La profesora que me convirtió en su esclavo
Llevaba semanas admirando sus pies desde la última fila. El día que se quitó las sandalias y me clavó la mirada, supe que ya no había vuelta atrás.
Llevaba semanas admirando sus pies desde la última fila. El día que se quitó las sandalias y me clavó la mirada, supe que ya no había vuelta atrás.
Llegó al picadero como una semiprofesional de modales perfectos. Tres clases después, era ella quien me ponía la fusta en la mano y me pedía que no fuera flojo.
Me arrodillé frente a la ventana sin imaginar que uno de ellos ya había rodeado la casa y me observaba en silencio desde la puerta trasera.
Toda mi vida creí que le pertenecía solo a él. La tarde que entró a la dirección y me encontró sobre el escritorio, descubrí cuánto le gustaba verme con otro.
Sabía que esa blusa lo pondría nervioso. Lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llevarlo aquella tarde, con el departamento vacío y la puerta cerrada.
«Sabía que vendrías hoy», dijo ella, y entonces él entendió que aquel reencuentro casual no tenía nada de casual.
Siempre fui la chica que seguía las reglas, hasta que él me ordenó arrodillarme y entendí que mi cuerpo llevaba años esperando que alguien le diera permiso.
Me pongo roja solo de pensar que vais a leer esto, pero él me lo ha ordenado: debo contar, sin tapar nada, cómo aprendí a arrodillarme y dar las gracias.
A sus veintinueve años todavía tenía cara de niña buena, pero esa mañana entró a mi despacho sabiendo exactamente lo que tendría que hacer para que su padre durmiera en casa.
Empezó como un interés académico por el alumno más brillante del grupo. Lo que terminó pasando en mi despacho todavía me cuesta ponerlo en palabras.
Tenía diecinueve años y una calentura imposible de esconder. Él lo notó apenas me abrió la puerta de su departamento, y ya no hubo forma de disimular lo que los dos queríamos.
Todas mis compañeras suspiraban por él, pero ninguna sabía lo que yo escondía bajo el uniforme masculino que el mundo me obligaba a usar.
Mi tutora se acababa de quedar dormida cuando descubrí el cajón entreabierto de su mesa de luz. Adentro brillaba algo que iba a cambiarlo todo entre las dos.
Estaba arrodillada sobre el asiento del copiloto cuando él susurró el nombre de su novia. Levanté la vista por el polarizado: caminaba hacia el auto.
Estaba seguro de que nadie podía hipnotizarlo. Se sentó en el sillón con una sonrisa de suficiencia, sin sospechar que esa mujer ya había decidido en quién iba a convertirlo.
Crucé la calle convencido de que no me reconocería. Me sonrió, y supe que aquella tarde algo iba a cambiar para siempre entre nosotros dos.
Cuando entré a la sala de profesores, unas manos me rodearon por detrás y unos labios bajaron por mi cuello. Reconocí su perfume al instante.
Cuando entré al aula vacía para cambiarme, la puerta se abrió detrás de mí. Era ella, la presidenta del centro de estudiantes, y no venía sola con palabras.
Lo reconocí en cuanto se giró. Iba a ser mi profesor de gimnasia y, al primer roce de sus manos en mi espalda, supe que ese día no acababa allí.
Cuando el aula se vació, él se quedó frente a mi mesa con una excusa torpe sobre un ejercicio que ya sabía resolver. Y yo dejé de fingir.