Lo que pasó esa semana de hogueras en Alicante
Su mano bajó hasta mi entrepierna mientras los truenos cubrían lo demás. Para cuando se presentó como Lucía, ya sabía que esa semana en Alicante no iba a ser la que planeé.
Su mano bajó hasta mi entrepierna mientras los truenos cubrían lo demás. Para cuando se presentó como Lucía, ya sabía que esa semana en Alicante no iba a ser la que planeé.
Aquella mañana tres hombres distintos me vieron estirarme las medias en el muslo. Para cuando llegué al desayuno, ya sabía que iba a engañar a mi marido.
Crucé la puerta de la suite esperando a una mujer asustada. No imaginé lo que escondía bajo aquella falda larga, ni las ganas con las que pensaba enseñármelo.
Después de tocarla en la playa frente a su marido, supe que esa noche ella sería mía y él solo podría mirar desde la pantalla del teléfono.
Acepté el reto sin sospechar que la quinta foto me llevaría a una cala desierta, frente a un desconocido recostado bajo el último rayo de sol.
Acudió solo a la boda de un amigo. En su mesa, dos mujeres casadas y hartas de sus maridos ebrios. Lo que pasó después en su habitación no estaba previsto.
Renata firmaba balances toda la semana y soñaba con que alguien la tratara sin delicadeza. El camionero del chat le ofreció quince días de ruta, y ella inventó un curso para desaparecer.
Yo siempre había sido el que cogía, nunca el que recibía. Hasta que esa noche, en la oscuridad de aquel cuarto, alguien decidió cambiar las reglas sin pedirme permiso.
El correo no era una consulta, era un desafío: una foto, una mujer que le ganaba la partida al tiempo y un marido dispuesto a entregármela. Solo faltaba que ella dijera que sí.
Llevaba semanas sin tocar a nadie y los gemidos de mi compañera de piso me sacaron a la calle. La luz de su cafetería seguía encendida, así que entré.
Vive con su novio en un piso pequeño, y los viernes la cuadrilla se reúne en el sofá. Esa noche ella entró descalza, con una camiseta ancha y nada debajo, y todos sabían para qué.
Volvimos al sofá de siempre, a las miradas de siempre. Pero esa noche, por primera vez en diez años, ninguno de los dos iba a frenar a tiempo.
Nunca me había desnudado frente a nadie. Esa tarde, en su sofá de cuero, un hombre que me doblaba la edad me pidió que me quitara el blazer detrás del que llevaba toda la vida escondida.
Tres hombres, una sola mujer en el centro de la cama y una regla que todos respetaban. Esa noche Noelia descubrió algo que la unió a uno de ellos para siempre.
El párroco me pidió que me quedara cuando la iglesia ya estaba vacía. Lo que pasó en su despacho se volvió mi secreto de cada domingo, y no quiero que termine.
Lo había bloqueado de todas partes porque esa era la regla. Entonces sonó un número desconocido en mitad de la calle y supe que estaba a punto de fallarme a mí misma.
Cuando los vi ajustarse el pantalón al verla estirarse en la cocina, supe que ese verano iba a ser distinto. Y yo mismo me encargaría de empujarlo.
Todos la juzgaban por cómo terminaba cada fiesta. Esa noche alguien se ofreció a llevarla a su cuarto sin sospechar que su borrachera escondía una trampa deliciosa.
Acepté la nota pensando que era un trabajo más. No sabía que ese hombre del calendario iba a meterse bajo mi piel hasta volverse imposible de olvidar.
Subí a su piso pensando que solo era un café entre vecinos. Bajé varias horas más tarde sabiendo que ya nunca volvería a ser el chico tímido del rellano.