El baile con mi padre que no debió terminar así
Cuando mi madre apareció del brazo de su nuevo esposo, vi a mi padre quebrarse. Esa noche decidí que yo sería todo lo que él necesitara.
Cuando mi madre apareció del brazo de su nuevo esposo, vi a mi padre quebrarse. Esa noche decidí que yo sería todo lo que él necesitara.
Llegué a tasar su casa señorial. No imaginé que aquella mujer elegante terminaría desabrochándome la blusa sobre la mesa del comedor.
—Ven, pequeña —me dijo desde la cama, y supe que cruzar esa puerta iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí misma.
Me ataron desnuda sobre una mesa y me retaron a una prueba de tiro imposible. No sabía que mi salvación llegaría de la mano de la cazadora más fría del campamento.
Una ráfaga de aire me levantó la falda y nadie debajo importó: yo solo buscaba unos ojos capaces de mirarme de frente, sin disimulo, y encontrarlos.
Llevaba años admirándola desde las gradas. Esa noche, con el coliseo vacío y la adrenalina del combate todavía en la piel, descubrí que ella también me miraba a mí.
Llevaba años ganando sin sentir nada. Hasta que la chica de las gradas creció, volvió convertida en su rival y se plantó frente a su puerta.
Tres semanas mirando antes de entender que ella también miraba. Esa noche giró la cabeza, sonrió al cristal, y supe que llevaba meses esperándome.
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Dije en voz alta que jamás había besado a nadie, y lo que mis amigas propusieron a continuación, bajo el sol de julio, terminó de la forma más inesperada.
Apagó la luz, susurró mi nombre en la oscuridad y me dijo que tenía otra superstición. Lo que vino después borró todas las que yo conocía.
Compartíamos camarote desde hacía un mes, pero esa madrugada, con sus lágrimas todavía húmedas, descubrí que ella nunca había estado con otra mujer.
Bajó las escaleras convencida de que nadie sabía nada. El hombre del playón la esperaba con una sonrisa torcida y una foto que lo cambiaba todo.
«Solo es una paja», le prometió él. Pero el padre volvía esa misma noche y ellos seguían enredados entre las sábanas, sin poder ni querer parar.
Cada tarde nos escondíamos detrás de la buganvilia para verla bailar con él. Esa siesta mi amigo no vino, y lo que pasó del otro lado del vidrio lo terminé grabando con el celular.
Andrés creía que el viaje los iba a reconciliar. Carmen bajó a la piscina con su bikini rojo y volvió tres horas después, sonrojada, oliendo a sal y a algo más.
A las doce y media sonaba el timbre dos veces. Ella ya lo esperaba sin ropa interior bajo el vestido, contando los minutos que le quedaban antes de volver a ser la esposa perfecta.
Cuando Damián cerró la puerta y se fue de viaje, Mariela ya sabía que la semana entera a solas con Rodrigo iba a cambiarlo todo entre ellos.
Cerró el estanco antes de hora, se subió a mi moto y me abrazó por la cintura. Los dos estábamos casados, y los dos sabíamos que aquel paseo no iba a terminar en el mirador.
Iba casi cada tarde a leer al café, hasta que ella se sentó frente a mí y, entre risas, dejó caer que lo que tenía bajo los vaqueros no era lo que yo imaginaba.