Mi esposa, la minifalda blanca y el plan en la finca
Le pedí que abriera las piernas en la gasolinera y al empleado casi se le salen los ojos. Esa mañana entendimos que el morbo de que la miraran nos podía con todo.
Le pedí que abriera las piernas en la gasolinera y al empleado casi se le salen los ojos. Esa mañana entendimos que el morbo de que la miraran nos podía con todo.
Siempre fui yo la que dejaba que él mirara. Aquella tarde le di la vuelta al juego: lo senté en el sillón y dejé que mi mejor amiga le hiciera lo que él imaginaba.
Cuando abrí la puerta, tenía un lado de la cara sucio y la otra mitad limpia. Subió las cejas, sonrió y dijo que su jefe lo mandaba a hacer unos arreglos.
Mi familia estaba un piso más abajo y yo, sola en mi habitación, con el teléfono pegado a la oreja y su voz ordenándome cosas que jamás me había atrevido a hacer.
Cuando subió al taxi de confianza con un vestido corto y nada debajo, ni ella ni el conductor imaginaban hasta dónde llegaría el juego frente al espejo retrovisor.
Cuando entré al salón, el marido estaba sentado en el suelo, a los pies de su mujer, con una correa al cuello y sin decir una palabra.
Llevaba una semana entera castigando su cuerpo con juguetes, y yo sabía que mis dedos ya no le bastaban. Necesitaba algo más, y los dos lo sabíamos.
Recibí a los dos en la puerta con un vestido negro y, mientras mi marido miraba desde el sillón, supe que esa noche el regalo de cumpleaños iba a ser yo.
Éramos novatos y estábamos nerviosos, pero aquella pareja sentada al fondo del local nos miraba como si supiera exactamente lo que veníamos a buscar.
Habían pasado meses sin saber de ella. Bastó cruzármela una tarde en la cafetería del parque para que todo el deseo que creía dormido volviera de golpe.
Cuando Mateo abrió la puerta y me vio en lencería, sonrió. Hasta que descubrió que no estábamos solos: alguien lo miraba todo desde el sillón del rincón.
Cuando Mateo se quitó el bañador, vi cómo mi mujer dejaba de mover los ojos. Yo iba demasiado borracho para detener lo que esa mirada empezaba a prometer.
El timbre sonó pasadas las dos. Yo seguía con la camisa de la fiesta arrugada y él entró sonriendo, como si me conociera de toda la vida.
El coche se movía y mis pechos se movían con él. Solo necesitaba que mi novio me mirara por la cámara, pero alguien más podía estar mirando.
«Aquí podemos hacer lo que queramos. Nadie nos conoce, nadie nos juzga.» Lo dijo con una copa en la mano, y supe que el verano iba a cambiarlo todo.
No pensaba irme lejos. Mientras ella creía que estaba a kilómetros, yo miraba cada gesto suyo en la pantalla del teléfono, a dos cuadras de casa.
Cuando le escribí «hacé lo tuyo», ella supo exactamente qué hacer con el desconocido que golpearía la puerta a las seis y media de la tarde.
No teníamos traje de baño ni toallas, solo vapor y una puerta que se abrió cuando ya estábamos desnudos. Lo que pasó después no lo planeamos.
Pegué la nota a la nevera y supe que esa noche no íbamos a cenar como siempre. Lo que no imaginé fue hasta dónde dejaría que llegaran las miradas de otro.
Creían que la cala estaba vacía. Yo seguía detrás de la roca, sin respirar, mirando cómo ella se movía sobre él mientras el cielo se volvía naranja.