Mi vecino del octavo me ofreció más que un trabajo
El ascensor frenó en el octavo y él subió. Llevaba los últimos pesos en el bolsillo y la certeza de que esa mañana algo iba a pasar entre nosotros.
El ascensor frenó en el octavo y él subió. Llevaba los últimos pesos en el bolsillo y la certeza de que esa mañana algo iba a pasar entre nosotros.
Le serví el café de las cuatro como siempre. Solo que esta vez le había añadido algo que no figuraba en ninguna agenda.
Crucé la playa de estacionamiento, hambrienta y con un odio fino a la humanidad, y entonces la vi caer al pavimento de un puñetazo. Era mi jefa.
Entré con la llave que me dejó en la maceta. Lo que no esperaba era encontrarla a ella esperándome con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
Cuando el aula se vació, él se quedó frente a mi mesa con una excusa torpe sobre un ejercicio que ya sabía resolver. Y yo dejé de fingir.
Bajo las luces de la morgue sus manos no temblaban. Pero al cerrar los ojos volvía a sentirla contra los azulejos del vestuario, sudada, mordiéndole el cuello.
Camila cerró la persiana sin dejar de mirarme y, cuando me metí en la cama, ya no podía pensar en otra cosa que en lo que ella había dicho sobre mi madre.
La sala estaba casi vacía y la película era una excusa: lo que me importaba era su mano subiendo por mi muslo en la oscuridad de la última fila.
Habíamos crecido durmiendo en cuartos contiguos, hasta que una noche un sonido al otro lado de la pared me hizo entender que ya no la miraba como a una hermana.
Solo quería descansar un rato en la camilla. No imaginé que terminaría con la mano dentro de la ropa, mordiéndome el labio para que nadie en el pasillo me oyera.
Esa mañana ella creía estar sola. Cerré la oficina, pedí que no me pasaran llamadas y abrí la aplicación justo cuando ella entró al dormitorio.
Llegué cuarenta minutos antes de tiempo, apagué el motor en el parqueo subterráneo y entonces el olor de esa madrugada volvió a mí como una corriente.
Cuando Sofía abrió aquella caja del armario, supe que la noche no terminaría como las otras pijamadas. Y, sin embargo, no me moví.
Le advertí que si no me gustaba, la bajaba en la siguiente esquina. Sonrió, recostó mi asiento y me pidió que cerrara los ojos un segundo.
Cuando entré en la cocina ella ya tenía la lasaña en el horno y dos copas servidas. La pegué contra el mármol antes de que pudiera dejar la fuente.
El primer cliente me pidió algo que no estaba en mi contrato. Cuando volví al cuarto, Salvador respiraba como si llevara horas despierto.
Lo que empezó como una tarde tonta en su sofá terminó conmigo arrodillado entre sus piernas, descubriendo que algunas confianzas no se pueden devolver.
Frené en el pasillo con la mano en el aire. Los suspiros que salían del cuarto de mi hermana no me dejaban tocar la puerta ni dar media vuelta.
Cuatro años atrás, su madre entró justo a tiempo para evitar el pecado. Esta vez, con todos lejos y la banda retumbando abajo, nadie iba a abrir esa puerta.
Daniel cruzó el callejón equivocado en el momento equivocado. Semanas después, frente al espejo, una desconocida con su mirada empezaba a gustarle más de lo que debía.