El desconocido que entró en mi cabina sin decir nada
Esa tarde de verano caminaba por San Telmo buscando algo que no admitía en voz alta. El locutorio de la esquina, con sus cabinas privadas, era el lugar exacto para encontrarlo.
Esa tarde de verano caminaba por San Telmo buscando algo que no admitía en voz alta. El locutorio de la esquina, con sus cabinas privadas, era el lugar exacto para encontrarlo.
Mariana aceptó ser mi socia con una sola condición: que su novio entrara a la empresa. Lo que no previó fue cuánto iba a disfrutar él de ser el centro del juego.
Quería contarle mis penas y tomar algo. No esperaba encontrarlo con dos amigos, ni que el despecho me empujara a hacer todo lo que esa noche terminé haciendo.
Llevaba toda la semana cuerda y prudente. Bastó una botella de cava en aquella terraza para que dejara de serlo, justo cuando sonó el timbre por segunda vez.
La sentí girarse hacia mí en la oscuridad, su muslo rozó el mío bajo la sábana, y supe que mi prima del pueblo no había venido a este cuarto solo a esconderse de su novio.
Bárbara despreciaba a aquellos cuatro tipos sudorosos. Pero la toalla apenas la cubría, la lluvia seguía cayendo y, por una vez, quería que la miraran.
Despertó en una cama que no era suya, con los dedos de Renata sobre la muñeca y el sudor pegándole el pelo a la frente. No le preguntó nada: solo le besó la sien.
Llevaba semanas pasando frente a ellos fingiendo miedo. Esa tarde me quité el sostén detrás de un arbusto y decidí dejar que esos seis hombres hicieran conmigo lo que quisieran.
Tenía veinticinco años, ocho meses sin tocar a nadie y una idea prestada por una amiga: ir sola al cine porno y sentarme lo más cerca posible de quien se atreviera primero.
Les dije que quería otro castigo en vez de beber. No imaginaban hasta dónde estaba dispuesta a llevar esa partida de cartas, y yo tampoco del todo.
Esa noche transmitía en vivo desde el bar, pero lo que pasó después del show no quedó grabado en ninguna cámara. Solo en mi memoria.
Cuando bajó al patio con aquel vestido verde limón y la cadena rozándole los pezones, supe que la firma del contrato sería lo último que harían mis manos esa tarde.
Empezó como un correo de admiración por mis relatos. Terminó conmigo mirando sus fotos a escondidas, deseando cruzar un océano para tocarla una sola vez.
Habíamos planeado un encuentro entre todas, pero ella me llevó antes a su apartamento. Cerró con llave, me empujó contra la pared y dejó claro que no pensaba compartirme todavía.
La dueña sonrió antes de cerrar la puerta con llave y susurró que del otro lado del espejo podía haber otra mujer mirándolo todo.
Se sentaba siempre al fondo, intocable, hasta que un beso en la mejilla agrietó su coraza. Jamás imaginé que la más reservada del aula terminaría temblando entre mis brazos.
Llevábamos años veraneando juntas, viéndonos en topless sin pensar nada. Hasta que aquel primer día de playa su mano se coló dentro de mi bikini y todo cambió.
Cuando ella corrió el seguro de la puerta y dejó caer la cazadora sobre la silla, supe que aquellas horas en el camastro angosto no las íbamos a pasar durmiendo.
Andrés se había ido del país y ellas dos quedaron solas en el apartamento. Esa noche, la ropa interior transparente de Camila cambió todo entre suegra y nuera.
Acepté la cena pensando en una charla amable. Su hermana me miró desde el otro lado de la mesa como si ya supiera cómo iba a terminar todo.