La desconocida del autobús que me dio una orden
«No te muevas de ahí», me ordenó con la voz baja, apretando el talón contra mí. Y yo, un desconocido, obedecí sin pensarlo dos veces.
«No te muevas de ahí», me ordenó con la voz baja, apretando el talón contra mí. Y yo, un desconocido, obedecí sin pensarlo dos veces.
Mientras ella conducía rumbo al chalet, su amiga abrió las piernas en el asiento trasero y empezó a tocarse fingiendo dormir, sin apartarme la mirada.
Entré al chat solo para vender lencería usada por unos billetes fáciles. Nunca imaginé que aquel hombre del pañuelo azul me haría volver al baño por mi cuenta.
Bastó deslizar el tacón fuera del talón para que dejara de mirarme a los ojos. Y yo descubrí cuánto poder cabía en la punta de un pie.
Tenía los pies hinchados por el partido y una sonrisa que lo sabía todo. Yo solo quería arrodillarme y demostrarle hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Cuando el kimono cayó al suelo, vi el dragón verde trepar por su costado hasta el pecho. La chica tímida que mis amigos creían conocer no existía.
Cuando levanté la copa y noté que el líquido estaba tibio, supe que aquella desconocida acababa de convertirme en su juguete favorito de la noche.
Sabía que tenía novio y que no debíamos. Pero esa noche apoyó el pie descalzo contra mi pierna, me miró de reojo y entendí que el masaje no iba a quedarse en un masaje.
Llevo años aceptando que mi prima ocupa un lugar en mi matrimonio. Esa tarde, al cerrar la puerta del apartamento, sabía exactamente lo que iban a hacer arriba.
Cada gesto está calculado: el roce de las medias, el tacón que cuelga de mis dedos, la sonrisa que les hace sentir culpables. Hoy me he levantado con ganas de jugar.
Me pidió que me desnudara bajo esa luz cruda y obedecí sin preguntar; algo en su voz me decía que esa tarde dejaría de pertenecerme a mí misma.
Vino en bicicleta a buscar el beso que le había prometido. Lo que se llevó esa noche fue mucho más, y todo a tres metros del sofá donde cenaban mis padres.
Eran las siete de la mañana y yo seguía atrapado en el sueño, reviviendo cada cosa que Marina y yo nos hicimos antes de que la vida nos separara.
Llevábamos meses con las mismas bromas en los vestidores, hasta que ella me esperó en la cocina con una sonrisa y la blusa entreabierta.
—Tú eres Ardiente, ¿verdad? —dijo, y entendí que conocía mi alias del foro mucho antes de sentarse frente a mí con esa sonrisa que no prometía nada inocente.
Aquella tarde llegó vestida de negro, se pintó los labios frente al espejo y salió diciendo que dormía donde una compañera. Tardé años en saber a dónde iba realmente.
Sé reconocer cuándo estoy soñando, y casi siempre aprovecho esa lucidez para algo concreto. Aquella mañana de domingo decidí quedarme dentro del sueño un rato más.
Ella lo dijo entre risas, casi como un juego: que ese amigo nuestro le gustaba. Nunca pensé que terminaríamos los tres en la misma habitación.
Aquella madrugada se metió en mi saco de dormir diciendo que tenía frío, y lo que pasó después fue solo el principio de lo que de verdad quería pedirme.
Cuando bajé a abrir, el hombre del pasamontañas llenaba todo el marco de la puerta. Mis padres dormían a unos metros y eso me ponía al límite.