El viaje en que mi amiga y yo cruzamos la línea
Siempre jugábamos a ser novias delante de todos, hasta que el calor, el río y unas cervezas borraron la línea entre el juego y lo que de verdad queríamos.
Siempre jugábamos a ser novias delante de todos, hasta que el calor, el río y unas cervezas borraron la línea entre el juego y lo que de verdad queríamos.
Estaba secándome la espalda cuando la puerta se abrió de golpe. Ella me vio entero, se disculpó y salió corriendo. No imaginé que volvería a cruzármela esa misma mañana.
Él solo había hecho su trabajo de médico. Ella entró sin llamar, cerró la puerta y le dijo que esa noche no venía a hablar de su hijo enfermo.
Lo vi entreabrir la puerta mientras yo estaba de rodillas. Podía haberme detenido. En cambio le guiñé un ojo y dejé que se quedara mirando.
Acordamos vernos temprano, cuando todavía no había nadie. Lo que empezó como otro de nuestros juegos por mensajes terminó siendo algo que no pude sacarme de la cabeza en todo el día.
Llevaba veinte años casada con un hombre que rezaba antes de cada comida. Esa tarde, bajo el árbol del parque, me confesó a quién extrañaba de verdad.
Estaba sola en la barra, aburrida y con dos tragos de más, cuando él se sentó a mi lado y me miró como si ya supiera todo lo que íbamos a hacer esa noche.
A las tres de la madrugada ella seguía despierta, con la cabeza en mi brazo, esperando el momento exacto en que yo abriera los ojos para empezar.
Frente al espejo, con los labios pintados y los tacones puestos, no vi a nadie disfrazado: vi a la mujer que siempre quise ser cuando me dejo llevar.
Crucé la puerta del bar con tacones nuevos y el corazón en la garganta. No imaginaba que esa noche entraría alguien de mi pasado.
La primera tarde aún no había deshecho la maleta y ya sabía que allí nadie apartaría la vista. Y lo peor era esto: a mí empezaba a gustarme.
Llamó a su puerta empapada por la lluvia, sin orgullo y sin nada que ofrecer salvo su cuerpo. Ellos la miraron, se miraron, y ella supo que todo volvía a empezar.
Sabía que el profesor Aníbal me miraba el cuerpo cada vez que me despedía. Esa tarde entré a su aula dispuesta a usar esa mirada a mi favor, fuera lo que fuera.
Subió al cuarto de mantenimiento sin avisar y me pilló sin camisa. Esa risa suya, sin vergüenza, fue el principio de algo que tardé años en confesar.
El divorcio no me hundió: me devolvió el aliento. Esa noche, con el vestido de botones y una copa servida, dejé que un desconocido mucho más joven me hiciera sentir viva.
Llevaba cinco años acostándome con hombres y, de rodillas otra vez, hice la cuenta exacta de cuántos habían pasado por mi boca. Esa noche entendí que algo se había roto.
Había un único límite que Marisa nunca cruzaba, y yo había aprendido a respetarlo. Hasta que una mañana, desayunando, se me ocurrió la manera de saltármelo sin que ella sufriera.
Llevaba el chantaje de mi ex en el móvil y la cuenta del bufete en la cabeza. Cuando él vio los vídeos y sonrió, supe que aquella minuta no iba a pagarse con dinero.
La rabia la empujó a bajarse del auto en plena carretera. Lo que no imaginó fue que terminaría la noche en la cabina de un camionero al que acababa de conocer.
Bajé pensando que pararía en cualquier momento. Que diría basta, que esto no iba conmigo. A los quince minutos gritaba justo lo contrario.