El vecino que nunca me miraba desde su balcón
Llevaba semanas desnudándome frente a su ventana a la misma hora, convencida de que el indiferente era él. No imaginaba que la verdadera mirada venía de otro lado.
Llevaba semanas desnudándome frente a su ventana a la misma hora, convencida de que el indiferente era él. No imaginaba que la verdadera mirada venía de otro lado.
Desde mi nuevo escritorio tenía una vista perfecta de la recepción. Lo que no esperaba era sorprenderla con la mano bajo el vestido, creyendo que nadie la observaba.
Cuando entró al baño a dejarme una toalla limpia, supe que algo iba a pasar. Lo que no esperaba era ser yo la que diera el primer paso esa noche.
Sentía su mirada clavada en mí cada tarde en la puerta del colegio. No me gustaba físicamente; me gustaba gustarle. Y esa diferencia lo cambió todo.
Apagué la luz para que la oscuridad me protegiera. Ella miró hacia mi ventana, se quedó muy quieta y, sin que yo lo supiera todavía, sonrió.
Llegué al portal con el pulso acelerado, esperando un trío. Mariana llegaba tarde. Su amigo me abrió la puerta solo, sonriendo, y nada de lo que pasó después estaba en mi cabeza.
Bajó las rodillas poco a poco hasta que entendí que aquel pequeño espectáculo bajo la mesa estaba dedicado a mí, y a nadie más en toda la cafetería.
Sabía que un hombre me seguía por la planta vacía del centro comercial. En vez de huir, entré al probador más alejado y dejé la puerta entreabierta.
Sus dedos moldeaban el barro despacio y yo, a unos metros, imaginaba que esas manos me moldeaban a mí. Nunca cruzamos una sola palabra.
La sala estaba casi a oscuras cuando él subió la mano por su muslo. Tres filas más adelante, un hombre solo había dejado de mirar la pantalla para mirarlos a ellos.
Mi novia me dejó claro que le encantaba exhibirme, así que agarré el cepillo de dientes y bajé desnudo al baño rezando por cruzarme con su tía en tanga.
Cuando abrí la puerta sin tocar, mi prima estaba en la cama con las piernas abiertas y un juguete entre las manos. Pensé que moriría de vergüenza. Al día siguiente volví.
Eligió la falda más corta y salió sin ropa interior. A esa hora el desconocido del andén siempre estaba ahí, y esta vez ella no pensaba apartarse.
Me metí en el tercer probador, dejé la cortina justo como me gusta dejarla, y al levantar la vista la pillé mirando hacia dentro. Una de las mías, pensé.
Bajé a un pueblo perdido de los Andes a cerrar un negocio. Esa noche descubrí por qué allí nadie preguntaba por los parentescos.
La pantalla se ilumina, tú apareces desnuda y sabes que estoy mirando. Lo que no sabes es que esta noche hay otras manos contigo en esa habitación.
Bailamos toda la noche sin saber que, detrás de las rocas, alguien había estado observándonos desde el primer beso. Y esa certeza, en vez de asustarme, me encendió.
Cuando el Audi gris perla se detuvo frente a la caseta y vi aquellas piernas entreabiertas en el asiento del copiloto, supe que mi turno iba a torcerse para siempre.
Nunca había estado con una mujer, y la primera sería la chica que veía cada noche en pantalla, rodeado de cámaras que lo grababan todo.
Llevaba toda la tarde notando cómo me miraba desde la otra mesa, y por primera vez en años decidí no apartar la vista.