Así planeamos nuestra boda lésbica
Estábamos buscando el spa para la luna de miel cuando ella puso los pies en mi regazo y empezó a acariciarme sin decir una palabra.
Estábamos buscando el spa para la luna de miel cuando ella puso los pies en mi regazo y empezó a acariciarme sin decir una palabra.
Estaba mirándola por la cámara cuando la llamé. Ella no sabía que la veía. Y aun así los dos terminamos haciéndonos lo mismo al mismo tiempo.
Lo que empezó como una salida a comprar ropa provocativa terminó con las manos de un extraño en mis nalgas, mientras mi esposo sonreía detrás de él.
Quería hacerle a papá el mejor oral de su vida mientras Andrés lo filmaba desde el sillón. Lo que ocurrió después nadie lo planeó.
Siempre fui invisible, la chica con lentes que nadie notaba. Esa tarde en el mercado, cuando las naranjas rodaron, todo cambió de golpe.
Nadia me apretó la mano antes de entrar. Yo pensé: o nos despiden o nos casamos. Salimos con fecha de boda y con ganas urgentes de celebrarlo.
Estaba parado al otro lado de la puerta entornada, viendo lo que nunca debí ver. Lo que hice después cambió para siempre la forma en que nos mirábamos.
Estoy dentro de ella y mi mente ya está en otro lugar. No soy yo quien la está follando en mi cabeza. Siempre es el mismo desconocido.
La primera noche que salí con su permiso fue la última en que necesité pedírselo.
Nunca había tenido novio, nunca había estado con un hombre. Cuando la llevé a mi piso esa tarde, sus manos temblaban pero no se soltaron de mí.
Sandra me dijo que conocía a alguien discreto, muy experimentado, que sabía exactamente cómo hacerlo. Solo tenía que decidir si cruzaba esa línea.
Cuando ese tipo le puso las manos encima en la pista, esperé que ella se apartara. No lo hizo. Y yo, en vez de levantarme, sentí algo oscuro y caliente por dentro.
Cuando cruzamos la puerta de casa, sus labios encontraron los míos y yo olvidé, por un instante, todo lo que tenía que confesarle.
Me dijo que nunca había llegado hasta el final con nadie. Había algo en su manera de decirlo que hacía que quisiera ser yo quien cambiara eso.
Daniela me había dicho que lo que la excitaba era darle esas experiencias a quien nunca lo esperaría. Esa noche en el desierto, un camionero fue el elegido.
Mientras Marina me penetraba con el arnés, me preguntó si la aceptaba como esposa. Le dije que sí entre gemidos. Nunca pensé que una propuesta pudiera sentirse así.
Adrián tenía esa foto que me había quitado el sueño. Cuando cruzó la puerta, supe que la noche no iba a decepcionar a ninguno de los dos.
Me planté en la sala con tacos, tanga y corpiño de aro, los pechos completamente al aire. Las otras chicas me miraban boquiabiertas. Yo nunca había pisado un lugar así.
En el restaurante le pedí que se comportara como mi novia. Se cambió de silla despacio. Ninguno de los dos habló de lo que eso significaba.
Ella bajó del coche con la falda levantada y su marido, desde el asiento del conductor, me preguntó con calma si me gustaba lo que veía.