La despedida de soltera que arruinó mi tranquilidad
Bailábamos pegados en la pista cuando sus dedos se colaron bajo mi falda. Lo que pasó después en su coche me persiguió durante semanas enteras.
Bailábamos pegados en la pista cuando sus dedos se colaron bajo mi falda. Lo que pasó después en su coche me persiguió durante semanas enteras.
Aquella noche no llevaba condón en el bolso ni intención de pedirle que se pusiera uno. Solo quería sentir hasta dónde éramos capaces de llegar.
Recibí a los dos en la puerta con un vestido negro y, mientras mi marido miraba desde el sillón, supe que esa noche el regalo de cumpleaños iba a ser yo.
Subí al coche pensando en mi vuelo. Cuando bajé del avión tres días después, él ya me esperaba con una propuesta que me hizo sudar antes de cerrar la puerta del auto.
Tenía treinta y cuatro años, una esposa preciosa y unas manos que no debían tocarme. Yo tenía un novio, un embarazo de un mes y una rabia que no sabía dónde meter.
Llevaba años respetando una sola regla: nunca con un cliente. Esa tarde de martes, con sus manos quietas sobre mi camilla, entendí que iba a romperla.
Le puse crema en la espalda casi por accidente. Para cuando arqueó el cuerpo bajo mis manos, los dos ya sabíamos cómo iba a terminar la tarde.
Llevaba meses fantaseando con ella en silencio. Aquella tarde, durante la clase, levantó la vista del libro y me dijo: tenés que ser más cuidadoso con la puerta del baño.
Nadie en aquella casa sabía lo que escondía bajo el vestido negro. Nadie excepto él, el desconocido de la máscara al que se lo entregué en un pasillo a oscuras.
Empecé a contarle cómo perdí la virginidad y, sin previo aviso, me oí hablándole en un susurro mientras notaba que me empapaba entera.
No soy lesbiana, jamás lo fui. Pero todavía me mojo cuando recuerdo lo que pasó en su departamento la madrugada después de aquella fiesta de la facultad.
Habían pasado meses sin saber de ella. Bastó cruzármela una tarde en la cafetería del parque para que todo el deseo que creía dormido volviera de golpe.
Mientras limpiaba el escritorio descubrí lo que mi marido leía a escondidas. Esa misma noche decidí averiguar hasta dónde estaba dispuesto a llegar conmigo.
Cuando abrí la carpeta de archivos recientes, aparecieron en miniatura. Quise cerrarla rápido, pero ella ya estaba mirando la pantalla conmigo, en silencio.
Estaba rodeada de gente más joven que yo, sin planes y con toda la libertad del mundo. No imaginé hasta dónde nos llevaría la oscuridad de esos médanos.
La ciudad entera se apagó esa tarde, y en el asiento de un autobús abarrotado descubrí hasta dónde era capaz de llegar cuando nadie me miraba.
Dejé a mi compañera en el mostrador, cerré la puerta del almacén y, con los dedos temblando, le escribí que me enviara otra foto.
Mi marido durmió a mi lado sin sospechar que cada noche yo pensaba en el hombre cuyas iniciales todavía me marcan la cadera.
Cuando Mateo abrió la puerta y me vio en lencería, sonrió. Hasta que descubrió que no estábamos solos: alguien lo miraba todo desde el sillón del rincón.
Tenía veintisiete años y seguía siendo virgen. Esa tarde, sola en una casa ajena, encontré algo que me obligó a mirarme en el espejo y reconocer lo que escondía.