Dos hombres y yo en aquel viaje a la costa
Le ofrecí la ventanilla a la señora del autobús y ni me miró. No imaginaba que el verdadero viaje empezaría en el comedor del hotel, frente a dos extraños.
Le ofrecí la ventanilla a la señora del autobús y ni me miró. No imaginaba que el verdadero viaje empezaría en el comedor del hotel, frente a dos extraños.
Me hice el dormido para mirarlo. Lo que vi esa noche en la otra cama cambió por completo el rumbo de aquel viaje.
Le aposté que si le ganaba en la cancha esa tarde me lo cobraría con él. Se rió. No sabía que yo llevaba años esperando ese momento.
No podía dejar de mirar el cuerpo de Bruno bajo el agua, y cuando se dio vuelta con los ojos cerrados supe que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
Contamos hasta tres y nos quitamos el bañador delante de todos. Lo que no sabía era que ella había guardado una llave en su collar para el resto del día.
Nadie imaginaría que esos tenis gigantes y ridículos guardan mis secretos. Esa noche en la carretera, con todos dormidos, me atreví por fin a lo que tanto fantaseaba.
Elegí el lugar más cercano al agua, dejé caer el bikini y, antes de tumbarme, busqué con la mirada a quien no había podido apartar los ojos de mí.
Ninguno se atrevía a moverse, pero ella sabía que bastaba un gesto suyo para que la playa entera contuviera la respiración y el círculo dejara de ser solo arena.
Ninguna lo dijo en voz alta, pero ambas lo sabían: cada gesto bajo el sol era un desafío, una invitación que nadie en la playa logró ignorar esa tarde.
Dos cuerpos brillantes de aceite, un círculo de hombres mirando y una pregunta sin respuesta: ¿iban a pelear por la atención o a repartírsela como cómplices?
Nadie se atrevía a moverse, hasta que ella alzó el frasco de aceite hacia los desconocidos y, sin decir una palabra, los invitó a formar parte del juego.
Cuando el sol empezó a caer, ninguna de las dos mujeres mandaba con palabras: bastaba una mirada para que cada mano supiera dónde debía posarse.
Cuatro manos la alzaron sobre la arena mientras el círculo entero contenía la respiración, esperando ver hasta dónde se atrevería a llegar esa tarde.
Nunca había cruzado el umbral de un círculo así, pero esa tarde, con la piel cubierta de aceite y sal, Daniela entendió que ciertos deseos solo existen cuando se comparten.
Apenas solté amarras supe que aquella tarde no terminaría con un simple paseo: ella ya me miraba distinto, con esa media sonrisa que prometía mucho más.
Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, una sombra enorme me tapaba el sol. Lo que pasó después solo existía en mi imaginación… hasta esa tarde.
La vi entre cientos de personas y supe que iba a buscarla. Lo que pasó después, junto al mar, fue el sueño más vívido que he tenido jamás.
La tenía contra la pared cuando sonó su móvil. Le ordené que respondiera en videollamada: su amiga iba a ver hasta dónde llegaba su obediencia.
Me escribió que quería correrse sobre mis labios antes siquiera de vernos. Esa frase me enganchó, pero lo que vino después, junto al mar, superó cualquier mensaje.
Esa noche la vi a través de la ventana, sola y desesperada con su juguete. Y supe exactamente qué hacer con ella... y con su hijo, que miraba a mi lado en la oscuridad.