Lo que pasó entre las dos cuando volvió de lejos
Diez años sin verse y bastó una cena con champán para que todo lo que había entre ellas saliera a la luz. Algunas amistades esconden algo más.
Diez años sin verse y bastó una cena con champán para que todo lo que había entre ellas saliera a la luz. Algunas amistades esconden algo más.
Entré con ella pensando en comprar lubricante. Salí sabiendo que Laura era capaz de cosas que ni en mis fantasías más intensas había imaginado.
Propuso echar un polvo mirando el horizonte, con el campo solo para nosotros y la luz del atardecer cayendo lenta. No lo dudé ni un segundo.
Nunca le di un like. Nunca le escribí. Pero sus relatos me perseguían hasta la cama, y una noche entendí que ya no podía seguir ignorando lo que sentía.
Camila apenas había estado con alguien cuando la presenté con el jefe. Esa madrugada los cuatro descubrimos que la oficina nunca volvería a ser un sitio neutral.
Me conecté al chat sin esperar mucho. Cuando vi su nick reconocí que ya nos habíamos visto. Le mandé el nombre del hotel y, diez minutos después, alguien tocó la puerta.
Su perfume todavía me perseguía cuando abrí la tarjeta en el taxi. Una dirección en Recoleta. La puerta va a estar sin llave, me había dicho.
Cada excusa para cruzar la sala era una provocación calculada. Cada roce, una promesa de lo que haríamos cuando por fin estuviéramos a solas.
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
Llevaba doce años esperando que Valeria me mirara así. Esa noche por fin lo hizo, pero no de la forma que había imaginado.
Andrés me decía que el vecino nos miraba demasiado. Tenía razón. Pero esa tarde de agosto, cuando sonó el timbre y fui a abrir, me alegré de que él no estuviera.
Crucé la puerta sin nada bajo la capa de seda, solo mi máscara y la certeza de que nadie sabría mi nombre cuando saliera al amanecer.
Llegamos al hotel como extraños que se conocen de memoria. Así habíamos vivido durante siete meses antes de que todo explotara en esa habitación.
Tres meses después de la ruptura me descargué una app. No imaginé que ese hombre mayor me haría vivir la noche más intensa de mi vida.
Era mayor que mi padre, tenía las manos de alguien acostumbrado a obtener lo que quería, y me miraba como si supiera exactamente lo que yo estaba pensando.
Tenía treinta años más que yo y la espiaba cada mañana cuando tendía la ropa. Sin imaginar que ella sabía exactamente lo que me hacía sentir.
Llevaba semanas bajando con excusas. Él me miraba de reojo y desviaba la vista. Hasta que llegó un paquete que no cabía en el ascensor y todo cambió.
Bajé a la cocina inquieta, con la piel ardiendo después de un sueño extraño. Él estaba sin camisa frente a la estufa, y su olor lo cambió todo.
La noche de mis dieciocho años, mi padre quemó mi única carta de libertad. Entonces supe que jamás me dejaría marchar.
Llevábamos diez años juntos y yo fantaseaba con compartirla. Cuando ella se mudó por trabajo, alguien más cumplió esa fantasía sin que yo lo supiera.