Confesión: cómo seduje al novio de mi examiga
Siempre noté cómo me miraba en aquella reunión, aunque su novia estaba al lado. Cuando ella desapareció de nuestras vidas, supe que tarde o temprano él iba a caer.
Siempre noté cómo me miraba en aquella reunión, aunque su novia estaba al lado. Cuando ella desapareció de nuestras vidas, supe que tarde o temprano él iba a caer.
Tenía dieciocho años, mi hermana veinticinco, y aquella melena negra suya me quitaba el sueño desde que tengo memoria. Aquel verano me prometí hacerla mía como fuera.
Inventé que había olvidado un cuaderno para volver a su casa cuando sabía que Sofía no estaría. Lo que no esperaba era que su madre me abriera la puerta con esa sonrisa.
Llevaba horas a oscuras, con los brazos por encima de la cabeza atados al perchero, esperando que sus tacones se acercaran y abriera la puerta del armario.
Cuando la cuarta acompañante entró al salón con vestido rojo, la bandeja de tragos se me resbaló de las manos. Era mi esposa.
Subió la escalerilla y dejó ese culo a dos dedos de mi cara, sacudiéndose el agua del pelo como un cachorro, sabiendo perfectamente lo que hacía.
Cogí su móvil para llevarlo al cargador y una notificación lo cambió todo: un grupo entero de hombres pendiente de mí, y yo sin saberlo.
Llegó un domingo a las nueve de la mañana. Pedía ayuda para una fantasía que él mismo no se atrevía a nombrar en voz alta dentro de su propia casa.
Tenía veinticinco años y figuraba como su madrastra. La cena empezó con marisco y vino blanco, y ninguno de los dos pensaba terminarla en el piso de él.
El número no estaba en mi agenda, pero las dos primeras frases me obligaron a leer hasta el final. Lo que vino después cambió todo lo que recordaba del sábado.
Acepté la invitación al café convencida de que solo hablaríamos. Lo que no esperaba era que Mariana me ofreciera a su marido como prueba de que sí sabía dar placer.
Reconocí los gemidos detrás de aquella puerta. Reconocí cada cadencia. Pero la mujer del escritorio tenía algo que mi esposa juraba no tener jamás.
Cuando bajé al jardín a fumar, él ya estaba ahí esperando. Sabía que tarde o temprano íbamos a quedarnos solos. Y yo también lo sabía.
La luna iluminaba las siluetas dentro de la otra carpa y, antes de comprender qué pasaba adentro, yo ya no podía moverme del lugar donde estaba.
Cuando vi a su primo en la puerta del baile, recordé que ya me había visto desnuda. Lo que no sabía era que esa noche iba a ser yo quien pidiera tenerlo enfrente.
Tres horas antes le había mordido el cuello bajo el agua tibia. Ahora otro le tomaba el brazo como si fuera suya, y ella no se apartaba.
Lucía me miró por encima del fuego y supe que esa noche no íbamos a dormir solas. Faltaban dos botellas de vino y nadie hablaba ya de irse a la cama.
Era nuestra primera pijamada sin sus padres en casa. Cuando apagó la luz, su mano buscó la mía bajo las sábanas, y entendí que llevaba años esperando ese gesto.
Entre cajas y con la puerta apenas cerrada, ella se mordió el labio para no gritar mientras la sostenía pegada a mi pecho. Nadie debía oírnos.
Cuando bajé descalzo a la cocina aquella mañana y vi a mi padre sentado en calzoncillos, supe que algo iba a romperse antes de la primera taza de café.