Lo que mi jefe casado no sabía de mí los viernes
Me había vestido para él en el baño del piso doce: peluca rubia, tacones imposibles y un corsé que apretaba todo lo que llevaba años escondiendo bajo la camisa.
Me había vestido para él en el baño del piso doce: peluca rubia, tacones imposibles y un corsé que apretaba todo lo que llevaba años escondiendo bajo la camisa.
En la puerta de su casa se le cayó la cartera. En lugar de la llave, salió rodando un puñado de condones. Don Ricardo y yo nos miramos. La noche apenas empezaba.
Cuando entré a la oficina del director aquella tarde, supe que la pregunta no era si aceptaría su trato. Era cuánto estaba dispuesta a entregar por una corona que ya no me importaba.
Todos en la oficina se burlaban de ella por su apodo, pero yo no podía dejar de mirarla. Algo en su forma de moverse me había atrapado de un modo que aún no entendía.
Los tacones me mataban cuando Andrés se inclinó sobre el mostrador y susurró que la sala de juntas estaría libre toda la noche.
Mi exnovia me esperaba en ese retiro y conocía exactamente el secreto que yo más temía. Solo necesitaba la persona indicada para destaparlo delante de todos.
Me dijeron que era la jefa más amargada de la empresa, una viuda que detestaba a los hombres. Lo que no sabían es que yo no acepto un no cuando huele a desafío.
Cuando me agarró de la muñeca y me arrastró al baño del bar, supe que esa señora de la oficina ya no volvería a ser solo mi jefa el lunes por la mañana.
Cuando él me dijo que invitara al director, supe lo que iba a pasar. Lo que no sabía era cuánto iba a gozar mientras mi marido nos miraba desde el sofá.
Llevaba dos años esperando una llamada suya. Cuando por fin la recibí, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera, por absurda o degradante que fuera.
Subió tres pisos hasta una puerta sin cartel pensando que sabía qué venía a hacer. Lo que descubrió en esa sala no estaba en ningún anuncio.
Le tendí el portátil a mi marido con la carpeta abierta. Veintitantos correos de hombres que jamás imaginaron que su directora les enviaría algo así.
Le mandé un mensaje a mediodía y volví a las nueve, marcada como un trofeo. Mateo me esperaba arrodillado sin saber lo que iba a oler.
A las tres en punto, sentada en la barra de la cocina con encaje negro y una taza de té, sabía perfectamente con qué versión de mi marido iba a encontrarme.
La peluca, el vestido y los tacones estaban en el cajón de mi escritorio. Mi jefe lo sabía desde hacía meses. Y eso cambiaba todo lo que pasaba entre nosotros.
Valeria no quería regalos caros. Quería ser el platillo fuerte de una noche donde todos apostaran por ella y su marido la mirara con orgullo.
Don Ernesto tenía veintisiete años más que yo, manos ásperas de trabajador y una mirada hambrienta que yo fingía no ver. Esa noche cerré las cortinas yo misma.
Aquella mañana entré al penal con una buena noticia para mi cliente. Salí con la blusa arrugada, el pelo revuelto y un secreto que jamás contaría.
La primera vez que Valeria vio a Marcos, él era su cliente. La última vez que lo vio en esa celda, ya no lo era solo.
Treinta candidatas, un rector con demasiado poder y yo con treinta y ocho años y toda la experiencia del mundo. Pensé que podía manejarlo. Me equivoqué a medias.