Mi asistente, mi clienta y yo en la misma cama
Cuando Daniela me preguntó si podía dormir conmigo esa noche, supe que ninguna de las dos volvería a la mañana siendo la misma mujer que había llegado a la finca.
Cuando Daniela me preguntó si podía dormir conmigo esa noche, supe que ninguna de las dos volvería a la mañana siendo la misma mujer que había llegado a la finca.
Bajé a la habitación a recoger sábanas y vi el cajón entreabierto. La foto que asomaba del sobre cambió por completo el sentido de mi verano.
Carlos no veía la cortina entornada. Yo sí. Y la rubia que me miraba desde el otro lado tampoco apartaba los ojos de mí. Mi cuerpo decidió antes que yo.
Cuando se inclinó sobre mi escritorio para mostrarme el archivo, su falda subió dos dedos. Yo ya no podía disimular nada. Ella tampoco quería que lo hiciera.
Cuatro días atado a su cama, doce mil euros más rico, y un cuerpo que ya no se resiste igual. Lo peor no es lo que me hace: es lo que empieza a brillar en mis ojos.
Cuando abrí los ojos a las nueve de la mañana, Daniel ya no estaba solo en la cama. Y su mejor amigo me miraba como si llevara horas esperando ese momento exacto.
Daniela había desaparecido sin dejarme un número. Yo seguía contando los días cuando la vi en la cafetería, sonriéndole a él como nunca me sonrió a mí.
Cuando metí la mano bajo su falda, sentí algo pegajoso entre sus muslos. No era flujo. Ella bajó la mirada y supe que el jefe se le había adelantado esa tarde.
Volvía al arroyo seco cada vez que podía sin decírmelo. Él nunca hablaba más que dos palabras, y yo me arrodillaba como si ya no fuera dueño de mis rodillas.
Aparqué a tres calles, trepé hasta el alféizar y entré en la habitación donde dormía con su marido. Solo le puse un dedo en los labios.
Llegó pasada la una, con esa mirada perdida que tienen los hombres recién soltados. Yo lo recibí descalza, sin nada debajo del buzo, fingiendo solidaridad.
Llegué fingiendo preocupación por su gripe. Cuando me di vuelta para irme, su voz me detuvo con una pregunta que no esperaba escuchar de ella.
Cuando vi su silueta agazapada detrás del cristal, supe que llevaba un rato observándonos. Y en lugar de detenerme, le sostuve la mirada.
Cuando entré al bar y la vi al fondo, supe que esa noche no iba a dormir. Tres meses sin sus manos pesaban más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Catalina salió a la terraza en camisón blanco, se sentó a mi lado sin decir palabra y esa noche dejamos de ser solo hermanos en la casa frente al mar.
Cuando sonó el telefonillo, ella tenía mi cremallera abierta y yo no sabía dónde esconderme. Una hora antes, todo parecía un café inocente entre vecinos.
Cuando los demás alumnos se fueron y la luz del atardecer entró por las ventanas, ella cerró la puerta con llave y me pidió que tocara para ella, solo para ella.
A las tres de la madrugada, Damián seguía hundido en mi sofá con la camisa empapada de sudor y la respiración pesada. Y yo ya no pensaba en otra cosa.
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.
La voz de Diego en el audio sonaba derrotada. Cuando escuché el nombre de ella, supe que llevaba meses engañándome desde su oficina.