, ella me pasó las manos por las caderas y supe que no íbamos a dormir.
Cuando cerró la puerta de su oficina con llave, entendí que las cajas de documentos eran solo una excusa que ninguno de los dos quería desmentir.
A los treinta y nueve años había aprendido a medir el tiempo en canciones. La noche del becario sumó una nueva, y aún me devuelve a sus manos al primer acorde.
Me advirtieron que era una amargada, que odiaba a los hombres. Lo que nadie dijo es que detrás de esa armadura llevaba años sin que nadie la tocase de verdad.
Tres compañeros de oficina la invitaron a quedarse después de las diez. No sabían que Camila tenía sus propias reglas para esa clase de noches.