Lo que pasó en el sofá frente a su mejor amiga
Cuando le metí la mano debajo de la remera, sentí los ojos de su mejor amiga clavados en mí desde el sillón. Y en lugar de frenar, me excité más.
Cuando le metí la mano debajo de la remera, sentí los ojos de su mejor amiga clavados en mí desde el sillón. Y en lugar de frenar, me excité más.
Cuando doña Hilda abrió la puerta y nos miró de arriba abajo, supe que esa noche junto al fuego nos costaría mucho más que un techo seco.
Tres goles esa tarde. Por la noche, su mensaje cambió todo. Subir a su suite o arrepentirme toda la vida de haberme portado bien.
Cerró la puerta de la consulta, bajó la persiana y le miró con una sonrisa que no era profesional. Mateo no había venido al hospital por eso.
Cuando Ricardo me explicó qué quería hacer conmigo y con sus cinco amigos en la casa de campo, debí decirle que no. Lo pensé seis días antes de aceptar.
El vibrador zumbaba dentro de mí mientras él controlaba el ritmo desde la mesa del fondo. Sabía exactamente qué clase de hombres traería a casa esa noche.
Le tendí el portátil a mi marido con la carpeta abierta. Veintitantos correos de hombres que jamás imaginaron que su directora les enviaría algo así.
Cuando se probó el brasier nuevo, las manos de su cuñada no buscaban acomodarlo. Buscaban averiguar cuánto podía resistir Sofía sin apartarlas.
La puerta de la enfermería se abrió y supieron que estaban perdidas. Pero la conversación que siguió cambió por completo lo que la teniente y la hija del capitán esperaban.
La forma en que él la miraba en la piscina y la forma en que ella se rozó conmigo bailando bachata me hicieron entender que aquella semana cambiaría todo.
Cuando Carla se quitó la camisa y se sentó sobre mi marido, supe que el juego había cruzado una línea de la que ninguno de los cuatro queríamos volver.
Cuando empezamos a oír el cabecero golpeando contra la pared, no imaginábamos que esa misma noche nuestros gritos también cruzarían al otro lado del techo.
Le dije a mi novio que solo bailaría con las chicas, pero cuando vi ese nombre en la pantalla, mi cuerpo decidió por mí antes de que mi cabeza pudiera detenerlo.
Aquella tarde junto a la piscina, los pechos desnudos de su cuñada le encendieron una llama que ya no podría apagar antes del amanecer.
Llevábamos años de matrimonio cuando me confesó que su mayor fantasía no era con otro hombre. Era conmigo y otra mujer. Y tenía a la candidata perfecta esperando.
Cuando los últimos invitados se marcharon, ella sacó una botella fría y, sin avisar, empezó a quitarse el bañador dentro de la piscina.
Mi hija pasaba la noche fuera, Mateo llegó con cervezas y un bañador. A las ocho de la mañana, él ya tenía planes que yo todavía no conocía.
Su cremallera estaba bajada. Yo, arrodillado en la oscuridad del camión, levanté la mirada y entendí que esa orden no tenía nada que ver con etiquetas.
Faltaban horas para la ceremonia y allí estaba yo, sentado en el mármol caliente del hammam, sintiendo cómo la mirada de mi futuro suegro pesaba más que el vapor.
Cuando le abrí la puerta, sentí cómo sus ojos se clavaban en la tira negra que asomaba por encima de mi vaquero. Sonrió antes de empujarme hacia dentro.