Espié a la otaku tímida desde mi clóset
Cuando seguí el sonido de su música hasta el viejo clóset de mi oficina, no esperaba encontrar rendijas que apuntaban justo al vestuario donde ella se desnudaba.
Cuando seguí el sonido de su música hasta el viejo clóset de mi oficina, no esperaba encontrar rendijas que apuntaban justo al vestuario donde ella se desnudaba.
Llegó al tribunal segura de que su nombre era apenas una casilla a completar. Nadie esperaba que el juez la mirara como se mira a alguien que se desea de verdad.
Cuando el señor del desayuno entró en la oficina y me sonrió, entendí que mi amigo no lo había dejado pasar por casualidad.
Cuando Valeria me dijo que sus tres primas me esperaban para celebrar, no imaginé que la celebración consistía en averiguar si yo servía para algo más que llevarles las cuentas.
Cada mensaje que abro en pantalla es una caricia que nadie ve. Finjo trabajar mientras por dentro ardo, esperando el momento de llegar a casa y dejarme caer.
Nadie en la firma imaginaba lo que Lorena hacía durante la pausa del almuerzo, dos plantas más abajo, detrás de una puerta que siempre cerraba con llave.
Llevábamos meses fingiendo desprecio en cada reunión. Entonces abrí la puerta del baño secundario y la encontré con el vestido subido hasta la cintura.
Dormimos desnudas, abrazadas de cucharita, y casi nunca llegamos a desayunar antes de que su erección matutina decida por las dos.
Tres días sin dormir, un contrato de nueve millones a punto de caerse, y entonces ella cerró su tablet, se puso de pie y dijo que sabía cómo convencerlos.
Le dije que cerrara la puerta y apagara las luces para una llamada importante. Lo que no esperé fue que empezara a sospechar lo que yo hacía debajo del escritorio.
Cuando me dijo que su cama era amplia y que me tenía preparado todo, sentí un escalofrío. Su mirada no era de jefa: era la de alguien que llevaba semanas calculándolo.
Cuando entró a mi oficina detrás del jefe, supe que iba a perder. Su voz la había escuchado mil veces; ahora la tenía a un metro, mordiéndose el labio.
Cuando abrí la puerta solo con el pantalón puesto, Marlene ya sabía que Leila estaba dentro. Lo que no imaginé fue que mi secretaria se quedaría a participar.
Íbamos apretados como sardinas. Su mano bajó por mi cadera y yo, en lugar de apartarla, separé un poco las piernas y dejé que siguiera.
Se quedó en el ala ejecutiva porque sabía que ella seguiría allí, repasando cifras. Lo que vino después no figuraba en ningún informe de la empresa.
Siempre fantaseé con estar con otra mujer, pero nunca lo había hecho. Esa noche, en su departamento, ella me pasó las manos por las caderas y supe que no íbamos a dormir.
Diego entró detrás de mí al baño del bar y echó el pestillo. Yo sabía perfectamente lo que iba a pasar y, a esas alturas, ya no me quedaban fuerzas para detenerlo.
Compré una peluca rosa y un vestido que se me pegaba al cuerpo solo para verle la cara cuando abriera la puerta del hotel. No me decepcionó.
Apoyada contra la columna, oí los tacones acercarse por el subsuelo vacío. Esa vez supe que no era yo quien iba a poner las reglas del encuentro.
Apareció en mi cuarto de descanso a las tres de la mañana, casada y peligrosa, y supe que esa noche iba a romperme la vida entera, una mirada después de otra.