El desconocido del bar y la casa frente al mar
El amanecer encontró sus cuerpos desnudos sobre las sábanas revueltas. Mateo abrió los ojos y trató de reconstruir, hora por hora, cómo aquel desconocido había llegado a su cama.
El amanecer encontró sus cuerpos desnudos sobre las sábanas revueltas. Mateo abrió los ojos y trató de reconstruir, hora por hora, cómo aquel desconocido había llegado a su cama.
Iba a la playa a celebrar mi cumpleaños cuando los faros de un camión me alumbraron en la gasolinera vacía. El conductor bajó la ventanilla y todo lo demás dejó de importar.
Querido diario, todavía no sé cómo pasó. Solo sé que entré en su habitación a echarle una mano y salí siendo otro, con su sabor aún en la boca.
Estaba sola en la camioneta, llorando por su madre, cuando alguien golpeó el vidrio. Era Camila. No preguntó nada. Solo le pidió que se pasara al asiento del copiloto.
Lo tenía clasificado como un colega y nada más. Hasta que esa madrugada me agarró del cuello en la puerta de la discoteca y todo lo que yo creía saber sobre mí se vino abajo.
Lo que iba a ser un almuerzo cualquiera con un desconocido de internet terminó conmigo en su cama, mordiendo la almohada para no gritar.
Cuando la puerta se abrió, esperaba ver a mi amigo. Era su hermano, y por cómo me miró supe que esa noche no iba a dormir.
Cada vez que cerraba los ojos en aquel sillón, volvía al loft del puerto, a las manos del único hombre frente al que dejaba de fingir quién era.
Medianoche en la emisora desierta. Iván se inclinó para besarme y por un segundo el mundo fue sencillo, hasta que el fantasma de la otra voz volvió a interferir.
Llevábamos un mes coqueteando entre monitores cuando me llevó al asiento trasero de mi coche. Lo que descubrí semanas después lo cambió todo, y no como yo temía.
Llegó a última hora, cuando ya había cerrado, para darme su veredicto sobre mi tienda. Lo que no esperaba era que se arrodillara a mis pies y lo convirtiera todo en algo íntimo.
Le ofrecí masajearle los pies sin saber que ella iba a poner el suyo justo donde yo no me atrevía a pedirlo, y que ninguno diría una palabra.
Solo había visto una foto de su cuerpo, nunca su cara. A las dos y media cerraríamos el trato más íntimo y morboso que yo había hecho jamás.
Sabía que mi punto débil eran las medias de nylon. Lo que no sabía es que ella lo usaría toda la noche para tenerme exactamente donde quería.
La primera vez que lo vi arrodillarse para besarme el tobillo entendí algo: no era yo quien suplicaba. Por fin alguien me obedecía sin que tuviera que pedirlo.
Llevaba un año limpiando su casa sin que me mirara a los ojos. La tarde que me quité los zapatos junto a la piscina, descubrí que llevaba meses mirándome los pies.
Llevaba meses fantaseando con estar con una chica trans. Esa noche, en el asiento del copiloto, ella me susurró al oído que se había dado cuenta de cómo la miraba.
Abrí la puerta a las tres de la madrugada y la encontré tambaleándose con los tacones en la mano. Ninguno de los dos imaginaba lo que esa noche iba a desatar.
Me ofreció dinero por dejarlo arrodillarse. Lo que no le dije es que, una vez en el piso, sería yo quien decidiera cuánto le iba a costar cada centímetro.
Cuando abrió la puerta y lo vio ahí parado, supo que nadie lo había mirado nunca como ella estaba a punto de mirarlo. Y él pensaba demostrarle que todos se equivocaban.