Mi primera cita siendo por fin yo misma
Llevaba años vistiéndome a escondidas con la ropa de mi hermana. La noche que él me esperó en aquel hotel, dejé de fingir y me convertí en quien siempre fui.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Llevaba años vistiéndome a escondidas con la ropa de mi hermana. La noche que él me esperó en aquel hotel, dejé de fingir y me convertí en quien siempre fui.
Llevaba semanas usando lencería bajo la ropa, pero esa noche, sola en casa, decidí convertirme del todo en la mujer que él quería ver.
El espejo del baño quedaba justo frente a las literas. Esa madrugada descubrí por qué mi compañera lo había movido sin avisar.
Marqué el número con el pulso temblando. Una voz con acento sudamericano me dijo que subiera al tercero, que no me dolería, que esa noche aprendería a pedir más.
La caja llevaba años en el fondo del armario. Puse el primer disco sin imaginar que lo que vería esa tarde iba a quedarse conmigo para siempre.
Me asomé sin pensar y vi a los tres bañándose desnudos en la pileta del vecino. Esa misma noche entendí que mirar a escondidas también podía ser una forma de tocar.
Nunca me había tocado. Pero esa noche, con la pantalla del teléfono iluminándome la cara, mis dedos bajaron solos y ya no quise que pararan.
Tardó dos días en llegar y en esos dos días no pensé en otra cosa. Cuando por fin abrí la caja, supe que esa noche iba a conocerme de una forma nueva.
Cerré la puerta con pestillo, respiré hondo y me dije que esa tarde por fin iba a averiguar de qué era capaz mi cuerpo cuando nadie me miraba.
Cuando ella cerró la puerta dijo que yo no era suficiente hombre. No imaginé que esa misma noche dejaría de serlo para siempre, y que sería lo mejor que me pasó.
Me prometí no extrañarlo nunca más. Entonces, ¿por qué esta noche tengo la mano entre las piernas y su nombre atascado en la garganta?
Ella nunca había estado con alguien con quince años más. Esa noche, en la habitación del hotel, descubrió que la inteligencia también seduce.
Cuando la pañoleta me cubrió los ojos pensé que era un juego inocente. No lo fue. Mariela tenía otros planes y yo no quería que se detuviera.
Le advertí que si no me gustaba, la bajaba en la siguiente esquina. Sonrió, recostó mi asiento y me pidió que cerrara los ojos un segundo.
Cuando se sentó en mi sillón con el rímel corrido y la voz temblando, supe que no íbamos a resolver lo suyo con un whisky y dos palabras de consuelo.
Mi compañera dormía cuando él tocó la puerta con un ramo de fresias. Yo abrí en sweater y descalza. Esa noche me prometí no dejar entrar nunca más a un hombre en mi cama.
El primer cliente me pidió algo que no estaba en mi contrato. Cuando volví al cuarto, Salvador respiraba como si llevara horas despierto.
Lo que empezó como una tarde tonta en su sofá terminó conmigo arrodillado entre sus piernas, descubriendo que algunas confianzas no se pueden devolver.
Empezamos hablando por mensajes. Acabamos viéndonos desnudas bajo la misma luna roja, cada una en su ciudad, cada una con la respiración del otro lado de la pantalla.
Subí al auto con el corazón en la boca y le dije, casi sin pensar, que entendía por fin lo que sentía una mujer cuando va camino a entregarse.