Los castigos que cambiaron todo con mi mejor amigo
Prométeme que no te vas a rajar, dijo con esa sonrisa ladeada. Y acepté, sin saber que el juego de esa noche iba a borrar la línea entre amistad y deseo.
Prométeme que no te vas a rajar, dijo con esa sonrisa ladeada. Y acepté, sin saber que el juego de esa noche iba a borrar la línea entre amistad y deseo.
Bajó la mano por su abdomen en la penumbra y dejó que la escena se armara sola: él en el centro del sillón, su mujer de un lado, la amiga del otro, un beso imposible.
Cerró la puerta con pestillo, bajó la persiana y volvió a sentarse sin dejar de mirarme. Yo seguía de pie frente a su escritorio, decidida a no salir sin lo que vine a buscar.
Cuando lo encontré otra vez sentado de espaldas a la puerta, supe que ya no me interesaba reñirlo: quería averiguar por qué seguía volviendo a buscarme.
Él no tiene idea de lo que provoca en mí. Se me va la mañana imaginando sus manos en mi cuello, su voz ordenándome cosas que jamás me atrevería a pedir en voz alta.
A las diez en punto entro en la sala de juntas y, mientras el jefe habla de cifras, mi cabeza se va a un sitio donde ella y yo no respetamos ninguna regla.
Se sienta dos sillas a mi izquierda y, mientras la familia charla, mi cabeza ya la tiene a horcajadas sobre mis piernas. Nadie lo sabe. Ella tampoco. Todavía.
Solo quería una camisa decente. Pero entonces ella levantó la vista detrás del mostrador, y la cabeza de Andrés empezó a inventar lo que nunca iba a pasar.
Cuando me jaló de la manga para entrar al atrio, todavía no entendía lo que tenía planeado para la banca del fondo, lejos de los pocos ancianos que rezaban.
Cuando mi marido se levantó al baño, supe que el de la mesa de al lado se acercaría. Todavía no le había dicho que tenía miedo de volver a algo así.
Sabía que en aquella cala nadie llevaba ropa. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría ella mientras yo, tumbado al sol, fingía no enterarme de nada.
Pensé que me contaba aquellas historias para ponerme celoso. Tardé en entender que lo que encendía en mí era algo mucho más oscuro y difícil de admitir.
Andrés cruzó la puerta creyendo que venía a hablar de negocios. Lucía sabía que la conversación derivaría hacia un terreno mucho más peligroso.
El masajista te hizo una seña para que te sentaras. No a tocar: solo a ser testigo de cómo ella se entregaba, centímetro a centímetro, sobre la camilla.
Decidí ir sin ropa interior bajo la falda, solo para ver tu reacción cuando rozaras mi pierna en el banco del piano. No imaginé hasta dónde llegaríamos.
Dijo que le dolía la espalda para no ir a las actividades. Yo me ofrecí a cuidarlo. Los dos sabíamos que el dolor era la excusa más vieja del mundo.
Cuando bajé al lobby buscando escapar de la fiesta corporativa, no esperaba al camarero que me miraría como si supiera exactamente lo que yo necesitaba esa noche.
Cuando le quité el antifaz, él seguía ahí, en la ventana, mirándola sin disimulo. Y ella, en lugar de cubrirse, se mordió el labio y le sostuvo la mirada.
Podía haberme cambiado en treinta segundos. En vez de eso caminé hacia la puerta con los tacones marcando cada paso, sabiendo perfectamente lo que él iba a ver.
Vino a posar de reina del inframundo. Disparé el flash una y otra vez, profesional, hasta que ella abrió las piernas y entendí que la sesión era otra cosa.