Estrené mis implantes en la fiesta del jefe
Era mi primera gran noche con ese cuerpo nuevo. Cuando el vestido cayó al suelo y todos me rodearon, supe que aquella cena no iba a terminar como ninguna otra.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Era mi primera gran noche con ese cuerpo nuevo. Cuando el vestido cayó al suelo y todos me rodearon, supe que aquella cena no iba a terminar como ninguna otra.
Tenía dieciocho años y ninguna experiencia. Ella tenía marido, una hija en mi clase y la habilidad de hacerme perder el sueño desde el primer día.
Veinte años, cero experiencia y una prima que lo miraba como si supiera exactamente qué tenía en la cabeza. El verano iba a ser largo.
Llevaba meses intercambiando correos con él, sin saber si me atrevería. El día llegó y subí al taxi con las manos temblando y las medias en la mochila.
Me pidió que fuera despacio porque era su primera vez con una mujer. La tuve desnuda al borde de la piscina y sus gemidos se mezclaron con los grillos del verano.
Eran las dos de la madrugada, era el aniversario de mi boda muerta, y yo llorando en el sofá. Marcos me rodeó con los brazos y dijo que no se iba a ningún lado.
Me maquillé durante veinte minutos, me puse la peluca castaña y abrí la puerta del hotel cuando llamó. Llevaba años esperando ese momento sin saber que lo esperaba.
Llevaba años esperándome y no lo supe hasta que ya era demasiado tarde. Cuando me lo confesó al final, entendí por qué todo había sido tan diferente.
Cuando ella me preguntó quién me gustaba más de los dos, yo llevaba veinte minutos mirándolos desde mi toalla con la boca seca.
Éramos dos mujeres en la misma cama, mi marido dormía en el suelo, y yo llevaba años preguntándome cómo sería rozar la piel de otra mujer.
Llevábamos horas estudiando cuando el frío se hizo insoportable. Sofía me invitó a su cama para calentarnos. Ninguna esperaba lo que vino después.
Para el mundo éramos dos amigos en el bar. Solo yo sabía que llevaba un colaless negro debajo del jogger, y que él lo sabía también.
Adrián me ofreció llevarme a casa con mi guitarra. Debí haberle dicho que no. Pero había algo en su manera de mirarme que no me dejó responder.
Llevaba años callándome esa curiosidad. Cuando estábamos en la oscuridad y él estaba a un metro, sentí que si no lo pedía entonces, nunca lo iba a pedir.
Cuando le bajé el pantalón del pijama para ponerle la inyección, algo se despertó que llevaba semanas intentando ignorar. Esa vez no pude seguir fingiendo.
Esa mañana entré a su cuarto sin llamar. Ella seguía en cama, encerrada en su propio dolor. Y yo supe que era el único que podía ayudarla.
Adrián tenía esa foto que me había quitado el sueño. Cuando cruzó la puerta, supe que la noche no iba a decepcionar a ninguno de los dos.
Llevaba semanas cruzándonos en el pasillo sin pasar de un saludo. Esa noche en el bar, lo que Valeria me reveló lo cambió todo.
Nunca me había masturbado, nunca había sentido curiosidad por el sexo. Hasta que un jueves de vino con mi mejor amiga lo cambió todo de golpe.
Llevábamos semanas mirándonos en el pasillo. Ella casada, yo sabiendo que no debía. Pero la noche que quedamos solas cerrando, todo lo que habíamos callado dejó de caber.