El patrón del fundo me hizo suplicar por el puesto
Debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado. Cuando el patrón me preguntó qué estaría dispuesta a hacer por el trabajo, supe que mi respuesta lo cambiaría todo.
Debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado. Cuando el patrón me preguntó qué estaría dispuesta a hacer por el trabajo, supe que mi respuesta lo cambiaría todo.
Me ofreció dinero por dejarlo arrodillarse. Lo que no le dije es que, una vez en el piso, sería yo quien decidiera cuánto le iba a costar cada centímetro.
Bastó deslizar el tacón fuera del talón para que dejara de mirarme a los ojos. Y yo descubrí cuánto poder cabía en la punta de un pie.
Cada gesto está calculado: el roce de las medias, el tacón que cuelga de mis dedos, la sonrisa que les hace sentir culpables. Hoy me he levantado con ganas de jugar.
Aquella tarde llegó vestida de negro, se pintó los labios frente al espejo y salió diciendo que dormía donde una compañera. Tardé años en saber a dónde iba realmente.
Cuando lo encontré otra vez sentado de espaldas a la puerta, supe que ya no me interesaba reñirlo: quería averiguar por qué seguía volviendo a buscarme.
A las diez en punto entro en la sala de juntas y, mientras el jefe habla de cifras, mi cabeza se va a un sitio donde ella y yo no respetamos ninguna regla.
Cuando me dijo «quítate la blusa en el estacionamiento», pensé que era una broma. Diez minutos después, su esposa nos miraba desde su cama por videollamada.
Llevaba meses sin tocar a nadie cuando crucé esa puerta. Lo que no sabía era que iba a salir de allí convertido en alguien que daba las órdenes.
Una llamada por puro aburrimiento, una comida que tardamos horas en tener y su mano subiendo por mi muslo en el sofá de su despacho. Hacía meses que no lo veía.
Me prometieron que sería solo una reunión de trabajo. A las cinco de la tarde ya me estaba cambiando de ropa para algo que no tenía nada de profesional.
Marina llevaba meses fingiendo que no lo miraba. Esa noche, atrapada entre el cristal frío y el calor de su jefe, dejó de fingir.
Bastó una notificación en el teléfono para que dejara de ser la chica seria de la oficina. Esa tarde descubrí cuánto deseo cabía en una conversación.
Bastaba con balancearme en la silla para que la tela me apretara justo ahí. Y todavía me esperaba, sin leer, el capítulo que llevaba toda la semana imaginando.
La forma en que me miraba en la oficina debió advertírmelo. Aquel fin de semana en la cabaña descubrí que su premio no tenía nada que ver con el trabajo.
Llevaba dos años con Rodrigo y se decía a sí misma que era solo una copa con un compañero. Cuando entró al departamento de Lautaro, supo que ya no había vuelta atrás.
La camioneta saltaba en cada bache y yo solo rezaba para que nadie notara lo que estaba pasando debajo del vestido de mi hermana.
Llevábamos meses rozándonos en los pasillos sin decir nada. Esa noche, en el bar, ella se apoyó contra la pared y supe que ya no había vuelta atrás.
Cerré la puerta, lo besé sin permiso y entendí que esta vez no me iba a ir hasta conseguir exactamente lo que había venido a buscar, con toda la sala escuchando.
Subí al quinto piso esperando un café y una explicación. Ella seguía con un informe pendiente. No sabía que su amante miraba todo desde el despacho de al lado.