El hijo de la empleada no podía dejar de mirarme
A mis cuarenta y tantos vivía sola en una casa enorme. Hasta que el chico que limpiaba conmigo cada mañana empezó a buscarme con la mirada.
A mis cuarenta y tantos vivía sola en una casa enorme. Hasta que el chico que limpiaba conmigo cada mañana empezó a buscarme con la mirada.
Llevaba meses callando lo que sentía por ella. Y de pronto me pedía un beso para encender a su prometido, sin saber que iba a encender algo mucho más peligroso entre nosotras.
Llegó a casa un sábado al mediodía, se sentó frente a nosotras y, antes de hablar, respiró hondo como quien va a saltar al vacío.
Reía mis chistes, me tocaba el brazo, y yo creía tenerla en el bote. No imaginé que sería ella quien tomaría el control esa noche en la habitación del hotel.
Habían pasado dos semanas desde la derrota, y todavía no sabía cómo una rival flaca y provocadora la había arrodillado. Su hermana sí quería averiguarlo.
Bajó las persianas, cerró con pestillo y se colocó detrás de mí. «Solo tienes que relajarte», susurró. Lo que vino después no figuraba en ningún examen.
Fue mi propio marido quien eligió la lencería con la que me iba a entregar a otro hombre esa noche, y quien me llevó hasta la puerta del bar donde mi ex me esperaba.
Mi tía bajó la voz al contarme aquella tarde en casa de Pilar: la puerta quedó abierta a propósito, y ella no fue capaz de apartar la mirada de lo que ocurría dentro.
Entró pidiendo un vestido provocador y se desnudó frente al espejo sin pudor. La estilista solo debía tomarle las medidas; terminó de rodillas, temblando, incapaz de apartar la mirada.
Cuando me jaló hacia el callejón oscuro y me besó contra la pared, supe que el viaje que había ganado en la oficina no iba a ser lo que yo imaginaba.
Posé las manos en sus caderas creyendo que seguía un plan. Cuando se giró y vio que era yo, supe que aquella noche se me había ido completamente de las manos.
Cuando la vi arrodillada frente a él, lamiendo sin titubear, supe que nunca le contaría lo que esa boca acababa de limpiar sin darse cuenta.
Llevaba meses sin lograr una erección. Aquella madrugada, atado a una silla mientras un desconocido tocaba a mi mujer, mi cuerpo me sorprendió con una respuesta que lo cambió todo.
El dolor de espalda era real. La excusa para mi marido, también. Lo que no esperaba era lo que pasaría cuando ese desconocido me pidió quitarme la última prenda.
Aquella tarde no fui al entrenamiento. Ella se asomó a la calle, movió la cortina y me hizo una seña. Sabía exactamente lo que iba a pasar contra esa pared.
Tenía veinte minutos antes de conectarme a la fiesta de mi marido. Tomás cerró la puerta del hotel y supe que esa noche iba a felicitar a mi esposo con la voz de otra mujer.
Llevábamos seis años reuniéndonos para lo mismo: contarnos cosas y tocarnos sin pudor. Esa noche Camila prometió una sorpresa y abrió la puerta del cuarto contiguo.
Llegó puntual, con olor a sudor limpio y a hombre. Cerró la puerta, me miró de arriba abajo y supe lo que iba a pasar en esa habitación de madera.
Cuando cloné su WhatsApp a las tres de la madrugada, no buscaba pruebas de un engaño cualquiera: buscaba entender por qué mi cuerpo respondió como ellos esperaban.
Confié en ella cuando me ató la venda. Confié cuando me arqueó la espalda. Solo entendí lo que estaba pasando cuando aquella mano callosa me apretó las caderas.