El bombero que entrevisté y no pude dejar de buscar
Acepté la nota pensando que era un trabajo más. No sabía que ese hombre del calendario iba a meterse bajo mi piel hasta volverse imposible de olvidar.
Acepté la nota pensando que era un trabajo más. No sabía que ese hombre del calendario iba a meterse bajo mi piel hasta volverse imposible de olvidar.
Subí a su piso pensando que solo era un café entre vecinos. Bajé varias horas más tarde sabiendo que ya nunca volvería a ser el chico tímido del rellano.
Llevaba una semana en el puesto y ya estaba de rodillas en su despacho, contando cajas en voz alta, sin imaginar lo que aquella mujer pensaba enseñarme esa tarde.
La música me vibraba en el cuerpo, sus ojos no se despegaban de mí, y supe que esa noche iba a hacer algo de lo que no me arrepentiría jamás.
Mateo evitaba quedarse a solas con él porque, decía, a su lado sentía que iba a volverse gay. Esa tarde se quedaron solos, y la sudadera fue lo primero en caer.
La teniente apuntó su fusil al ser grisáceo. Un segundo después estaba desnuda ante sus dos compañeros, y eso era apenas el principio de la noche más larga de su vida.
Bajé del autobús dolorido de tanto rozarla en el asiento. Cuando cerró la puerta de la cabaña, supe que esa tarde dejaría de ser solo una promesa de pantalla.
La Licenciada que me hacía firmar contratos millonarios apareció con dos valijas y la cara descompuesta: su casa estaba bajo el agua y necesitaba dónde dormir.
Bajé del coche, subí los tres pisos sin pensarlo y, en cuanto abrió la puerta, supe que esa noche no la dejaría llegar ni hasta el sofá.
La contraté para que me ordenara la casa. Nunca imaginé que la primera mirada que cruzamos iba a desordenarme a mí por completo.
Lo seguí por el pasillo sin pensarlo, con el corazón en la garganta. Sabía que si empujaba esa puerta no habría vuelta atrás, y aun así la empujé.
Aquella tarde, sin pudor, se quitó el bikini delante de mí y mi cuerpo respondió como si llevara una vida entera esperando ese momento.
Marcos los miraba desde el sofá mientras ella se arrodillaba entre sus dos amigos. En su relación, los celos jamás habían tenido un sitio.
Soy mamá de dos, llevo más de diez años casada y pensaba que era feliz. Entonces llegó él y descubrí cuánto tiempo hacía que había olvidado el deseo.
Sabía que su mirada estaba clavada en mi espalda mientras me desnudaba junto al armario. Dejé la puerta del baño entornada a propósito: la invitación estaba servida.
Llegué a su puerta con la depresión a cuestas y unas cervezas de más. No buscaba sexo. Buscaba a alguien que entendiera por qué ya no podía mirarme al espejo.
Salí del cine encendida y sin nadie que apagara el fuego. La lluvia me empapó el vestido y, entonces, una voz ronca me habló a la espalda.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, entre tiendas y cafés, una mirada bastó para que Mariana decidiera seguir a un desconocido hasta el baño del segundo piso.
Llegó con los labios recién pintados y me dejó su marca en las dos mejillas, delante de toda la redacción. Yo solo pensaba en arrastrarla detrás de la puerta antes de que se fuera.
Habíamos intercambiado cientos de fotos, pero nunca había pasado nada en persona. Hasta esa tarde de marzo en que la fui a buscar y ella ya tenía un plan.