La confesión que mi novio soltó sobre mi amiga
Quería saber qué decían los chicos de ella a sus espaldas. No imaginaba que terminaría soñando que era yo la que estaba de rodillas frente a mi propio novio.
Quería saber qué decían los chicos de ella a sus espaldas. No imaginaba que terminaría soñando que era yo la que estaba de rodillas frente a mi propio novio.
Bajé del avión sin saber que aquel viaje terminaría con su mano apretándome la cintura en la arena, y conmigo deseando que jamás amaneciera.
Cuando vi a mi hermana cruzar el restaurante con ese balanceo nuevo, supe que el juego que había inventado para excitar a mi amante había dejado de ser un juego para mí.
Acepté la cita vestida de mujer, sin saber que esa tarde en su auto decidiría todo lo que vendría después. Él solo me miró y dijo: «Vas a tener clientes».
Me escondí tras la cortina convencido de que ella no podía verme. No imaginé que el ruido me delataría justo en el peor momento.
Desde la oscuridad la veía moverse sobre él, y entendí que ya no sabía si me dolía más mirar o las ganas que tenía de seguir mirando.
La sala estaba casi a oscuras cuando él subió la mano por su muslo. Tres filas más adelante, un hombre solo había dejado de mirar la pantalla para mirarlos a ellos.
Mi novia me dejó claro que le encantaba exhibirme, así que agarré el cepillo de dientes y bajé desnudo al baño rezando por cruzarme con su tía en tanga.
Eligió la falda más corta y salió sin ropa interior. A esa hora el desconocido del andén siempre estaba ahí, y esta vez ella no pensaba apartarse.
Bajé a un pueblo perdido de los Andes a cerrar un negocio. Esa noche descubrí por qué allí nadie preguntaba por los parentescos.
La pantalla se ilumina, tú apareces desnuda y sabes que estoy mirando. Lo que no sabes es que esta noche hay otras manos contigo en esa habitación.
Llevaba toda la tarde notando cómo me miraba desde la otra mesa, y por primera vez en años decidí no apartar la vista.
«Ni un ruido», le advirtió ella antes de arrodillarse sobre las baldosas frías. Su hijo seguía arriba y el agua de la ducha no tapaba todo.
Durante cuatro días el papelito con su número me quemó en el bolsillo. Cada noche recordaba aquella humedad escurriendo y supe que iba a llamar.
Salí de la piscina en ropa interior y la sentí mirarme. Ya no era el hijo de su amiga: era un hombre, y ella sabía exactamente lo que quería de mí.
Apagué la luz del lavadero y miré hacia el ventanal del C. Eran las tres y cuarto de la madrugada. La chica del frente había vuelto. Y no había vuelto sola.
Carmen creía conocer cada rincón de su casa, hasta que Marisol se sentó frente a ella y empezó a contarle, con la voz baja, todo lo que había hecho mientras ella no estaba.
El asiento de al lado lo ocupaba ella, con esas piernas cruzadas en la penumbra. Dijo que mejor hablarlo conmigo que con desconocidos. No sabía dónde nos llevaría.
Arrodillada sobre sus talones, sin más adorno que el collar de su dueña, Lirea temblaba cada vez que la cámara se abría para dejar pasar a algo que ningún mortal debería desear.
Durante el día gobernaba con mano de hierro. Por las noches descendía a su propia mazmorra y ordenaba que la trataran como a una prisionera más.