La reina que ansiaba el castigo de su verdugo
Durante el día gobernaba con mano de hierro. Por las noches descendía a su propia mazmorra y ordenaba que la trataran como a una prisionera más.
Durante el día gobernaba con mano de hierro. Por las noches descendía a su propia mazmorra y ordenaba que la trataran como a una prisionera más.
Aquella tarde no podía concentrarme en el examen. Mi madre lo notó. Mi abuela también. Y cuando ellas dos deciden algo, ningún libro basta para detenerlas.
Llevaba días imaginando ese fin de semana: cada orden, cada castigo, cada límite roto. Lo escribí todo en un mensaje y pulsé enviar antes de pensarlo dos veces.
Llevaba toda la noche viéndola bailar con extraños que no sabían lo que yo sí: que a las tres de la mañana iba a ser ella quien me buscara la mano.
Durante años fui el secreto mejor guardado de mi padre. Creí conocer todas las reglas de ese juego, hasta la madrugada en que sus amigos cruzaron la puerta del dormitorio.
La conocí en una app de lectura. Pelinegra, alta, intimidante. Acepté ser su sumisa porque jamás creí que una mujer así me miraría dos veces.
Me miré al espejo, me mordí el labio y supe que esa foto traería consecuencias. No tardó ni tres minutos en aparecer la llave en mi cerradura.
Camila me había prometido una noche distinta. Cuando vi a la bailarina contornear las caderas sobre el tubo, supe que mi amiga llevaba meses esperando este momento.
El jinete no hablaba, no encendía fuego, no prometía nada. Cuando por fin abrió la boca fue para darle una orden, y Mariela supo que su vida entera dependía de cómo obedeciera.
Subí a la lavandería sin hacer ruido, miré por la ventana y allí estaba mi madre en su cama, con un hombre que yo nunca había visto en mi vida.
Tengo veintisiete años, un perfil falso para cazar heteros y la certeza de que esa noche, en una casa que olía a sudor, iba a hincarme frente a un desconocido.
Crucé el salón con el corazón desbocado, me arrodillé junto a ella y supe que después de esa noche mi madre dejaría de mirarme como a la pequeña de la casa.
La sentí girarse hacia mí en la oscuridad, su muslo rozó el mío bajo la sábana, y supe que mi prima del pueblo no había venido a este cuarto solo a esconderse de su novio.
Compartían el mismo cuarto desde niñas y ella la espiaba dormir cada noche. Esa mañana, cuando su tía dejó caer la toalla frente al espejo, supo que ya no podría seguir fingiendo.
La dueña sonrió antes de cerrar la puerta con llave y susurró que del otro lado del espejo podía haber otra mujer mirándolo todo.
Cuando ella corrió el seguro de la puerta y dejó caer la cazadora sobre la silla, supe que aquellas horas en el camastro angosto no las íbamos a pasar durmiendo.
Andrés se había ido del país y ellas dos quedaron solas en el apartamento. Esa noche, la ropa interior transparente de Camila cambió todo entre suegra y nuera.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y ella seguía ahí, impecable, con esa sonrisa que no tenía nada de maternal.
Cuando la puerta se abrió y ella entró con ese abrigo de cuero, supe que esa noche entre mujeres iba a cambiar algo dentro de mí que ya no podría volver a ignorar.
Cuando Mariela me apoyó las manos en las caderas en la cocina, supe que esa misma semana iba a terminar reservando una sesión en su cabina.