El intercambio empezó en una cala desierta
Veníamos a recuperar nuestra relación y terminamos desnudos frente a dos desconocidos en una cala que solo nosotros conocíamos esa mañana.
Veníamos a recuperar nuestra relación y terminamos desnudos frente a dos desconocidos en una cala que solo nosotros conocíamos esa mañana.
Acordamos comportarnos como dos extraños en la arena: ella tendría que seducirme con medio mundo mirando, y yo tendría que aguantar sin delatarme.
Nunca habíamos entrado a un local así. Cuando aquella pareja de la playa cruzó la puerta y se sentó en nuestra mesa, supe que la noche ya no nos pertenecía solo a nosotros.
Damián me siguió hasta el agua para verme el culo de cerca. Lo que empezó como un juego entre risas terminó con las dos parejas encerradas en su apartamento.
Llevábamos toda la mañana provocándonos con la crema solar cuando la chica de la toalla de al lado decidió sumarse al juego.
No sabíamos cómo salir del agua sin que se notara lo que acabábamos de hacer. Lo que no imaginábamos era que la noche apenas empezaba, y que la fiesta de los vecinos lo cambiaría todo.
Cuando Lucía se quitó el bikini frente a mí en su habitación, entendí que aquel fin de semana en la playa ya no iba a tratarse solo de tomar el sol.
Subimos con dos botellas de champán y la idea de pasar un rato agradable. Nadie nos dijo que la familia de enfrente entendía las cenas de otra manera.
Cuando Lucía y yo llegamos a esa casa, lo que vimos en el salón nos dejó sin aire. Supe que la noche apenas empezaba y que ninguno quería marcharse.
Marina me vendó los ojos y susurró que esa noche eligiera yo. Tres mujeres me miraban desde la penumbra de la terraza, y mi corazón latía como un tambor.
Estábamos solos en la playa hasta que un hombre se detuvo en la orilla a mirarnos. Y en lugar de cubrirnos, decidimos darle algo que mirar.
Subimos al barco para pescar y tomar el sol. Bajamos siendo otra cosa. Lo que vi en la proa todavía me quita el sueño cada noche.
Subí a la moto sin saber pilotar y bajé de ella convertido en otro. Pero lo que de verdad me cambió pasó después, en la arena, lejos de las miradas... o eso creía.
Llegamos nerviosos, con la excusa de unas copas. Media hora después estábamos los cuatro desnudos en la piscina y ya nadie hablaba de irse temprano.
Cada mañana se iban juntos a clase de surf y volvían demasiado unidos. Yo solo miraba, hasta que una noche en el porche dejé de querer mirar.
Éramos cuatro en una tienda, dos parejas que apenas se conocían, y bastó un roce en la oscuridad para que ninguno quisiera seguir fingiendo que dormía.
Bajé la voz para contarle cómo un austríaco me fotografió desnuda en la playa, sin imaginar que esa historia nos empujaría a vivir lo mismo las dos juntas.
Mi mujer siempre cortaba la fantasía cuando se ponía seria. Esta vez, cuando le confesé lo que había reservado, se mordió el labio y me preguntó: ¿y si no se conforman con mirar?
Mi esposa soñó que yo me acostaba con otra mujer mientras ella miraba. Días después, en el hotel, esa fantasía dejó de ser un sueño.
Mientras le untaba el protector, ella movía despacio las caderas contra la arena. Yo solo pensaba en cómo convencerla de cruzar la puerta del otro hotel.