Lo que pasó en la camioneta del turno nocturno
El leggin blanco se me transparentaba bajo la sudadera, y supe que esa noche, en la camioneta vacía, el chófer iba a mirarme de otra manera.
El leggin blanco se me transparentaba bajo la sudadera, y supe que esa noche, en la camioneta vacía, el chófer iba a mirarme de otra manera.
Empecé con espejos en el suelo y terminé descubriendo a mi vecina desnuda desde mi terraza. Cada vislumbre fugaz se convertía en una droga.
Cuando se sentó en mi sillón con el rímel corrido y la voz temblando, supe que no íbamos a resolver lo suyo con un whisky y dos palabras de consuelo.
Pensé que la había puesto en su sitio. Esa tarde, al salir del baño, oí una cremallera bajándose detrás de la puerta entornada del despacho.
Adrián entró a esa oficina como analista senior y supo, por la sonrisa de la directora, que saldría siendo otra cosa: algo bonito, dócil y sin nombre propio.
Su abrazo me subió un calor por todo el cuerpo que no supe explicar. Solo sabía que, en cuanto me quedara sola, tendría que terminar lo que él había empezado.
Todo empezó por una foto en el teléfono. Diez días después no puedo levantarme sin pensar en el momento del día en que voy a meterme mano otra vez.
Lo guardé en el bolso por las prisas, pero esa tarde lo saqué por otra razón: estaba sola, aburrida y demasiado caliente como para aguantarme.
Había terminado todo el trabajo, no quedaba nadie en el piso y el calor me tenía inquieta. Esa tarde decidí jugar con fuego sobre el escritorio.
El video llegó sin aviso: él, en su coche, con el semáforo en rojo y una mano que no estaba en el volante. Supe que no aguantaría hasta llegar a casa.
Nunca se había masturbado en el trabajo. Pero esa mañana, con el celular lleno de imágenes de su vecina y la puerta sin traba, descubrió cuánto la excitaba el riesgo.
Sabía que nadie me veía en aquel almacén oscuro. Solo el maniquí desnudo del rincón fue testigo de lo que hacía pensando en ella, la costurera de la falda más corta.
Esa noche bajé al estudio con la excusa de la fotocopiadora. En su carpeta personal había tres archivos que cambiaron todo lo que yo creía saber de ella.
Renata entró al despacho esperando una suspensión. La decana cerró la puerta con llave, le pidió que se levantara y le dijo que el castigo iba a ser muy distinto.
Ningún hombre me hizo terminar. Lo descubrí tarde, después de años de manos ajenas y orgasmos fingidos: el único cuerpo que sabía exactamente qué quería el mío era el mío propio.
En el ascensor me rozó el brazo como sin querer y olió a colonia cara. Esa misma noche, mientras yo me vestía a oscuras, ya estaba planeando cómo dejar a Tomás.
Llegué a su casa solo para ver el partido. Cuando sonó el silbato final, una mano se hundió en mis nalgas y entendí que el verdadero plan empezaba en ese momento.
Nos quedamos solas en la oficina a las siete. A las diez Camila estaba apoyada contra una estantería del archivo y yo ya no podía pensar en el cliente.
Marina creía que sería un trío clásico, ella en el centro. Hasta que vio a sus dos amigos heteros mirándose de una forma que lo cambió todo.
Tres gin-tonics, dos compañeros que apenas conocía y un sofá. Lo que empezó como una charla de oficina se convirtió en la noche más inesperada de mi vida.