La mejor amiga de Diego le hizo creer que solo jugaba
Bastaba que Diego girase la cabeza un instante para verlos. Aun así, Lucía bajó la cremallera del chico con esa sonrisa que siempre lo arrastraba al borde.
Bastaba que Diego girase la cabeza un instante para verlos. Aun así, Lucía bajó la cremallera del chico con esa sonrisa que siempre lo arrastraba al borde.
Apenas avancé unos pasos, mi celular empezó a vibrar sin parar. Era ella, y no pensaba dejar que me fuera tan fácil esa noche.
Trabajaba en la biblioteca de un colegio cuando ella apareció esa tarde de miércoles. Bastaron diez minutos para entender que no había venido a leer libros.
Le escribí «¿Jugamos?» desde mi probador. Cinco segundos después me colé en el suyo, dispuesta a hacerla acabar en silencio antes de que la dependienta se diera cuenta.
Salí de casa siendo su alumna y volví convertida en su mujer. Todo empezó con una clase de manejo que llegó tarde, una tarde de viernes y una mirada que no se despegaba de mis piernas.
Llevaba años conociendo a Esteban, pero esa tarde sofocante descubrí que su casa guardaba un secreto que iba a cambiar para siempre nuestra amistad.
Entró al café por un cruasán y salió con algo más en la bolsa: la sonrisa de la camarera y una cita a la vuelta de la esquina.
Cuando se inclinó sobre mi escritorio para mostrarme el archivo, su falda subió dos dedos. Yo ya no podía disimular nada. Ella tampoco quería que lo hiciera.
Cuatro días atado a su cama, doce mil euros más rico, y un cuerpo que ya no se resiste igual. Lo peor no es lo que me hace: es lo que empieza a brillar en mis ojos.
Llamaron al timbre justo cuando ella terminaba de tender. Yo me escondí en el dormitorio y la vi salir a recibirlo sin nada puesto, solo unas cuñas y una sonrisa.
Llevaba meses guardando el secreto en el fondo del armario. Esa noche toqué a su puerta con la pollera plisada y el moño rojo, y ya no quise volver atrás.
Esa noche me vestí de mujer, me puse los tacones más altos y salí a la calle dispuesta a todo. No imaginé a quién iba a encontrar en la barra.
Cuando abrí los ojos a las nueve de la mañana, Daniel ya no estaba solo en la cama. Y su mejor amigo me miraba como si llevara horas esperando ese momento exacto.
Después de meses de miradas y roces fingidos en la escaladora, ese día mi hijo no fue al gimnasio. Y él me preguntó, sin medias tintas, si quería irme con él.
Me quité el pantalón en el pasadizo, lo guardé en la mochila y empujé el portón. Sabía exactamente lo que me esperaba arriba, y eso me ponía peor.
Faltaban quince minutos para que llegara y yo ya estaba lista: lencería negra, la piel perfumada y una cerveza helada para calmar los nervios.
Llegó pasada la una, con esa mirada perdida que tienen los hombres recién soltados. Yo lo recibí descalza, sin nada debajo del buzo, fingiendo solidaridad.
Llegó con un vestido negro ajustado y las pecas le brillaban bajo las luces del bar. Yo, que jamás había mirado a una mujer, ya no podía apartar los ojos de ella.
Cuando vi su silueta agazapada detrás del cristal, supe que llevaba un rato observándonos. Y en lugar de detenerme, le sostuve la mirada.
Vi el mensaje a las once de la noche y supe que esta vez no iba a inventar excusas. Quince minutos después estaba subiendo a su auto en un predio vacío.