Mi mujer eligió al monitor del gimnasio y yo miré
Mi mujer ya había elegido a su próxima conquista. Lo que ninguno imaginaba era que el desenlace empezaría conmigo, a solas con él, bajo el agua caliente del vestuario.
Mi mujer ya había elegido a su próxima conquista. Lo que ninguno imaginaba era que el desenlace empezaría conmigo, a solas con él, bajo el agua caliente del vestuario.
Conduje dos horas hasta una casa de piedra en mitad de la nada. No sabía que esa noche dejaría de ser un simple invitado para convertirme en su fantasía.
Su mano subió por mi muslo mientras yo conducía. —Dicen que en esas áreas la gente no para a estirar las piernas —susurró. Y supe que esta vez iba en serio.
Iván había alquilado la casa frente al mar para sorprender a Marina. Lo que no le dijo es que esa noche su secreto mejor guardado se sentaría en el sofá, entre los dos.
Llegué con dos botellas de champán para romper el hielo, pero fue Marina quien tomó el control desde el primer beso y dejó claro que esa noche mandaba ella.
El otro lado de la cama estaba intacto y, sobre el frutero, un sobre con mi nombre y la letra cuadrada de mi marido.
Lo propuso ella, entre susurros, una madrugada cualquiera: quería que yo sostuviera la cámara mientras otro la hacía suya. Dije que sí sin saber en qué me convertía.
Ella estaba tan nerviosa que apenas me sostenía la mirada. Él quería probar conmigo por primera vez. Yo solo tenía que cuidarlos hasta que dejaran de tener miedo.
Creían tenerlo todo bajo control hasta que algo se rompía. Yo estaba ahí, mirando y participando, aprendiendo dónde estaba la línea que no pensaba cruzar.
Esa noche junto a la piscina creí que solo me esperaba un baile. No imaginé que Marina llevaba diez años guardando una promesa que iba a arrastrarnos a los dos.
Llevaba veinte horas de viaje y un solo pensamiento: volver a sus brazos. No imaginé que ese reencuentro me obligaría a cruzar una línea que juré nunca cruzar.
Cuando me susurró «ve, pégate a él», supe que esa noche no volveríamos solos a casa. Y una parte de mí llevaba semanas deseándolo.
Mi mujer siempre fantaseaba con que otro la tuviera delante de mí. Aquella tarde, en una parada solitaria de la autovía, un extraño pidió fuego y todo dejó de ser un juego.
Carla me confesó su fantasía más oscura en un susurro, y semanas después la vi de rodillas frente al hombre que los dos habíamos elegido sin decirlo en voz alta.
Yo solo quería sentir algo nuevo en la cama. Lo que no esperaba era ver a mi propio novio rendirse igual que yo frente a aquel hombre enorme.
La frase que siempre habíamos susurrado en la cama la dijo en voz baja frente a un hombre real. Y esta vez yo no pensaba dejar que se quedara en fantasía.
Apenas cerramos la puerta nos buscamos con urgencia. Entonces él me preguntó al oído si me imaginaba a las dos juntas, y todo cambió esa noche.
Cuando Lucía se mudó a nuestro piso, los dos hermanos la deseamos. Nunca imaginé que años después sería ella quien pediría que Bruno se metiera en nuestra cama.
Cada vez que me levantaba por el encendedor lo sorprendía mirándome, y mi novio sonreía como si ya supiera cómo iba a terminar esa noche.
Gané la mano y, por primera vez, los tuve a los dos a mi merced. Mi marido y nuestro invitado, esperando mi orden. Y yo ya sabía qué iba a pedirles.