La pareja del parque y lo que despertó en mí
Ella le estaba contando su ruptura cuando la pareja de abajo empezó a besarse. Miraron sin querer. Después ya no pudieron dejar de mirar.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Ella le estaba contando su ruptura cuando la pareja de abajo empezó a besarse. Miraron sin querer. Después ya no pudieron dejar de mirar.
Siempre supe que quería rendirme por completo ante alguien. Lo que no sabía era que ese alguien sería un desconocido enorme que me había golpeado por error.
Llevaba semanas hablando con Rodrigo antes de atreverme. Cuando por fin entré a su taller y cerró la puerta con llave, supe que no había vuelta atrás.
Solo en casa, con un tanga puesto y los labios pintados de rojo, me miré en el espejo y no sentí vergüenza. Sentí algo mucho más interesante.
Cuando le quité la bata y la vi en ropa interior blanca de encaje, supe que aquella boda no iba a empezar como ella esperaba.
Cuando le abrí la puerta a mi tío esa tarde, no había nadie más en casa. Lo que le confesé después, en su sofá, no se lo había dicho a nadie.
Cenábamos como cualquier domingo cuando mi padre soltó la frase. Tres horas después, mi hermano y yo cerrábamos la puerta de su habitación sin saber qué seríamos al amanecer.
Llevaba años sin verla. Cuando bajó del autobús ya no era la niña que recordaba, y aquella noche terminamos compartiendo mucho más que la sábana.
Cuando se agachó a estirar la sábana y se le subió el vestido, Mateo se quedó duro mirándole los muslos a mi mujer. Y yo entendí que ya no había vuelta atrás.
Llevaba meses cobrando por desconocidos cuando llamó una chica que venía a perder la virginidad conmigo. Esa tarde lo entendí casi todo.
Eran las cuatro de la tarde, los tres con resaca, mi novio sin saber qué decir y su amigo mirándome como si supiera lo que yo iba a proponer en la cocina.
Llevaba trece años con su madre y nunca la había mirado de ese modo. Pero esa tarde, cuando salió de la ducha sin nada, descubrí que ya no era la niña que correteaba por la casa.
Llegué a casa de Carolina con un secreto ya consumado entre los setos del jardín. Lo que vino después convirtió la fiesta en algo difícil de contar.
Hasta esa noche había sido invisible. Llegué con un vestido prestado y volví con la voz cambiada: lo que pasó en aquel baño me enseñó qué quería de verdad.
Llegó a mi departamento con la mejilla todavía morada. Esa misma noche entró al baño envuelta en una toalla y la dejó caer al verme.
Volví al cuarto envuelta en la toalla. Cuando escuché que alguien empujaba la puerta, no me imaginé quién iba a ser ni cómo iba a terminar la noche.
A las cinco de la mañana, con los tacones en la mano y el vestido caído sobre los hombros, Renata subió al coche conmigo y me hizo una propuesta que no debía aceptar.
Cuando vi el mensaje en la bandeja no sabía que aceptarlo me llevaría a una tarde con dos desconocidos en el parque y a la noche más intensa de mi vida.
La primera fue mi profesora de física. La segunda, la de francés. Las dos me citaron a solas en sus últimos días en Valencia y entendí que las despedidas pueden ser muy distintas.
Cuando le pedí que me atara las muñecas con la pañuela de seda, no sabía que el verdadero juego empezaba con una palabra de tres letras: rojo.