La milf del surf volvió sola a buscarme
Cuando apareció sin su hija y me pidió ver el atardecer, supe que esa noche no iba a terminar solo con arena y vino.
Cuando apareció sin su hija y me pidió ver el atardecer, supe que esa noche no iba a terminar solo con arena y vino.
Cuando se levantó la falda en plena carretera y dejó que los camioneros miraran, supe que ese viaje no iba a tener nada de inocente.
Corrí hacia él como si llevara años esperándolo, aunque apenas nos conocíamos y yo todavía llevaba mi anillo de casada.
El ascensor se detuvo entre pisos, y el silencio se llenó de miradas, confesiones sucias y una calentura que ya nadie quiso frenar.
Le dejé mi número en el ticket del supermercado y creí que no se atrevería. A las cinco y cuarto sonó el timbre de mi ático.
Apenas abrí la puerta, la besé con hambre. Ella temblaba, decía que era una locura, pero subió a mi cuarto sin soltarme la mano.
Ella solo quería perder el miedo, pero cada foto y cada orden la empujaron a una iniciación anal que no iba a olvidar.
La puerta estaba entreabierta, las velas encendidas y una nota sobre la cama. Aun así, entré, me desnudé y obedecí.
Después de semanas de cruces, miradas y pullas, me empujó al baño del vestuario y me dejó claro cómo pensaba cobrarme aquella multa.
Entré al cuarto convencida de que sería una cogida rápida para vengarme. Salí al amanecer sin recordar mi nombre.
Decía que quería llegar intacta al amor, pero cuando cerré el coche y la besé, abrió las piernas como si llevara días esperando ese momento.
Cuando vi su mensaje antes de entrar al parking, supe que no iba a volver a casa con las piernas temblando solo por conducir.
Acepté por morbo, por nervios y por no echarme atrás; cuando me arrodillé frente a él, ya no había forma de fingir inocencia.
Lo cité en casa para explicarle mis permisos, pero lo que encontró en la sala cambió la forma en que me miraba en la oficina.
Cuando tocó el timbre y preguntó si estaba solo, supe que no venía a hablar de clases ni de su novio.
Mara oyó los aplausos detrás de ella y entendió que la prueba apenas empezaba, aunque su cuerpo ya temblaba sobre el mármol.
Entré al cuarto por curiosidad y acabé atrapado entre dos cuerpos adultos que parecían entender mi deseo mejor que yo mismo.
Cruzó las piernas sabiendo que la miraba y su falda subió apenas lo justo. Cuando el aula quedó vacía, sonrió y me pidió que la ayudara a recoger la basura.
Me desperté empapada, sin saber si el hombre que me había abrazado en el sueño era un colega, un desconocido o pura imaginación. No importaba nada.
Me había pasado la noche esquivando sus bromas, hasta que lo hice entrar al baño y ya no hubo forma de fingir que no quería tocarlo.