Lo que pasó con mi amiga después del último tequila
Pensé que sería un beso de pico, inocente, para reírnos. Pero su boca se quedó en la mía más de lo debido y supe que esa noche no íbamos a dormir como amigas.
Pensé que sería un beso de pico, inocente, para reírnos. Pero su boca se quedó en la mía más de lo debido y supe que esa noche no íbamos a dormir como amigas.
Llegó a casa un sábado al mediodía, se sentó frente a nosotras y, antes de hablar, respiró hondo como quien va a saltar al vacío.
Reía mis chistes, me tocaba el brazo, y yo creía tenerla en el bote. No imaginé que sería ella quien tomaría el control esa noche en la habitación del hotel.
Crucé las piernas despacio hasta rozar su rodilla en la butaca de al lado. Ella no apartó la mirada de mis muslos, y yo supe que esa noche no terminaríamos viendo la película.
Habían pasado dos semanas desde la derrota, y todavía no sabía cómo una rival flaca y provocadora la había arrodillado. Su hermana sí quería averiguarlo.
Llegó a la cena creyendo que sería una velada tranquila entre amigas. No imaginaba que esa noche aprendería, en brazos de una desconocida, todo lo que su cuerpo había callado durante años.
Bajó las persianas, cerró con pestillo y se colocó detrás de mí. «Solo tienes que relajarte», susurró. Lo que vino después no figuraba en ningún examen.
Yo había hecho las cosas bien; su novio no. Esa misma noche decidí invitarla a casa, sin imaginar hasta dónde me llevaría la curiosidad.
Fue mi propio marido quien eligió la lencería con la que me iba a entregar a otro hombre esa noche, y quien me llevó hasta la puerta del bar donde mi ex me esperaba.
Mi tía bajó la voz al contarme aquella tarde en casa de Pilar: la puerta quedó abierta a propósito, y ella no fue capaz de apartar la mirada de lo que ocurría dentro.
Entró pidiendo un vestido provocador y se desnudó frente al espejo sin pudor. La estilista solo debía tomarle las medidas; terminó de rodillas, temblando, incapaz de apartar la mirada.
Llevaba dos años sin tocar a nadie cuando ella respondió mi mensaje con una sola pregunta: «¿cuándo nos vemos?». No imaginé cómo terminaría esa noche.
Nunca me habían atraído las mujeres. Pero aquella mañana, sola en el probador, unas manos extrañas me sujetaron por detrás y dejé de reconocerme.
Vera lo tenía todo calculado: la piscina de agua salada, la ducha compartida y dos amigas que aún no sabían cuánto deseaban dejarse llevar.
La carioca se sentó entre ellos como si la noche le perteneciera. «¿Suaves o de los que rompen?», preguntó. Ninguno de los dos imaginaba lo que faltaba por descubrir.
Salió de la ducha envuelta en una toalla, me miró como nunca antes, y de pronto la noche de películas y golosinas dejó de tratarse de la serie que íbamos a ver.
Acerqué un poco más mi cuerpo, fingiendo no entender el gráfico, y vi cómo a ella le temblaban las manos sobre los papeles.
Nunca había pensado en otra mujer así, hasta que su bata blanca rozó mi rodilla y entendí que aquella revisión no se parecería a ninguna otra.
Nunca se había planteado cómo sería estar con una mujer. Esa tarde, con la blusa a medio abrir, dejó de preguntárselo.
Habíamos hablado del intercambio durante semanas por chat, pero ninguno imaginó que cruzar esa puerta tapizada de rojo nos haría olvidar de quién éramos pareja.