El precio que acepté pagar por el puesto soñado
Subí a esa suite dispuesta a todo por el contrato. No imaginé que la prueba real empezaba al día siguiente, en la habitación cerrada del hijo del dueño.
Subí a esa suite dispuesta a todo por el contrato. No imaginé que la prueba real empezaba al día siguiente, en la habitación cerrada del hijo del dueño.
Reservé el horario sin alumnos y la camiseta más ajustada que tenía. Lo que no esperaba era encontrarme a dos hombres esperándome sobre el tatami.
Cuando la maestra de Tobías me dio su número personal «por si surge algo urgente», supe que aquello no tenía nada que ver con las notas de mi hijo.
Habíamos intercambiado cientos de fotos, pero nunca había pasado nada en persona. Hasta esa tarde de marzo en que la fui a buscar y ella ya tenía un plan.
Había aprendido a desarmar a cualquier hombre con una sonrisa, pero ninguno aguantaba el juego hasta el final. Hasta que un desconocido le siguió el paso sin apurarse ni huir.
La primera vez que me besó en ese parqueadero salí huyendo. La segunda no traje excusas: dejé que me acorralara contra la misma pared de bloque.
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
Aún recuerdo el ruido del casco al dejarlo sobre mi mesa y cómo se desabrochó el cinturón sin decir nada, como si ya hubiéramos hecho aquello mil veces.
Lo había escrito sin rodeos: «Me apetece comerme una polla». No esperaba que me respondiera alguien tan nervioso, ni que después no quisiera marcharse.
No pensaba irme sin mi premio. Apagué las luces, bajé la ventanilla y esperé a que unos faros se acercaran en la oscuridad del descampado.
Toqué el timbre esperando a mi novio. Abrió un hombre de casi sesenta años que me miró de arriba abajo y entendió, en un segundo, exactamente lo que yo era.
Tenía veintiún años, un curso desastroso a la espalda y unas ganas locas de que alguien me hiciera olvidar. Esa tarde de junio, un mensaje distinto a todos lo cambió todo.
Le tendió la mano para saludarlo y, antes de soltarla, le acarició los dedos con una lentitud que no podía ser un accidente. Mateo supo que esa visita lo cambiaría todo.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.
Tengo el cargo, el poder y la última palabra. Entonces llegó él, veintisiete años y una calma peligrosa, y entendí que obedecer también podía excitarme.
El anillo de bodas apareció en el fondo de una copa de Baileys, y Damián sonreía como si supiera exactamente cuánto le costaba pedirle que se fuera antes de que llegara su marido.
Cuando la toalla resbaló, el chico seguía sentado, mirándome a los ojos con una sonrisa que no tenía nada de inocente. Y entonces estiró la mano hacia mí.
Mariana amamantaba al bebé junto al fuego, sin saber que Catalina la observaba desde el otro extremo de la cabaña con un calor nuevo subiéndole por la piel.
Vivía a tres portales del mío y solo quería ver porno y tocarnos. Lo que descubrí de él esa tarde lo cambió todo entre nosotros.
Tenía las manos sudadas y el corazón disparado cuando él dejó el mando, cambió lo que había en la pantalla y, sin decir una palabra, me miró esperando que yo diera el primer paso.