El bungalow vecino y un intercambio inesperado
Llevábamos veinte años casados y jamás habíamos hecho algo así. Pero esa noche, en el hotel solo para adultos, mi mujer me miró fijo y empezó a quitarse la ropa.
Llevábamos veinte años casados y jamás habíamos hecho algo así. Pero esa noche, en el hotel solo para adultos, mi mujer me miró fijo y empezó a quitarse la ropa.
Llevaba tres botes de áloe vera encima y ni un centímetro de piel sin quemar cuando el novio de mi compañera entró con sus llaves y me encontró desnuda en el sofá.
Llevábamos años yendo desnudos a la misma playa con Rubén y Elena. Una charla entre hombres encendió la mecha: queríamos investigar lo que nunca habíamos visto del otro.
Estábamos solas en la arena, desnudas y excitadas, cuando descubrí que dos jóvenes nos espiaban desde las rocas. Romina solo me preguntó si quería seguir.
Habíamos hablado durante semanas por mensajes, pero nada me preparó para tenerlos a los dos frente al mar, con todas las reglas listas para romperse.
Solo recibí dos fotos esa mañana: ella desnuda frente al mar y, una hora después, la funda de un condón abierta. Lo demás me lo contó en la cama.
Bajé a la piscina creyendo que solo buscaba gimnasio y sol. No sabía que ellas ya habían decidido qué iban a hacer conmigo cuando los maridos cerraran los ojos.
Llevaban diez años yendo a playas nudistas sin que pasara nada. Esa tarde un hombre se sentó frente a ellos y ella hizo lo que su marido llevaba años sin atreverse a imaginar.
Después de aquel domingo en la playa, ninguno de mis compañeros podía mirarme igual. Y mi mujer lo sabía: era ella quien movía cada hilo.
Cuando lo vi salir desnudo del agua helada de febrero, supe que aquella mañana no iba a terminar frente al caballete.
Bajé a la cala más solitaria a disfrutar del sol, pero detrás de aquella sombrilla tumbada había algo que no debía ver. Y se me ocurrió una idea.
Me quité el anillo antes de meterme en el agua. No quería que ninguna foto del recuerdo me delatara, ni que él se hiciera ideas que no le correspondían.
«Bienvenida a mi playa», dijo su voz a mi espalda. Yo estaba completamente desnuda sobre la toalla, y él era la última persona que esperaba ver allí.
Le compré un bikini diminuto sin que lo eligiera, conté las horas hasta la madrugada y me recosté en el colchón pequeño, rezando para que ella se quedara a solas con él.
Empezó con una amenaza por un rumor falso. Terminó con su marido de rodillas en la arena, suplicándome que cumpliera el deseo que nunca se atrevió a confesar.
Abrí la puerta esperando olor a humedad y abandono. La casa olía a café recién hecho y a hombre. Y él estaba ahí, sirviéndose una taza como si fuera el dueño.
Llevaba años dando masajes a desconocidos, pero ninguno me había hecho temblar así sobre la camilla, esperando que fuera él quien suplicara primero.
Abrí la caja delante de él porque dentro venía la excusa perfecta. Lo que no esperaba era que el vecino se atreviera a tanto, ni que yo le dejara hacerlo.
Cuando se quedó a practicar unas posturas, noté cómo me miraba. No tenía pareja desde hacía meses y mi cuerpo había decidido por mí mucho antes que mi cabeza.
Me había puesto la falda más corta que tenía y, cuando aquel universitario apoyó la mano en mi muslo, supe que el viaje iba a ser mucho más largo de lo que decía el billete.