Mi jefa madura me enseñó quién mandaba esa noche
Subí a su departamento sin pensarlo. Tres horas después bajé con las rodillas temblando, las marcas de sus manos en mis pechos y el cuerpo cambiado para siempre.
Subí a su departamento sin pensarlo. Tres horas después bajé con las rodillas temblando, las marcas de sus manos en mis pechos y el cuerpo cambiado para siempre.
Renata la miraba hacía dos años por los pasillos de la oficina. Una noche, después de cerrar la licitación, dejó por fin que el roce se hiciera algo más.
Cuando mi jefe propuso subir a su departamento a seguir la fiesta, mi esposa dudó. Pero la curiosidad y el alcohol pesaban más que la prudencia esa noche.
Me puse la pollera más corta que tenía y fui al taller a llevar un sobre. El dueño no estaba. Me hicieron subir a la oficina de su hijo.
Nadia me apretó la mano antes de entrar. Yo pensé: o nos despiden o nos casamos. Salimos con fecha de boda y con ganas urgentes de celebrarlo.
Mientras Marina me penetraba con el arnés, me preguntó si la aceptaba como esposa. Le dije que sí entre gemidos. Nunca pensé que una propuesta pudiera sentirse así.
Una semana de trabajo sin respiro, apenas besos antes de dormir. Pero el viernes llegó y ella apareció en lencería negra con una sonrisa que lo decía todo.
Lo que pasaba en esa sala era confidencial. Nerea lo vio todo a través de la cerradura, con la mano apoyada en la pared y la respiración cortada.
Entré a su despacho para hablar y terminamos follando sobre su escritorio mientras el resto de la oficina almorzaba sin saber nada.
Marcos casi se atragantó cuando le conté lo que había hecho. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado en seis años juntos.
Le había pedido a mi padre una sola cosa: que se quedara sentado y mirara. No imaginé que él tampoco podría dejar de mirarme cuando el cliente entrara.
La llamaban con un apodo grosero a sus espaldas. Lo que nadie sabía era que yo, desde mi cubículo, contaba los minutos para verla pasar otra vez.
Cuando la cámara se conectó esa tarde, Camila estaba sentada en su despacho con una falda muy corta y un secreto que no debía caber en aquella oficina.
A las ocho y media tocó el timbre. Mi marido le abrió; yo lo esperaba arriba, descalza, con un camisón que apenas tapaba nada y un vestido de novia tendido en la cama.
Cuando Sebastián colgó el teléfono y le guiñó un ojo, su esposa supo que el partido era la excusa. El director llegaría en veinte minutos, y el plan ya estaba listo.
No me duché antes de volver. Quería que el aroma de él se mezclara con el mío y que mi novio aprendiera, con la lengua en mi ropa interior, lo que olía.
Tres semanas después de descubrir los monitores ocultos del despacho de mi suegro, la pantalla parpadeó y se encendió sola, justo cuando él ya estaba detrás de su hija.
La cámara filmaba todo desde el dormitorio mientras yo subía la escalera con un vestido que apenas tapaba lo que iba a entregarles esa tarde.
Cuando colgué el teléfono aquella madrugada me juré que jamás obedecería una orden tan sucia. A las siete cincuenta y cinco ya estaba en cuclillas, esperándolo.
Lo humillé delante de toda la oficina por una mancha. A las ocho bajé las cortinas para pedirle perdón a solas, y se me fue de las manos.