La madre de mi mejor amiga me esperó despierta
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y ella seguía ahí, impecable, con esa sonrisa que no tenía nada de maternal.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y ella seguía ahí, impecable, con esa sonrisa que no tenía nada de maternal.
Cuando la puerta se abrió y ella entró con ese abrigo de cuero, supe que esa noche entre mujeres iba a cambiar algo dentro de mí que ya no podría volver a ignorar.
Llevaba una semana espiándola por la ventana cuando salía a correr. El día que tocó mi puerta para presentarse, supe que no me bastaría con mirarla.
Veterana, dominante y adicta al deseo, la capitana tenía un solo plan para esa noche: que la recluta más hermosa del cuartel terminara en su cama.
Borracha y dolida tras perder mi trabajo, dije que sí a sus coqueteos. «Solo cinco minutos en el baño», me prometió. No imaginé hasta dónde pensaba llegar.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde llegaría su curiosidad antes de que se atreviera a mirar.
Solo quería esperar a que parara la lluvia. No imaginé que aquella desconocida de labios rojos terminaría enseñándome lo que era desear a otra mujer.
Bajó a recepción solo para preguntar por un sendero, pero se quedó mirando demasiado tiempo los ojos verdes de la chica del mostrador. Y la chica lo notó.
Vi a mi amiga comerse con los ojos el cuerpo de la chica más deseada de la facultad, y esa mirada despertó en mí una curiosidad que llevaba años fingiendo no tener.
Cuando Mariela me apoyó las manos en las caderas en la cocina, supe que esa misma semana iba a terminar reservando una sesión en su cabina.
Reconocí el coche de mi madrastra en la puerta del edificio y, antes de abrir, ya sabía que esa mañana no terminaría como cualquier otra.
Llegué a la ciudad sin conocer a nadie y, esa misma tarde, una desconocida me ofreció una porción de pizza. Ninguna de las dos sabía adónde nos llevaría ese gesto.
Viudo, desactualizado y solo, Rodrigo solo quería airearse un sábado. No esperaba que el desconocido de la barra le propusiera algo que jamás se había planteado.
Acordamos cruzar media provincia para que nadie nos viera comprando dos pruebas de embarazo. No esperábamos hallar a alguien igual que nosotras detrás del mostrador.
A mis cuarenta y tantos vivía sola en una casa enorme. Hasta que el chico que limpiaba conmigo cada mañana empezó a buscarme con la mirada.
Siempre presumió de que solo le gustaban los hombres. Esa tarde, frente a Lorena y dos consoladores sobre la mesa, entendió que llevaba años mintiéndose.
Llevábamos cinco días entregándonos sin tabúes, pero fue esa última mañana al borde del agua, con ella temblando entre mis brazos, cuando entendí lo que de verdad había pasado.
Llevaba meses callando lo que sentía por ella. Y de pronto me pedía un beso para encender a su prometido, sin saber que iba a encender algo mucho más peligroso entre nosotras.
Cuando Mía repartió las cartas, ninguna imaginó que las confesiones terminarían con una lengua entre las piernas de la novia y la madre más rígida temblando.
De adolescente me encerraba a imaginar sus pechos y su pelo negro azabache. Treinta años después, su voz al teléfono volvió a encenderme igual que entonces.