El repartidor que volvió tres meses después
Cada primer martes del mes llamaba al timbre con el bidón al hombro. Yo lo recibía cada vez con menos ropa, esperando que se quedara más tiempo del necesario.
Cada primer martes del mes llamaba al timbre con el bidón al hombro. Yo lo recibía cada vez con menos ropa, esperando que se quedara más tiempo del necesario.
Creí que estaba solo en casa. Dejé la puerta del baño abierta, cerré los ojos y dije su nombre en voz alta sin imaginar que ella ya había vuelto.
No fui a la playa a nadar. Fui a recordarla, centímetro por centímetro, hasta que el recuerdo se volvió tan real que el cuerpo me respondió solo.
Cuando bajó descalza por el pasillo con esa bata transparente, supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que no había pasado nada.
El vapor salió con ella envuelta en una toalla diminuta, y por primera vez en meses sentí ganas de tomar un pincel. Lo que vino después no debió pasar.
Cuando la vi bajar por el portal a las seis de la mañana, con la maleta más grande que ella, entendí que ese verano no iba a parecerse a ningún otro.
Compartir cuarto con ella en esa casa frente al mar parecía inofensivo, hasta que el calor, el mezcal y su cuerpo pegado al mío lo cambiaron todo.
Era la boda de mi hija, pero fue a él a quien busqué entre la multitud. Una balada, la arena bajo los pies, y de pronto ya no era solo mi hijo.
Treinta y dos grados, el niño dormido y una sola baraja entre los dos. Cuando ella preguntó qué quería apostar, él respondió con lo único que llevaba toda la semana sin atreverse a decir.
No había olas, ni brisa, ni una sola razón para moverse de la toalla. Hasta que ella se incorporó, los miró a los dos y dijo lo que ninguno se atrevía a pensar en voz alta.
Iván había alquilado la casa frente al mar para sorprender a Marina. Lo que no le dijo es que esa noche su secreto mejor guardado se sentaría en el sofá, entre los dos.
Tenía una cita secreta con mi amante de aquella fiesta en la azotea. Lo que no esperaba era que la otra apareciera tras la roca, dispuesta a no quedarse mirando.
«Si te quedas, te quedas para jugar», dijo él mirando a mi amiga. Yo solo quería tenerlo para mí, pero una parte oscura quería ver hasta dónde llegaba ella.
Llevábamos años buscando a la mujer indicada para nuestra cama, hasta que la chica de enfrente entró a limpiar la casa y empezó a mirar mis revistas con demasiada curiosidad.
Llevaba un mes sabiendo que la quería más de lo que un amigo debería. Cuando ella le abrió la puerta del piso, entendió que ya no podría seguir fingiendo.
Volví a casa a media mañana sin avisar y la encontré recién llegada de la playa, con la arena todavía pegada a la piel y una sonrisa que no era de hermana.
Bajé la cámara, respiré hondo, volví a enfocar. La pose ya no era pose: ella se la meneaba bajo la tela y yo seguía detrás del visor, sin saber si parar.
Cuando salió de la ducha y se quitó el fular, descubrí que Daniela escondía algo que iba a cambiar por completo nuestro fin de semana en la playa.
Mi marido me pidió que tuviera una aventura por mi cumpleaños. Lo que no esperaba era empezar mirando a otros desde el agua, mordiéndome el labio para no gemir.
Lo veía con mi madre desde el asiento de atrás del bus y supe que el viaje terminaría mal o terminaría como yo necesitaba.