El chofer del doble piso y la noche de diciembre
Terminé mi turno, hacía un frío brutal en el andén, y el chofer me dijo que podía quedarme en su autobús para calentarme. No tenía idea de lo que vendría.
Terminé mi turno, hacía un frío brutal en el andén, y el chofer me dijo que podía quedarme en su autobús para calentarme. No tenía idea de lo que vendría.
Llegué al templo con el cuerpo en llamas y la mente llena de imágenes que no debería haber tenido. Nada me preparó para lo que vendría.
Dejé caer la sandalia sin que nadie lo viera. Mi pie buscó su pierna bajo la mesa y, cuando lo encontré, supe que ya no había vuelta atrás.
Remiseros que llegaban como activos y terminaban pidiéndome que los penetrara. Empleados que besaban como locos. Cada oficio era un mundo distinto.
Nunca había entrado a un sitio así. Pero esas piernas, esa sonrisa pícara, esa puerta de metal... algo me dijo que esta vez tenía que seguir.
Sus padres tenían un matrimonio abierto y una reputación de pervertidos. Cuando les pidió ayuda con el trabajo final, nunca pensó que lo incluirían en el guion.
El juego de parejas empezó con una apuesta inocente junto a la alberca. Al anochecer, ninguno recordaba con exactitud dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Mientras ella cruzaba la calle con la comida que le llevaría a mi hermano, yo la veía alejarse sabiendo exactamente lo que tenía planeado. Y lo que no llevaba puesto.
Llevaba semanas sin sacárselo de la cabeza. Ese chico flaco del parque, con las manos manchadas de carbón y esa mirada directa que no le pedía permiso a nadie.
Llevaba semanas hablando con él en la app, pero hasta esa noche nunca habíamos quedado. Tenía la imagen de su cuerpo grabada y una erección que no me dejaba pensar.
Estábamos completamente desnudas, con las piernas cruzadas y las tazas en la mano, y fue ahí cuando Sofía me preguntó si quería mudarme con ella.
Se había presentado como el activo del chat. Pero cuando le puse las manos en los hombros y vi cómo se relajó, entendí que esa tarde las reglas iban a cambiar.
Cuando Sofía cruzó la puerta de mi departamento, no sabía exactamente qué le esperaba. Su madre lo había planeado todo con semanas de anticipación.
Ella se giró en la toalla con un cuerpo de mujer, pero entre las piernas llevaba algo que me dejó sin palabras. Y sin embargo, no pude apartar los ojos.
Tenía cuarenta y ocho años, esposa, tres hijos y ninguna duda sobre quién era. Todo eso cambió el día que un chico joven me pidió que lo llevara al metro.
Sandra y yo los encontramos en el jacuzzi. Pablo estaba follando a Lucía, mi chica, sin haberse dado cuenta de que teníamos público. La noche todavía no había empezado de verdad.
Elena apoyó la cabeza en el borde del jacuzzi y sus pechos emergieron entre las burbujas. El tipo de la autocaravana de al lado llevaba rato sin disimular.
Estábamos desnudas cuando el timbre sonó. Camila salió a abrir y yo me vestí a toda prisa. Lo que vino después lo cambió todo entre nosotras.
Mi madre abrió la puerta del probador sin avisar. Lo que encontró al otro lado cambió todo entre nosotros, aunque ninguno supo nombrarlo esa tarde.
Tenía cuarenta y seis años, mujer, amantes y una vida perfectamente ordenada. Entonces lo vi salir del baño y no pude apartar los ojos. Eso fue el principio.