El practicante del equipo me siguió hasta el hotel
Sabía que ese día iría sin sostén, con el vestido más corto que tenía. Y sabía que él me miraría como siempre. Lo que no sabía era hasta dónde llegaríamos.
Sabía que ese día iría sin sostén, con el vestido más corto que tenía. Y sabía que él me miraría como siempre. Lo que no sabía era hasta dónde llegaríamos.
Cuando el desconocido del metro me deslizó la mano bajo la falda, la verdad fue que cerré los ojos y pensé en quien no debía pensar.
Cuando subí a su cuarto a ver por qué no bajaba a almorzar, mi hijo me pidió que cerrara la puerta. Tenía algo que mostrarme en el celular.
Esa primera noche sin él, mi marido me hizo el amor con la misma destreza de siempre. Pero la cama era enorme y los dos lo sabíamos.
Marina creía que solo tenía envidia del novio de su amiga. Esa noche, cuando él dormía exhausto, ella cruzó el pasillo en silencio y golpeó la puerta de Daniela con un nudo en el estómago.
Habíamos prometido ir despacio. Una copa en casa, nada más. Pero cuando sus ojos buscaron los míos pidiendo permiso, supe que esa noche no íbamos a respetar ningún plan.
Aquella noche en el hotel descubrí que el deseo no entiende de promesas. Mi marido me ofreció en bandeja a su mejor amigo, y yo me dejé entregar.
A los treinta y dos años no sabía lo que era un orgasmo. Mi amiga Renata se rio, me sirvió otra copa y me prometió que el jueves siguiente lo iba a cambiar todo.
Cuando salí del agua, la orilla estaba vacía. Mi ropa, mis botas, mi mochila... todo había desaparecido. Estaba desnuda en medio de la selva, sin saber que era solo el principio.
Llevaba meses sin que nadie me tocara y aquella noche bailé con él como si lo conociera de siempre, sin saber que su error iba a borrar todos mis límites.
Bajé al restaurante con la lencería roja bien guardada bajo el vestido y una decisión: si esa noche él no llegaba a verla, lo nuestro no salía de la pantalla.
A las tres en punto, sentada en la barra de la cocina con encaje negro y una taza de té, sabía perfectamente con qué versión de mi marido iba a encontrarme.
Tres copas de vino, una mochila llena de juguetes y una mirada cómplice. Lo que pasó con mi hermana esa noche cruzó todas las líneas que jamás pensé cruzar.
Cuando giró sobre los tacones, el vestido se elevó apenas y dejó ver la línea exacta donde la media terminaba y empezaba la piel. Y entonces me pidió un masaje.
Cuando me pidió que me desnudara y subiera a la camilla, supe que aquello iba a romper algo entre nosotros que ya nunca podríamos volver a poner en su sitio.
Cuando la vi en la parada del autobús, con el cabello cobrizo y esa blusa ajustada, supe que algo iba a pasar. No imaginé que esa tarde cambiaría todo.
Cuando la voz del comandante las paralizó, Vera supo que nada volvería a ser igual en ese barco. Lo que no sabía era que él llevaba semanas esperando ese momento.
Valeria no quería regalos caros. Quería ser el platillo fuerte de una noche donde todos apostaran por ella y su marido la mirara con orgullo.
Cuando el capitán ancló en esa cala desierta y Rodrigo descorchó la segunda botella, todos supimos que el orden del día había quedado oficialmente cancelado.
Llevábamos treinta años juntos y yo siempre tuve esa fantasía. Nunca imaginé que ella terminaría desnuda frente a otro hombre diciéndome gracias con una sonrisa.