La chica del clima que no llevaba nada debajo
Frente al espejo del camerino, Daniela eligió el vestido rojo que no admitía ropa interior. No sabía que esa decisión la convertiría en la obsesión de todo el canal.
Frente al espejo del camerino, Daniela eligió el vestido rojo que no admitía ropa interior. No sabía que esa decisión la convertiría en la obsesión de todo el canal.
Solo llevaba un vestido corto y nada debajo. Quería sentir el aire libre entre las piernas y, sobre todo, quería que me miraran sin que nadie lo supiera.
Le dije que cerrara la puerta y apagara las luces para una llamada importante. Lo que no esperé fue que empezara a sospechar lo que yo hacía debajo del escritorio.
«Aquí podemos hacer lo que queramos. Nadie nos conoce, nadie nos juzga.» Lo dijo con una copa en la mano, y supe que el verano iba a cambiarlo todo.
Sabía que me observaba demasiado tiempo, que intentaba disimular. Y, como siempre, decidí que no iba a dejarlo pasar.
Llevábamos años jugando, pero esa noche, desnudos y sin aliento, ella quiso saber el origen de todo: la tarde en que mi profesora particular me enseñó a desear que la miraran.
Me agaché tras la rendija de la ventana, convencido de que nadie me veía. Hasta que ella giró la cabeza y clavó los ojos justo donde yo estaba escondido.
No pensaba irme lejos. Mientras ella creía que estaba a kilómetros, yo miraba cada gesto suyo en la pantalla del teléfono, a dos cuadras de casa.
Me gusta estar sin ropa en casa, pero esa tarde dejé las cortinas abiertas a propósito: sabía que alguien podía verme desde enfrente, y eso era justo lo que buscaba.
Cuando me dijo que su cama era amplia y que me tenía preparado todo, sentí un escalofrío. Su mirada no era de jefa: era la de alguien que llevaba semanas calculándolo.
Cuando le escribí «hacé lo tuyo», ella supo exactamente qué hacer con el desconocido que golpearía la puerta a las seis y media de la tarde.
Llevaba meses viéndolo escribir en la misma mesa, mirándome de reojo. Hasta que olvidó una hoja y descubrí, palabra por palabra, lo que imaginaba conmigo.
Llevaba meses preparándome para Adrián, pero fue otro hombre quien me enseñó esa noche lo que significaba entregarse de verdad.
Pensé que estaban todos dormidos, pero al final del pasillo a oscuras había una escena que me clavó al piso y de la que no pude apartar la vista.
No teníamos traje de baño ni toallas, solo vapor y una puerta que se abrió cuando ya estábamos desnudos. Lo que pasó después no lo planeamos.
El vestido rojo apenas me cubría al entrar a esa habitación; no imaginé que unos ojos al otro lado del cristal seguirían cada uno de mis movimientos.
Pegué la nota a la nevera y supe que esa noche no íbamos a cenar como siempre. Lo que no imaginé fue hasta dónde dejaría que llegaran las miradas de otro.
Siempre soñó con transformarse en una de esas guerreras de falda corta. Esa noche de carnaval, contra la pared y con la música retumbando, empezó a sentirse exactamente así.
Tenía claro que no le haría nada a ese chico de mirada rota. Pero entonces encontró los vídeos que guardaba en mi disco duro, y todo lo que pasó después lo decidió él.
Tenía las mallas más coloridas que había visto y una sonrisa que me dejó muda. Cuando me dijo que iba a ducharse, las toallas que me dejó eran una invitación.