Una desconocida me deseó como mi novia ya no sabe
Cuando sus dedos rozaron los míos sobre la mesa, supe que esa noche iba a recuperar algo que mi novia llevaba meses haciéndome olvidar de a poco.
Cuando sus dedos rozaron los míos sobre la mesa, supe que esa noche iba a recuperar algo que mi novia llevaba meses haciéndome olvidar de a poco.
Cuando se dio vuelta en el vestuario con esas tetas operadas apuntándome a la cara, supe que la salida con las chicas iba a terminar de un solo modo.
Lo conocía hacía meses, los dos casados, los dos escondiéndonos. Esa noche me escribió pidiéndome algo que nunca le había hecho a nadie.
Cuando se apagaron las luces del pasillo, los gemidos empezaron del otro lado de la pared, y supe que esa semana en casa de mi tía no iba a olvidarla nunca.
Me había acomodado en la arena cuando sentí su sombra detrás. No fingió disimulo: me recorrió entera con los ojos antes de hablar.
Entré temprano del turno y la encontré tumbada en la litera, con la mano metida bajo el elástico. Ninguna de las dos apartó la mirada.
Cuando sonó el timbre a las nueve en punto del segundo día, ya sabía que aquel hombre no iba a marcharse sin tocarme. Lo que no imaginaba era lo del tercero.
La sala estaba casi vacía cuando empezó la película, y yo ya sabía que no iba a mirar la pantalla. Tenía otros planes para esa última fila.
Cuando bajó del coche y todos los hombres del salón giraron la cabeza, entendí que esa noche mi esposa no era mía: era de quien se atreviera a mirarla.
Conocía a Damián desde niño, era el mejor amigo de mi padre. Nunca pensé que aquel comentario suyo de pasillo terminaría con él arrodillado frente a mí.
Tenía 20 años y nunca había sentido un orgasmo real. Esa noche de enero, con el calor pegajoso y media botella de rosé, mi prima francesa decidió que ya era hora.
Llegó al aparcamiento sin saber qué esperar; cinco minutos después, un Clio gris frenó pegado al suyo y desde el cristal lo miraba una mujer que no había visto en su vida.
Llevábamos meses esquivándonos las miradas en los pasillos. Aquel viernes, con la planta vacía, cerró la puerta de la cabina y me dijo que ya no aguantaba más.
Camila me esperaba sentada al borde de la cama, y yo no sabía dónde poner las manos. Solo sabía que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había enseñado.
Habían pasado años desde la última vez que la vi. Cuando se sentó frente a mí en aquella barra y posó su mano sobre mi muslo, supe que esa noche no acabaría como mi prima imaginaba.
Cada noche fui al mismo restaurante solo para verla. La última, me dejó un papelito con un número y una hora escrita a mano. A las once en punto, marqué.
Cuando me tomó la cara con ambas manos y me comió la boca sin pedir permiso, supe que aquella reunión de trabajo nunca había sido una reunión de trabajo.
La reconocí en cuanto cruzó el umbral. Esa chica de veintitrés años llevaba meses desnudándose para mí desde la pantalla y ni siquiera lo sabía.
Daniela arrastraba a su novio inconsciente hacia el taxi. Levantó la vista hacia el conductor y supo, antes de que él hablara, que la noche aún no estaba terminada.
Estábamos desnudas, ella debajo de mí, mi cara sobre la suya, y la puerta se abrió con su madre del otro lado mirándonos sin saber qué decir.