Grabamos todo en nuestra última noche de playa
Empezamos el día con una apuesta tonta y lo terminamos en la habitación de unos desconocidos, con un teléfono grabándolo todo.
Empezamos el día con una apuesta tonta y lo terminamos en la habitación de unos desconocidos, con un teléfono grabándolo todo.
Marina no había dormido de la emoción. Lo que ninguna de las tres imaginaba era que aquella cala escondida iba a desnudarnos mucho más que la ropa.
Llevaba años con ganas de ir a una playa nudista, pero ninguna de mis parejas quiso acompañarme. Aquella mañana decidí ir solo, sin imaginar cómo terminaría.
Se desabrochó el top del bikini con la naturalidad de quien ya ha decidido todo. «Tú me invitaste a sentirme libre», dijo. Y yo apenas podía respirar.
La cité a las diez y media de la mañana, pero recién apareció a las dos de la tarde. Para entonces yo ya había pensado exactamente dónde y cómo iba a tenerla.
Bajé al baño a medianoche y la puerta entreabierta me reveló algo que jamás imaginé: mi madre, a la que creía dormida, no estaba sola en la ducha.
Estábamos casi solos frente al mar cuando ella se desató el bikini y, a pocos metros, un hombre giró la cabeza y ya no volvió a mirar el agua.
Cuando solo me quedaban el sujetador y el tanga, mi amiga subió al escenario y pidió que la música empezara otra vez. No quería dejarme sola allí arriba.
Durante una semana entera la observé desde detrás de una duna, convencido de que jamás me acercaría. Hasta que perdió las llaves de su casa un sábado por la tarde.
Me arrodillé en la arena de espaldas a ellas, fingiendo buscar algo en el bolso, sabiendo perfectamente que las dos no podían apartar los ojos de mí.
Llevábamos doce años casados y jamás la había visto tan dueña de sí misma como aquella tarde, dejándose mirar de pie en el agua por hombres que no conocíamos.
Subió a mi coche con un vestido suelto y la calma de quien ya no tiene prisa. No imaginé que dos días después me pediría que me desviara hasta su puerta.
Tenía casi el doble de mi edad y una sonrisa que prometía problemas. Me dijo que iba a comprobar si tenía hambre de verdad o solo estaba aburrido, y ya estaba perdido.
Cuando le bajé el tanga para ponerle crema, noté que la pareja de al lado había dejado de disimular. Y entonces entendí que mirar también era parte del juego.
Lo veía entrenar cada mañana y fingía no mirarlo. Hasta que un día me acerqué, y esa decisión me llevó a la noche más intensa de toda mi vida.
Mientras ellas se iban de compras, nosotros nos quedamos solos con una cerveza, un móvil lleno de fotos y demasiada curiosidad por lo que el otro escondía.
Llevaba un rato a mi lado, espiándome mientras yo me perdía en el cuadro. Cuando por fin habló, supe que las dos deseábamos exactamente lo mismo.
Tenía la ventana abierta y la mano donde no debía cuando escuché su voz a tres metros. Cuando abrí los ojos, ella ya me estaba mirando.
Esa noche, cuando todos dormían, mi tía dejó la copa en la arena, se quitó las sandalias y me dijo que el agua estaba mejor sin nada encima.
Me cambié de ropa, me perfumé con esencia de coco y volví al bar con un solo plan en la cabeza: averiguar si aquella sonrisa iba en serio.