Lo que mi hermana demostró esa tarde en la playa
Sofía tenía una fama que ninguno de los dos se había atrevido a comprobar. Ese martes en la playa fue diferente: llegaron a la casa al atardecer y entendieron todo.
Sofía tenía una fama que ninguno de los dos se había atrevido a comprobar. Ese martes en la playa fue diferente: llegaron a la casa al atardecer y entendieron todo.
Esa noche en el restaurante de Pinamar, Valeria entendió que la ciudad grande es, en realidad, un pueblo muy chico.
Cuando ella me preguntó quién me gustaba más de los dos, yo llevaba veinte minutos mirándolos desde mi toalla con la boca seca.
Lo había visto en la playa, en una tienda, entre pinos. Tres veces sin atreverme. La cuarta vez estaba en la cocina de su hermano, con una camiseta sin mangas.
Lo vimos entre los lirios, mirándonos desde la sombra. Daniela se arrodilló sin avisar y supe que esa noche cambiaría todo lo que éramos como pareja.
Lanzamos la moneda como tantas otras veces, pero esa tarde, con ellos espiándonos desde la cresta de la duna, cada cara o cruz subía la apuesta un poco más.
Apretujado en el asiento de atrás, su pierna sudorosa contra la mía, sentí cómo su mano se deslizaba bajo la camiseta mientras mis padres conversaban adelante.
Habían pasado veinte minutos desde que Renata se fue con su acompañante y yo seguía con Sofía entre las piernas, respirando despacio sobre la arena.
Bajamos a una playa vacía y nos quitamos los trajes de baño. Diez minutos después, sentí que los binoculares del segundo piso de aquella lancha grande no nos perdían de vista.
Cuando vi su cuerpo desnudo sobre la toalla azul supe que no me iría sin cumplir tu encargo. Aún no lo había tocado y ya empezaba a responder bajo mi mirada.
Me había acomodado en la arena cuando sentí su sombra detrás. No fingió disimulo: me recorrió entera con los ojos antes de hablar.
A las tres de la mañana le pedí que abriera la puerta de la tienda. Nunca pensé que ella diría que sí, ni mucho menos lo que vendría después en la playa.
Pensé que ya sabía lo que era el placer hasta que esa noche, descalza sobre la arena, una mano desconocida me apartó el pelo de la nuca.
Cuando me arrancó la toalla en el porche y los vecinos pararon de cenar para mirarme, entendí que aquel verano iba a ser muy distinto al que yo había imaginado.
Bajé al baño a las tres de la mañana y escuché la risa de mi tía detrás de la cortina. Mi padre apareció a mi espalda con la misma sonrisa cómplice.
Cuando me alejaba sola por la orilla, sentí su mirada fija en mí desde el bar. Y supe que esa semana aún no se había terminado del todo.
Lo conocí en un velatorio, del brazo de mi primo. Días después me lo crucé en un bar y supe que aquel rechazo todavía pedía cobrarme una pequeña deuda con él.
Bajó al comedor sin bragas y sin sujetador. Decía que no sabía lo que le pasaba, pero yo empezaba a entenderlo: ese día iba a cruzar todos los límites.
Cuando descubrí al vecino asomado tras la medianera, no me cubrí. Bajé el corpiño bajo la ducha del patio y dejé que viera todo lo que quisiera.
Cuando lo vi mirarla así, en lugar de celos sentí algo que no esperaba. Ese primer día en el resort ya no éramos la misma pareja que había llegado por la mañana.