Cayó en mis brazos antes de poder besarme otra vez
Cuando la sostuve febril contra mi pecho, recordé las noches en que su boca conocía la mía como si llevara años aprendiéndome.
Cuando la sostuve febril contra mi pecho, recordé las noches en que su boca conocía la mía como si llevara años aprendiéndome.
Pensé que dormía. Cuando abrí los ojos, Helena estaba de pie junto al jacuzzi, mirándome con una intensidad que no supe si era furia o algo mucho peor.
Sabía que estaba mal. Pero el vapor llenaba el baño, mis padres dormían al otro lado del pasillo y yo ya no podía parar de imaginar lo prohibido.
Llevaba años evitándome la mirada en cada cena familiar. Esa madrugada se abalanzó sobre mí sin una palabra, y entendí que nunca había sido casualidad.
Cerré la puerta, lo besé sin permiso y entendí que esta vez no me iba a ir hasta conseguir exactamente lo que había venido a buscar, con toda la sala escuchando.
La persiana estaba a medio bajar y la llave giró dos veces tras de mí. Vine sin el anillo y con doce años de silencio sobre la lengua.
Lo había guardado tanto tiempo que ya formaba parte de mí: ese deseo que solo aparecía cuando estaba demasiado excitada para tenerle vergüenza a nada.
Las palabras salieron de mi boca antes de pensarlas, y en cuanto las dije supe que ya no había vuelta atrás. Él me miró distinto.
Cada mañana bajaba a desayunar rezando por encontrarlo otra vez en calzoncillos, fingiendo que no se me iba la mirada. Él lo sabía. Y empezó a buscarlo.
Le pedí que imaginara mi mano sobre su pierna. No esperaba sentir la suya temblando bajo la mía, ni que el trance terminara siendo también el mío.
Llevaba años alimentando en secreto una fantasía que jamás diría en voz alta. Esa noche, una criatura de ojos rojos apareció a los pies de su cama dispuesta a cumplirla.
Me dejó sola con el plomero para que arreglara la cocina. Lo que no sabía era que mi suegro lo había planeado todo desde el principio.
Subí al quinto piso esperando un café y una explicación. Ella seguía con un informe pendiente. No sabía que su amante miraba todo desde el despacho de al lado.
La llamaba repugnante mientras vivía algo que nadie sospechaba. Esa noche lo seguí, y lo que encontré cambió por completo el plan que teníamos para él.
Cuando me señaló y dijo «tú conmigo», supe que aquel ejercicio de pareja no iba a ser solo técnico. Su voz baja en mi oído hizo el resto.
Lo vi por el retrovisor: deportivo, con un bulto marcado bajo la licra, esperando una señal mía. Subí las ventanillas y todavía dudo por qué.
Beatriz bajó a la cocina creyendo que lo de la noche anterior había sido un desliz. Su yerno la esperaba con un café frío y una condición que lo cambiaría todo.
Yacía atada con seda negra, temblando, susurrando una súplica que yo no pensaba conceder. Esa medianoche le enseñé otra vez lo que significa pertenecerme.
El espejo me devolvía a una novia perfecta. Nadie imaginaba lo que me obligarían a hacer en la habitación 131 antes de subir al coche nupcial.
Beata, virgen y sola a los cuarenta, Amparo solo quería que le arreglaran la chimenea. Su cuñado tenía otra idea, y esta vez no pensaba aceptar un no.