La noche que un helado de tiramisú nos descontroló
Solo quería que me diera un poco de su helado. Lo que pasó después, sobre el sofá y luego en el suelo, todavía me hace sonreír cada vez que abro el congelador.
Solo quería que me diera un poco de su helado. Lo que pasó después, sobre el sofá y luego en el suelo, todavía me hace sonreír cada vez que abro el congelador.
Damián entró sin tocar, se dejó caer sobre mi cama y apoyó la cabeza en mi vientre. Hacía semanas que aparecía así, como si mi cuarto fuera el único lugar donde podía bajar la guardia.
Era la última persona que esperaba ver esa tarde. Abrí la puerta medio dormida y, al verlo ahí parado con esa sonrisa de medio lado, se me secó la boca.
Dije que mi cuerpo aguantaba cualquier cosa. Era mentira, pero ya no había forma de echarme atrás delante de los tres.
Bajé la cámara, respiré hondo, volví a enfocar. La pose ya no era pose: ella se la meneaba bajo la tela y yo seguía detrás del visor, sin saber si parar.
Llevaba meses imaginándolo en silencio. Esa noche, después de la cena, decidió que ya no quería seguir guardándoselo solo para sus sueños.
Todos la llamaban la chica fácil de la facultad. Yo solo quería que me explicara, sin vueltas ni vergüenza, cómo dar ese paso con mi novio sin terminar lastimada.
Mi marido me pidió que tuviera una aventura por mi cumpleaños. Lo que no esperaba era empezar mirando a otros desde el agua, mordiéndome el labio para no gemir.
Lo único que tenía que hacer era mirar. Sin tocar, sin hablar. Pero cuando ella deslizó las bragas hasta el suelo del vagón, ya no sabía dónde poner los ojos.
Habíamos bromeado con la idea después de la película. Una semana después, mi mujer me dejó un audio a la una de la mañana y el cuarto olía a otro hombre.
Cuando bajó la voz para decirme que se habían acostado, sentí cómo todo lo que creía saber sobre mi matrimonio se rompía contra el suelo del pasillo.
Detrás de cada uno de los tres agujeros podía haber cualquiera. Yo no veía nada. Solo sentía manos, bocas y una mirada conocida observándome desde el otro lado.
Estábamos los dos parados frente a las cervezas, con el carrito a un lado, y bastó que dijera mi nombre con esa voz suya para que tantos años se borraran de un golpe.
Llevaba el vestido rojo y nada debajo. Él caminaba detrás con el teléfono encendido. Cada mirada que se quedaba en mí terminaba archivada en su galería.
Iba a la oficina con el plug puesto y las medias bajo la ropa, soñando con lo que mi mujer me haría al volver. Esa noche, en el escenario, todo cambió.
Cuando ella abrió la puerta y me vio parado al lado de su marido, supe que ya no había vuelta atrás. Yo iba a pagar la cuenta de esa sorpresa.
Le entregué la nota doblada y un preservativo sin decir una palabra. Él la leyó, me miró de arriba abajo y solo dijo: ven conmigo. No volví a pensar con claridad en horas.
El mensaje llegó a medianoche y lo leí tres veces antes de mostrárselo a mi marido. No me pedía permiso. Me daba instrucciones, y yo ya estaba temblando.
Llevamos años juntos y todavía hay algo que no me atrevo a pedirle. Cada noche que se arrodilla frente a mí, la fantasía vuelve y me cuesta callarla.
Cada semana repetían el mismo ritual privado, pero esa noche, con su prima durmiendo al otro lado del pasillo, ella descubrió cuánto le gustaba obedecer.