Para sobrevivir tuve que convertirme en mujer
Cuando abrió la bolsa encontró un sujetador color burdeos y una nota: «Familiarícese con las sensaciones. Mañana empezamos en serio». No había vuelta atrás.
Cuando abrió la bolsa encontró un sujetador color burdeos y una nota: «Familiarícese con las sensaciones. Mañana empezamos en serio». No había vuelta atrás.
Pensé que el baño estaría vacío. Carolina estaba frente al espejo y su mirada no era de sorpresa: era la de alguien que sabía exactamente lo que yo acababa de hacer.
Pensé que la había puesto en su sitio. Esa tarde, al salir del baño, oí una cremallera bajándose detrás de la puerta entornada del despacho.
Nunca pensé que una escena del juego encendería algo entre los dos, ni que esa misma tarde tendría su sabor en la boca y su nombre repitiéndose dentro de mi cabeza.
Caro tenía seis años más que yo, una vida que parecía perfecta y un secreto que pensaba llevarse a la tumba. Esa noche decidió que ya no podía más.
Bajé por agua a medianoche y la encontré despierta, dispuesta a darle a mi esposa la única clase que yo nunca había logrado enseñarle.
Marina dejó la libreta abierta en la letra C. Yo solo iba a hablar de mi bloqueo en la cama, pero aquella primera consulta no terminó como cualquiera imaginaría.
Solo quedaba un nombre en su lista de pacientes, y cuando lo llamó no imaginaba quién iba a cruzar la puerta de su consulta esa tarde.
Cada primer martes del mes llamaba al timbre con el bidón al hombro. Yo lo recibía cada vez con menos ropa, esperando que se quedara más tiempo del necesario.
La sala estaba casi vacía. Mi marido se levantó a por las bebidas y, antes de salir, me había subido la falda y el jersey lo justo para que su amigo no pudiera apartar la mirada.
Llegué a su casa una hora antes que mi novia. Mi suegra abrió la puerta con bata corta, un whisky servido y una sonrisa que no era inocente.
Cuando los tres golpes sonaron en la puerta del baño, supuse que sería Carla. Pero quien entró fue él, sin esperar respuesta, descalzo y con el pecho desnudo.
Cuando abrí la puerta para respirar el aire mojado, alguien saltó la tapia. Estaba desnudo, no dijo su nombre, y mi marido seguía durmiendo dentro de la casa sin saber nada.
El muy cabrón había usado su propio cuerpo como inspiración, y ahora ella temblaba frente a la pantalla sin saber si lo que sentía era rabia o ganas.
Nunca me había tocado. Esa tarde, detrás de una puerta mal cerrada, entendí por qué mi cuerpo llevaba años pidiéndome algo que yo no me atrevía a darle.
Nora siempre había admirado a su hermana mayor más de lo que debía. Lo que no sabía era que esa mujer a la que deseaba en secreto era, en realidad, su propia madre.
Sabía la hora exacta a la que volvería. Dejé la puerta entreabierta, apagué la luz y esperé a oír sus pasos en el pasillo para empezar.
Tecleaba su nombre cada cierto tiempo a ver si la encontraba. Nunca aparecía. Hasta esa madrugada en que el primer resultado fue ella, exacto, sin dudas.
La lluvia golpeaba la ventana y la casa estaba en silencio. Tenía toda la tarde para mí, y por primera vez decidí dejar de imaginarlo para sentirlo de verdad.
Se imaginó a oscuras, con la bata abierta y unas manos desconocidas recorriéndola sin pedir permiso. Y por primera vez no quiso que pararan.