El vestido de mi prima me dejó a merced de mi tío
Me miré en el espejo con el vestido rojo y los tacones plateados. Cuando salí del baño, mi tío me esperaba con una mirada que no era de tío.
Me miré en el espejo con el vestido rojo y los tacones plateados. Cuando salí del baño, mi tío me esperaba con una mirada que no era de tío.
Mis amigos paseaban riendo entre vitrinas. Yo me detuve frente a la suya y, por la forma en que me devolvió la mirada, supe que aquella noche no era para ellos.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito y supe, por el reflejo del espejo, que él estaba mirándome. Ese día acepté los quinientos soles y todo lo que vino después.
Amaba a mi novia y creía tener mi vida en orden. Hasta que un viaje de trabajo me dejó compartiendo habitación con un compañero que no escondía lo que era.
Me dije a mí misma que solo era curiosidad. Subí cuatro fotos, puse mi nombre falso y esperé a ver si todavía me miraban. Esa misma semana apareció Matías.
Subí a su cuarto creyendo conocer a la chica de quince años que ya no existía. La caja bajo la cama me lo dejó claro: mi hija era otra, y yo también.
Cuando la secretaria se despidió y la puerta del consultorio se cerró, supe que esa revisión no iba a parecerse a ninguna que me hubiera hecho antes.
Cuando vio la puerta entreabierta y reconoció a su hermana adentro, contra la pared, lo último que esperaba era quedarse mirando sin poder moverse.
Inés bailaba como un poema sin sentimiento. Esa tarde de lluvia, cuando todas se marcharon, decidí enseñarle dónde nace el fuego que el espejo nunca le devolvería.
Cuando entró al archivo con los ojos rojos, no imaginé que iba a besarme. Tampoco imaginé que semanas más tarde sería yo la que llamaría a su puerta.
Cuando me dijo en el coche que llevaba diez años solo con un hombre, supe que esa visita al cliente no iba a terminar como ninguno de los dos había planeado.
Subí al despacho con la excusa del dolor de cabeza, pero lo único que me dolía era la curiosidad por saber qué harían en la piscina cuando creyeran que no los miraba nadie.
Mi madre tenía cuarenta años y un cuerpo que aún giraba cabezas. Una madrugada bajé por agua y entendí, asomado a la escalera, por qué Ricardo había vuelto.
Su camiseta blanca empapada de sudor, los pezones marcándose en la tela, y la pregunta lanzada entre dos vasos de vino: ¿es verdad lo que dicen de ti y Lucía?
Bajé descalza al baño y la puerta entreabierta me dejó verlo en la ducha. Lo que pasó esa madrugada en el colchón del salón fue mi primera vez con otro hombre.
Tenía cuarenta años, manos ásperas y un bigote que nunca me había gustado. Hasta que me lo encontré tendido en la cama del cuarto vacío.
Sonó el teléfono, dije que iba a correr y manejé hasta su casa. Cuando volví a mi cuadra, las sirenas ya me estaban esperando.
Apagaba la luz de mi cuarto para verlo mejor sin que él me viera. Una madrugada giró la cabeza hacia mi ventana, sonrió, y entendí que yo nunca había sido la única que miraba.
Yo bajaba a consolarla cuando lloraba. Lo que no sabía es que su llanto me llevaría a olerle el cuello, a saborear su piel y a entender que la quería de otra forma.
Cuando se quitó el vestido en mitad del claro, con la barriga enorme bajo el sol y los tres amigos de su hijo mirándola, supe que esa tarde no iba a ser un paseo.