Los bailarines del resort nos llevaron a la playa
La camarera me había mirado toda la cena. Lo que no imaginaba era que ella y sus compañeros nos esperaban a oscuras entre los árboles de la playa.
La camarera me había mirado toda la cena. Lo que no imaginaba era que ella y sus compañeros nos esperaban a oscuras entre los árboles de la playa.
Pedimos los masajes juntos para no separarnos. Lo que no sabíamos era que aquellas cuatro manos extra venían dispuestas a quedarse hasta el amanecer.
Aceptamos las reglas sin saber del todo a qué nos entregábamos: una isla, varios amos y la promesa de que un no siempre sería un no. El resto lo decidía el deseo.
Ella calentó a medio grupo de extranjeros desde la piscina, y cuando uno se plantó frente a mi tumbona descubrí que aquel verano no íbamos a privarnos de nada.
Éramos dos lesbianas de vacaciones buscando una última noche juntas; jamás pensé que un simple beso terminaría con todos enredados en el mismo sofá.
Tres amigas, una suite pagada por la empresa y dos malagueños con ganas de fiesta. Lorena sabía que esa última noche en la isla no iba a dormir sola.
Aceptó enseñarles la ciudad creyendo que controlaba la situación. No sabía que cada cena, cada playa y cada descuido formaban parte de un juego pensado solo para ella.
Lo llamaban su escapada secreta: tres días sin maridos ni hijos. Pero esta vez Bea invitó a cuatro hombres a cenar, y ninguna imaginó cómo acabaría la noche.
Creí que sería un día de mar entre amigos. No conté con el chico de cubierta que no me quitaba los ojos de encima, ni con todo lo que vino después.
Me despertó su boca alrededor de mi verga y supe que el segundo día en la casa de la playa iba a ser todavía más largo que el primero.
Llevábamos seis meses saliendo como amigos, sin atrevernos a nada. Esa noche, mientras girábamos la botella, entendí que ellas querían mucho más que nuestra compañía.
Era nuestra última noche y ya no quedaban turnos ni juegos: solo ocho amigos, mucha piel y la promesa silenciosa de que esa vez nadie se quedaría con las ganas.
Tres mujeres, tres hombres y una sola regla esa noche en el bungaló: nadie sabía con quién acabaría, y el cronómetro ya corría sobre la mesa del salón.
Desperté con las manos de Lina untándome crema en la espalda; ninguno imaginaba que esa mañana en la piscina seríamos seis cuerpos sin reglas ni pudor.
Tumbadas al sol después de lo que acababa de pasar, oíamos cómo se reían de él por no haberse atrevido. Y eso fue justo lo que nos hizo levantarnos.
Confiaba en ella ciegamente, por eso no preguntó adónde iban cuando el coche dejó la autopista y enfiló hacia la costa con la profesora en el asiento de atrás.
La cala estaba casi vacía cuando Carla se quitó el vestido sin pudor, y Lucía entendió que aquel verano no iba a tratarse solo de trabajar.
Creía que bastaba con desnudarme delante de extraños para perder la vergüenza. Entonces aquella pareja se tumbó a mi lado y me miró como si ya supiera lo que yo aún no me atrevía a pedir.
Nadia se arrodilló frente al ventanal de cristal sabiendo que los vecinos del jardín de al lado no perdían detalle. Y esa fue apenas la primera tarde.
Bianca puso tres tangas en el centro de la mesa y anunció que el premio del juego lo cobraríamos con el postre. Ninguno imaginaba dónde pensaba servírnoslo.