Lo que mi mejor amigo y yo hicimos en el probador
Cris abrió la cortina del probador a medio cambiarse y yo, en lugar de retirarme, me arrodillé. Lo que pasó después marcó todo lo que vino después con Hugo.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Cris abrió la cortina del probador a medio cambiarse y yo, en lugar de retirarme, me arrodillé. Lo que pasó después marcó todo lo que vino después con Hugo.
Cuando me miré al espejo no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada: tetas nuevas, tacos imposibles y una sonrisa que ya sabía lo que iba a pasar esa noche.
La primera vez que entré en su consulta lo hice con la cabeza agachada y un vestido prestado; salí de allí sintiéndome, por fin, yo misma.
Marina llevaba meses insistiendo. Yo la frenaba, riéndome, hasta que esa tarde de probadores se cerró la cortina y la risa se me secó en la boca.
Mis viejos decían que esa vecina no era de fiar. Yo solo sabía que cada vez que la cruzaba en el ascensor me costaba respirar y no entendía por qué.
Salió del baño con un cinturón de doble punta colgando de un dedo y una sonrisa que no admitía discusión. Naia nunca había visto algo así de cerca.
Me levanté del colchón con el culo dolorido mientras él seguía dormido. Llevaba un año esquivándolo, y esa madrugada terminé cediendo en su cama.
Cuando salió al porche sin bañador, supe que la broma que llevábamos meses esquivando se había acabado. Aquella tarde dejamos de fingir que solo éramos amigos.
Me quité el pantalón en el pasadizo y quedé en faldita y medias. A una cuadra de su casa abandonada, sentí la adrenalina dispararse al mil por ciento.
La puerta del fondo decía «acceso a cabinas» y yo no podía dejar de mirarla. La dependienta sonrió al verme leer el cartel, como si supiera lo que pensaba.
Mi padre me dejó solo con su amigo en la consulta. Pensé que era un masaje más. Lo que aquellas manos hicieron conmigo no lo había sentido con ninguna chica.
Lo veía con mi madre desde el asiento de atrás del bus y supe que el viaje terminaría mal o terminaría como yo necesitaba.
Estaba caliente, solo en casa y sin ganas de masturbarme. Cuando me llegó la propuesta de una cruzada entre activos, le dije que sí casi sin pensarlo.
Cada vez que volvíamos a la casa vieja de la abuela, el mismo juego empezaba otra vez: una mano que rozaba la otra y nadie que mirara.
Cuando metió el pie descalzo bajo el mantel y rozó mi muslo, supe que aquel chico al que llevaba semanas ignorando iba a conseguir lo que tanto pedía.
Le entregué una blusa de una talla menos sin decirle por qué. Cuando escuché su grito ahogado desde el probador, supe que iba a entrar y que no iba a salir igual.
Subí al Uber con el corazón a mil y bajé con el sabor de otra mujer en mi boca. No sabía que esa madrugada empezaba una historia que dura todavía.
Cuando se inclinó sobre el fregadero, los leggings la delataron. No oyó entrar a Don Esteban, ni notó que el albornoz ya colgaba abierto a su espalda.
Apagué la luz pensando que íbamos a dormir, pero Vera me clavó un codazo en la oscuridad: tenía algo que contarme y no podía esperar a la mañana.
Bajé a la piscina a las cinco de la tarde, con resaca y la piel quemada, y un desconocido enorme se acostó en el camastro de al lado. Diez minutos después caminábamos hacia el vapor.